¡Estoy harto, estoy harto, y no voy a aguantarlo más!

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No sé si habrán visto la película “Network” (1976), traducida al castellano como “Un mundo implacable”. El título de este artículo es el grito de guerra del presentador de televisión, Howard Beale (Peter Finch), que anuncia que se suicidará en directo ante las cámaras de televisión. El programa de Beale, cuya audiencia se había desmoronado, se convierte en el más visto en todos los EE.UU. ante la noticia de que se quitará la vida en directo. Los directivos de la cadena (interpretados por Robert Duval y Faye Dunaway), cuya popularidad había descendido rigurosamente, deciden seguir adelante con el programa de Howard: si a costa de su suicidio pueden sacar tajada y colocarse en la cima de “los más vistos”, qué importa lo demás.

La cuestión es que me siento identificado con Howard Beale,  no porque me vaya a suicidar, sino  porque estoy harto. Harto de que la televisión, los periódicos y demás medios de comunicación nos fusilen con un sin fin de contenidos grotescos, harto de que me tomen por un imbécil, harto de que en las guerras haya buenos y malos predeterminados, harto de un mundo de hombres celosos que asesinan a hachazo limpio a sus mujeres ¿es que no hay matrimonios felices, o lo del hachazo es ya una práctica común?, harto de que al encender la televisión me entren ganas de vomitar, razón por la cual, por conservar mi salud intacta, he dejado de de encenderla.

El cerebro es un órgano al que también hay alimentar. Ver televisión todos los días es como si fuésemos a comer al McDonalds a diario a cebar nuestra mente y estuviésemos irremediablemente condenados a ser obesamente idiotas. Por esta razón he decido hacer huelga de hambre, no como De Juana Chaos, a mi no “me encanta ver las cara desencajadas de los familiares en los funerales”, sino que he decido dejar de consumir la carne de gato que me ofrecen los medios de comunicación y salir a la calle a la caza de algo sustancioso que echarme a la mente. Lo cierto es que no hay nada más satisfactorio que saborear un buen trozo de cultura para mantener en forma el único órgano que nos diferencia y nos hace especiales frente al resto de seres vivos.

La televisión está infectada. Vivimos una competición sin reglas por captar audiencia, por atraer al público a toda costa. Hasta que las marcas publicitarias dejen de ser el único cliente televisivo, seguiremos destinados a ser el producto de una guerra bochornosa en la que sin duda somos los peor parados. Los dueños y directivos de televisión han vendido su alma a las putas del diablo, buscando la fórmula perfecta de una droga que nos mantenga idiotizados y entretenidos contemplando mamarrachos haciendo lo que mejor saben hacer: el ganso. Supongo que no hace falta citar a ninguno de estos bichejos contraculturales, quizás porque no recuerde sus nombres, quizás porque su simple mención me resulta repugnante.

Espero que el tópico que dice que la televisión es un reflejo de la sociedad no sea más que eso, un tópico, una burda y equívoca generalización. Me resisto a pensar que lo que veo en la pequeña pantalla sea la imagen incondicional de la sociedad española, de hecho estoy convencido de que no es así. Sin embargo también es cierto que la televisión, por decirlo de algún modo, ha formateado al resto de manifestaciones culturales, condenándolas a vivir bajo una montaña de basura. Darle a un botoncito y sentarse en el sofá a contemplar una retahíla de sandeces es realmente cómodo, incluso cómico, no hay que hacer nada, sólo sentarse y mirar. Aunque si tomásemos en serio la fórmula popular que afirma que “somos lo que comemos”, estamos irremediablemente destinados a vivir en una sociedad obesamente idiota.

2 Comentarios

  1. Hola Gabriel, mi homónimo, soy Gabri Solera, escribo también en la huella, m gusta mucho tu estilo (diferente al resto) de escribir. Quería proponerte aquí, en público (para q no puedas negarte), q hiciéramos un artículo conjunto. A ver qué te parece. Si te animas, espero tu respuesta, ya sabes mi mail. besos y flores. (@hotmail.com). ciao.

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