Fans de mierda

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Los fans hacen sentir bien a un artista. Ríen hasta con sus estornudos y pasan el día reverenciando una simple figura. Algunas lloran ante lo que parece una impotencia ampliada al máximo grado de aguante que supone no tocar o besar a la estrella. Ella, porque generalmente es una fémina, se aferra a la belleza del susodicho para acudir a los eventos que la celebridad organiza, pintada con motivos característicos para que el artista descubra sus sentimientos. Lo de chillar nunca lo he entendido.

Debajo de cada condecoración y porte fantástico hay una persona. Un papel que ha salido de la pantalla para insertarse en tu día a día. Una frikada que te hace sentir como uno más dentro de un mundo al que no perteneces. Una forma de ver las cosas apalancada en la rutinaria vida de una persona normal. Quizá por eso ésos profesan una devoción calmada que sólo resulta demoledora por dentro y para su cerebro.

El día 16 de diciembre, tuvo lugar en Madrid la presentación de The Tourist. En ella, trabajan Johnny Depp y Angelina Jolie, posiblemente los actores más fructíferos del momento. Yo, como acérrimo amante de la obviedad, admiro incondicionalmente a Depp. Sus películas tienen el toque que siempre le habría querido conferir a mi mundo, sus personajes reflejan ese lado perdido de las personas, el que más merece le pena. Además, él tiene la capacidad de hacernos pensar que su realidad no difiere mucho con la ficción que crea. Ya sea por esa locura incomprensible o el ansia por ser eternamente raro, tiene cabida en mi podio bajo la seguridad de no abandonarlo.

Así, el mencionado jueves, Eduardo Manos Tijeras dejó las ornamentaciones de jardinería para ser víctima de los flashes y lloriqueos del pueblo español. Entre ellos, estaba yo, un tío con llagas en la boca que esperaba ver a uno de sus máximos líderes intelectuales. Las niñas no me dejaban ver bien en un principio, sus madres o abuelas las acompañaban y ejercían de contrafuertes para no dejar caer sus deseos. Cambié de posición para ver desde más cerca y las dos filas de chavalas de unos 14 años pronto se vieron superadas por mi capacidad de intimidación. Ha, ha. No, simplemente era más alto que unas niñas.

Aún no era el turno de Johnny, pues el “cardo y puré”, digo la flor y nata del famoseo español había llegado al photocall. Una larga alfombra roja que a veces contenía limitaciones a la nada quedaba cercada por unas vallas donde los transeúntes o personas inferiores contemplábamos como idiotas la escena que no nos incumbía. Ellos, que exudaban prepotencia, reían y se daban típicos golpecitos en el hombro mientras una risa cursi ocupaba sus bocazas. Entre los representantes de la televisión nacional, estaba una amiga mía que recientemente se está dejando ver como la protagonista en una de las series de las diez de la noche. Su presencia allí me sorprendió y me hizo sentirme ganado barato de forma innecesaria. Buah.

Gente con más dinero o imagen extravagante que calidad se pasó de aquí para allá envuelto en un caparazón de ego inmerecido. Micrófonos en sus bocas recogían las declaraciones sobre algo que no venía al caso, pues él o ella no tenían por qué estar allí. Cámaras y chillidos perseguían sus banales peroratas y las lenguas de todas las bocas de alrededor aterrizaron en sus culos. Un desastre. Vi como un chico gritaba emocionado la llegada de cualquier nuevo tipejo que yo nunca había visto. Los reporteros y cámaras pidieron al público que ante toda la expectación que se estaba viviendo y que acabaría incrementándose, la nube de jaleo no cesase y que armaran el mayor escándalo posible. Sí, muchas de las pancartas con fotos y mensajes de amor hacia los famosos habían nacido de la organización del evento y habían sido entregadas a los espectadores para formar parte del circo.

Un coche llegó, se apartó entre la gente y todos chillaron cada cierto intervalo de tiempo. Alguno vomitó de los nervios. Lo gracioso es que nadie salió. Algunas plantas rodadoras se rieron de la insistencia popular.

Varios minutos entre la insustancial niñería expectante por el material que se escondía en el coche, dos figuras recorrieron la alfombra roja cerca de la valla desplegando simpatía y cercanía, morros y una cara que fue guapa. De frente, Jack Sparrow bajó de La Perla Negra para capitanear las primeras preguntas de la prensa: “¿qué sabe de cine español?”…“Tengo que ir al baño”.

