Estados Unidos: una década de liderazgo debilitado

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Barack Obama, actual presidente de Estados Unidos. / Pete Souza, Wikimedia

En el otoño de 2004, y tras una votación menos reñida de lo que las encuestas auguraban, George W. Bush confirmó la reelección como presidente, asegurando su presencia en la capital federal cuatro años más. La sociedad estadounidense, conmocionada aún por los atentados del 11S que golpearon Nueva York y Washington, apostó por la continuidad y otorgó su confianza a quien ya era inquilino de la Casa Blanca. La respuesta de Estados Unidos al terrorismo, que había golpeado el corazón financiero y defensivo de la potencia hegemónica mundial, consistió en sendas operaciones de guerra y ocupación en Afganistán e Irak. Ambas contiendas hipotecaron a un país que hubo de multiplicar su gasto militar y exponer su poder duro en regiones conflictivas.

Ninguna de las dos guerras concluyó con éxito. Estados Unidos abandonó territorio afgano casi dos lustros después de haberlo invadido. La situación política es inestable y el regreso de los talibanes probable. En Irak, la situación es más delicada porque el Estado Islámico (EI), escisión de Al Qaeda (más radical aún), controla amplias zonas del país. Una coalición internacional liderada por Washington con el apoyo de las milicias kurdas lucha contra el islamismo radical en la zona. El EI amenaza con extender su dominio en Siria y combate cerca de la frontera de Turquía. Lejos de resolverse, el problema del terrorismo como fenómeno global sigue creciendo. No mitiga su expansión la caída de Bin Laden, el principal responsable de Al Qaeda.

Un comando especial mató al ideólogo de la red terrorista en su tétrico refugio de Paquistán, en la primavera de 2011. Barack Obama, premio Nobel de la Paz en 2009, se apuntó el tanto. La desaparición del icono terrorista era el principal objetivo de la inteligencia estadounidense desde los ataques terroristas que acabaron con el mito de la invulnerabilidad de la nación. El final de Bin Laden, enterrado en secreto en el mar, no ha cerrado un capítulo que condiciona la actividad de la diplomacia y la defensa de Estados Unidos.

Años antes, en 2008, Bush había terminado su mandato engullido por una crisis económica, primero financiera, presente todavía en muchos países occidentales. Las hipotecas subprime, un producto de alto riesgo comercializado sin rigor ni control, desencadenaron el pánico en Wall Street. Las malas prácticas de su banca llevaron a la primera economía mundial al borde del colapso. La administración federal respondió con el rescate millonario, emisiones de deuda mediante, de sus primeras firmas financieras después de permitir la caída de Lehman Brothers. Las primeras medidas anticrisis tomadas por el gobierno Bush, alejadas del ideario republicano más ortodoxo, lastraron al grand old party en la carrera por las presidenciales de noviembre.

Las dificultades económicas y la creciente contestación ciudadana a los dos conflictos que tenían empantanado al país acercaban el cambio político. Tras una dura pugna en las primarias del Partido Demócrata, Barack Obama, político del norte -Chicago- y de origen afroamericano, se convirtió en el candidato de un partido que no conocía el poder desde la época de Bill Clinton. Precisamente la mujer de éste, Hillary, fue la gran derrotada en la carrera previa a la gran contienda nacional. En el lado republicano, el veterano y moderado John McCain habría de luchar contra el empuje yes we can de Obama, lastrado por la menor recaudación de su campaña y acompañado de Sarah Palin, emergente política del también emergente Tea Party.

El movimiento, que tomó su nombre del motín del té -un pasaje fundamental de la independencia americana-, surgió en el seno del Partido Republicano. Sus bases se rebelaron contra las medidas postreras de Bush y las primeras de Obama. El ideario de los recién llegados pedía terminar con la vorágine de endeudamiento y gasto, políticas fiscales más laxas y la reducción de tamaño y poder de las administraciones federal y estatal. Acusado por muchos de ultraderechista y por todos de radical, el Tea Party se consolidó como un actor decisivo en las midterms de 2010, cuando obtuvo representantes en la Cámara de Representantes y el Senado.

