Europa, ¿sueño o pesadilla?

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Estos días nos hemos visto abocados a un bombardeo de europeísmo masivo por parte de los medios de comunicación. Qué mejor ocasión que intentar acercar el proyecto europeo al ciudadano de a pie coincidiendo con la presidencia rotatoria de España en el Consejo. Lástima que vaya a ser sólo flor de un día. Sabemos a ciencia cierta que dentro de 6 meses (el tiempo que dura la presidencia en cuestión), o incluso antes, los temas europeos difícilmente volverán a copar las portadas de periódicos y a abrir telediarios. Los que sentimos de alguna manera el devenir europeo volveremos a constatar con desazón la profunda desafección del ciudadano con eso que algunos llaman Unión Europea.
La historia de la integración del Viejo Continente está llena de altibajos, de momentos de euforia alocada y de decepción desmedida, pero, sobre todo, ha protagonizado muchos estados de ánimo intermedios: cuesta mucho poder explicar por qué es necesario dar un paso atrás para poder dar dos adelante. Ahora nos toca vivir un momento de euroescepticismo acusado, especialmente después del fracaso que vivió el proyecto de Tratado de Constitución Europea con los respectivos
noes de Francia y Holanda y del también fracaso (fracaso democrático al menos) que supuso el recurrir a los Parlamentos Nacionales para aprobar el Tratado de Lisboa y no tener que preguntar a la población.

La crisis económica tampoco nos ha ayudado: históricamente, las crisis globales han comportado que los países acudan al proteccionismo para remediar sus males y su dimensión económica sean los respectivos mercados nacionales. Hoy día Europa goza de un mercado interior común competitivo y el proteccionismo tradicional aludido es impensable. Sin embargo, no por ello deja de ser menos cierto que el momento para liderar este amasijo (por su complejidad) institucional no es el más idóneo y al Gobierno español le va a tocar bailar con la más fea. La tarea que tiene el Gobierno por delante es compleja y, por eso mismo, gratificadora si se lleva a cabo con éxito.

Aun así, hay ciertas opiniones vertidas allende los Pirineos por parte de algunos de nuestros socios comunitarios que, llevando a cabo un simple y revelador ejercicio de coherencia, no alcanzo a comprender. Cierto es que en España tenemos nuestros propios problemas económicos y esto ha dado pie, como digo, a desgarradoras críticas por parte de nuestros colegas europeos. Sin embargo, no puedo evitar pasar por alto una curiosa observación y es el hecho de que las críticas más duras procedan de un país que no se caracteriza precisamente por su fervor a Europa: Reino Unido.

Este mismo país que ahora se permite el lujo de darnos lecciones de europeísmo (o al menos sus medios de comunicación) es el mismo que allá por el año 1960 creó la EFTA (European Free Trade Agreement) para competir con la Comunidad Europea, convenciendo a países de su entorno a que formaran parte de su proyecto. Es el mismo país, de hecho, que dejó tirado a sus propios socios una vez los hubo convencido y pidió formalmente su entrada en la CEE cuando se dieron cuenta de que tenía más futuro que su propia zona de libre comercio alternativa. Se trata, además, del mismo país que se ha negado a entrar en el euro porque no estaban seguros de que tamaña maniobra fuera a tener éxito. En definitiva, un país que forma parte de un club para obtener todas las ventajas que se derivan de ello y no aceptar ninguno de los inconvenientes.

Como dije al principio, soy un europeísta convencido y creo que en la Unión Europea cabemos todos y todos somos necesarios, por supuesto, también Reino Unido. Pero me escandaliza que un país que se ha estado sirviendo de los beneficios de la UE como si fuera un menú a la carta, eligiendo lo que le conviene y desechando lo que no, ahora crea que tiene autoridad para marcarnos el rumbo durante nuestra presidencia de turno. Desde Europa siempre se les ha permitido todo mientras los demás aceptábamos impasibles. Bastaba, por ejemplo, con que la Dama de Hierro pronunciara la archifamosa frase “I want my money back” para que las autoridades competentes se sacaran de la manga el denominado “cheque británico” por el que la CEE se comprometía a devolver a Reino Unido el equivalente a 5.000 millones de euros como compensación por la Política Agrícola Común. Ahora, afirmaciones como que “España supone un riesgo para la zona euro” o las dudas que le suponen a nuestro Presidente de liderar la UE por la tasa de paro que padecemos hacen bueno aquel dicho que reza “los británicos no tienen grandes amigos, sólo grandes intereses”.

Probablemente sólo estén cumpliendo con su trabajo. Como dice mi admirado ex profesor Miguel Ángel Bastenier: “Reino Unido está en Europa para que Europa no exista nunca”, es decir, que se empeñan en convertir la idea de los grandes pensadores europeos en la pesadilla de una noche de verano. Si Monnet levantara la cabeza… Pero no perdamos la esperanza. Espero firmemente, y estoy convencido, que algún día Europa tendrá el lugar en el mundo que le corresponde a pesar de Reino Unido. Mientras tanto, me conformo con que no nos quiten el derecho a seguir soñando.

Fuente de la información:
Propia.
Fuente de la imagen:
http://energyconsulting.wordpress.com

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