Angelina Jolie y esposo se acercaban a paso lento mientras firmaban y se hacían fotos con los fans. La amplia estirpe familiar nacida de la tienda Benetton de los Jolie-Pitt pudo aumentar sus miembros por los supuestos hijos que las adolescentes y presuntas madres querían del actor de Seven. Y es que Benjamin Button fue la atracción de feria que más se pagó, superando incluso la incursión de Jolie. La multicultural madre pasó estirada y haciendo gala de mujer más bella del mundo. Su cuerpo habría dejado en ridículo las rectilíneas formas de Penélope Cruz. Sus ojos se estaban hartando de ser impresionantes y hasta las chicas quisieron hacerle algún favor. Sí, ahí estaba, en la vida real. Brad Pitt la siguió y yo toque su hombro. Luego, me dio la mano en lo que el creyó una invitación a ello. Yo sólo pretendía recibir su autógrafo y él estuvo encantado de conocerme. Me pareció una gran noticia, además el Edding me habría hecho cosquillas en la mano.

Las chicas, ante la llegada del considerado mayor sex symbol durante años, estaban realmente excitadas. El pelo repeinado de Pitt y una nueva barba habían agotado la vida del bigote fachoso del teniente Aldo Raine, cuyo mentón pronunciado y su acento italiano habían sido sustituidos por la verdadera voz del actor, la de un niño pequeño de gran talento. Yo disfruté la llegada de este señor porque verdaderamente sus películas me han marcado, y más allá de su guapura, se merece algún Oscar para que todo el mundo olvide su aspecto físico y se centre en la genialidad interpretativa.

Más tarde, y tras abandonar la zona el matrimonio, la gente intuyó que Willy Wonka había regresado a su fábrica de chocolate. Todos empezaron a maldecir su nombre. Apareció. Con melena descuidada y un traje firmó todos los cuadernos y agendas que le llegaban entre las barreras que dibujaban con la mirada sus guardaespaldas. Él hacía gestos de pleitesía como si de un vasallo se tratase y hablaba en un inglés sombrío que conozco vagamente, pues prefiero escucharle con la voz de Jim Carrey y Leonardo Di Caprio. Cuando se acercó, Johnny Depp lucía dos anillos con forma de calavera que aún olían a Ron. Su sonrisa estaba ametrallada por dientes de plata que se percibían cuando movía los labios para responder las peticiones de matrimonio de sus supuestas queridas. Jack Sparrow había sobrevivido los vaivenes del fin del mundo, y se había quedado en la piel del actor con la esperanza de no abandonarle jamás. Su barba y bigote completaban la facha de un aspirante a rockero que sólo había llegado a excelente y millonario actor.

Johnny Depp nació un día en el que la oscuridad todavía tenía luces. Su vida ha transcurrido dentro de un mundo de hadas y tugurios de alcohol barato. La música amenizaba su permanente cuestionario mental y en el cine nos está regalando personajes que en un universo aburrido irían al psicólogo. Profundo hasta la médula, sus entrevistas y apariciones públicas le diferencian entre los demás, y en plan bien.

Sweeney Todd me firmó la agenda con un garabato extraño que finalizaba con una poderosa línea que acuchillaba un círculo concéntrico. Hubo un momento en el que me miró con cara de desconcierto ante unas palabras mías en inglés. Todo salió bien.

The Tourist, una película probablemente deficiente, ha unido a dos personas para hacer una caja desorbitada. Depp siempre asegurará mi entrada, Jolie la hará más llevadera. Ambos, junto con Brad Pitt, aterrizaron en nuestro humilde país al son del ruido animal concentrado al otro lado de la frontera. Pedían ayuda con los ojos ante la avalancha adolescente que pretendía poseerlos de diferentes maneras. Querían huir pero la obligación era hacer el paripé y ser querido. A pesar de todo, estaban ahí, manifestándose, ejerciendo capacidades humanas delante de mí sin pantalla de por medio. Simplemente existían. Yo aún no me creo haber compartido suelo con esa gente, incluso país. Ambos mundos pudieron coincidir en algún espacio-tiempo raro y por suerte yo he nacido en 1989 y me ha tocado vivir esta experiencia de psicópata orgulloso. Pero mi gusto por el arte no puede verse eclipsado por patéticas jaurías de recién paridas que sólo me hacen ser uno más. Yo no soy así. Mi devoción sobre ellos nunca llegaría a la cama, se limitaría a ser feliz al tener un referente claro.

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