Obama llegó a Washington con un discurso optimista y una voluntad de profundas reformas que el tiempo ha diluido. Sus primeros meses al frente de la nación más poderosa del mundo estuvieron marcados por los conflictos exteriores, la recesión económica y las dificultades para establecer acuerdos con un bloque republicano en la oposición, más ideologizado, mediatizado y a la derecha. Su proyecto estrella en la primera legislatura, la ampliación de los seguros de cobertura sanitaria y su extensión -y abaratamiento- a más ciudadanos, terminó con una ley rebajada que sigue manteniendo un apoyo social minoritario.

La política exterior de la primera legislatura estuvo fuertemente influida por la crisis económica global. La nueva administración apostó por el multilateralismo y amplió el número de voces para sumar esfuerzos en la lucha por la recuperación. Estados Unidos confió en el G20 como foro internacional de relevancia y discusión. El nuevo formato superaba los límites del tradicional G8, uniendo a los países más ricos del mundo con las naciones emergentes en vías de desarrollo menas perjudicadas por los rigores de la recesión. España participó en varias reuniones, citas que evidenciaron la voluntad de cooperación del presidente entrante y su secretaria de Estado, Hillary Clinton.

Las primarias republicanas de 2012 concluyeron con la designación de Mitt Romney como candidato a la presidencia. Obama luchó por la reelección sin el respaldo de una recuperación económica clara. Terminó venciendo el presidente, aupado por su rotundo triunfo entre las minorías. Los jóvenes, los latinos y los negros decantaron la victoria del lado demócrata. La esperanza de un cambio más profundo seguía viva. No importaban las dudas sobre la marcha del país ni que algunas promesas realizadas cuatro años antes (como el cierre de Guantánamo) aún no se hubieran cumplido. Los estadounidenses brindaban una segunda oportunidad a su líder, chance que negaron a Jimmy Carter y Bush padre.

El segundo mandato contempla una mejora paulatina en la cuestión económica. Estados Unidos crece con regularidad y por encima de la media occidental, su desempleo permanece en niveles bajos y el déficit fiscal se ha reducido hasta unas cotas asumibles. Sólo aumenta el volumen de la deuda pública. Pese a las buenas cifras macroeconómicas la valoración de Obama está en uno de sus puntos más bajos, con un porcentaje de desaprobación creciente. La implantación de la reforma sanitaria ha estado marcada por los errores burocráticos (caída de los sistemas informáticos incluida) y la reforma migratoria sigue enquistada y sin visos de solución satisfactoria para todos los que pretenden decir algo al respecto.

La política exterior tampoco regala mejor percepción. El auge de China y la irrupción de gigantes demográficos del antiguo tercer mundo como nuevas potencias limitan un poder antaño omnímodo. La pérdida de vigencia de la dialéctica de la Guerra Fría en detrimento del terrorismo, enemigo difuso, dificulta la expansión del relato americano. La nación conserva su dominio cultural, incluso social, en el resto del globo. Pero su pérdida de importancia en el tablero global lastra a un territorio hegemónico sin discusión hace una década y en suave declive en el presente. Las perspectivas de futuro se prevén menos espléndidas y en ningún caso como guardián solitario.

El presidente quiso cerrar los conflictos exteriores y retirar las tropas que luchaban en guerra. La situación no mejora y Estados Unidos, junto a una coalición internacional, ha regresado a Irak. Las diferentes voces republicanas, más preocupadas por el debate interno (tanto del país como de su propio partido), marcan la agenda. Las elecciones intermedias de 2014, celebradas la semana pasada, concluyeron con una clara victoria republicana. La derecha controlará las dos cámaras, circunstancia que dificultará un adiós dulce para el presidente. Obama apura su estancia en la Casa Blanca. En noviembre de 2016 se marchará aquel que prometió la utopía del cambio y terminó luchando desde el pragmatismo y frente a un entorno pesimista contra una crisis mayúscula.

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