Esquilo se mantiene vivo en las tablas

0
205

orestea

Los montajes de teatro clásico grecolatino son, a la vez, una tentación y un peligro en sí mismos. Nunca se sabe por dónde saldrá el director del montaje en cuestión, si se presenciará una representación arqueológica o, por el contrario, un montaje tan adaptado a la actualidad que de la obra original quede sólo el título… Cuando no hablamos de comedias de Plauto, sino de tragedias griegas, nada menos que de Esquilo, considerado uno de los principales trágicos de la edad dorada del género, la cosa puede parecer aún más arriesgada. Y no digamos si, a todo eso, se le suma el reto de llevar a escena la Orestíada al completo, es decir, las tres obras que conforman la trilogía: Agamenón, Las Coéforas y Las Euménides. Las tres giran en torno a la figura de Orestes, hijo de Agamenón y Clitemnestra, y hermano de Electra e Ifigenia.

Como ocurre a menudo en la mitología griega, las versiones de una misma historia pueden variar según el autor que las recree. En esta versión de Esquilo, presenciamos, en su primera parte, el retorno de Agamenón a su patria, tras conquistar Troya en la célebre guerra que le tiene apartado de su hogar durante una década. En su ausencia, su esposa Clitemnestra y su primo Egisto, hechos amantes, han urdido un plan para acabar con él si regresa vencedor y hacerse con el poder de la ciudad. Ella, además, pretende vengar la muerte de su hija Ifigenia. Poco importa si el espectador actual conoce o no la suerte de la muchacha, a la que su padre sacrificó cual corderito virgen a los dioses para que los vientos les fueran favorables de camino a Troya. Agamenón, que llega con la princesa troyana Casandra como esclava, se encierra en su palacio, y ella, a las puertas, víctima de una de sus visiones, profetiza todo lo que transcurrirá: la muerte del rey a manos de su esposa, y la venganza que luego caerá sobre la regicida. La obra concluye, efectivamente, con el asesinato de Agamenón y con Egisto y Clitemnestra proclamándose amos y señores del palacio y de Argos, la ciudad.

Pero Orestes, el hijo exiliado, regresa años más tarde para vengar la muerte de su padre. Ese es el inicio de Las Coéforas, en el que Electra reconoce a su hermano en la tumba del padre, donde ha ido a dejar ofrendas, y ambos acuerdan la venganza que Orestes, con el beneplácito del dios Apolo, lleva a cabo asesinando a su madre y a su tío, Egisto. No obstante, y a pesar de tener el favor de los dioses de su lado, en Las Euménides las Furias quieren hacerle pagar con la vida el haber dado muerte a su madre, sangre de su sangre, y el joven debe refugiarse en el templo de Atenea. La diosa griega, al darse cuenta de la complejidad del problema, crea un tribunal de ciudadanos de Atenas para que, tras oír los argumentos de ambas partes, juzgue si Orestes es culpable o inocente. Al vencer su inocencia, gracias al voto favorable también de la diosa helénica, esta aplaca a las Furias acogiéndolas en su ciudad.

La primera de las obras, Agamenón, es, sin duda, la más representada, ya que, si bien la segunda también resulta de interés, la última, en cambio, es excesivamente discursiva y divina. Por lo que una representación que incluya las tres piezas resulta difícil de encontrar y difícil de montar.

orestea2
Fuente: Teatre Lliure

Pero Luca De Fusco y el Teatro Stabile di Napoli se han atrevido a ello sin pudor, apostando por una puesta en escena que combina, desde la contemporaneidad, los elementos que tenía ya el teatro griego antiguo: la palabra, la música y la danza. Le añaden, además, el elemento audiovisual en las últimas dos piezas, aunque resulta prescindible, ya que la universalidad de las pasiones plasmadas en el texto, tan bien leídas por el director y llevadas a la escena, junto con la musicalidad de la traducción al italiano de Monica Centanni; el excelente trabajo de voz de los intérpretes, todos sobresalientes; y la conjunción perfecta entre palabra y música, y música y baile –con coreografías de Noa Wertheim ejecutadas por cinco bailarinas de la compañía Körper−, hacen que el montaje no necesite de muchos más ornamentos. Aunque, sin duda, la iluminación de Gigi Saccomandi resulta espléndida y viste como nada el escenario y las atmósferas de cada pieza, y los actores relucen de un modo especial con el vestuario ambiguo de Zaira de Vincentiis, en un espacio evocador con el que el escenógrafo Maurizio Balò consigue distintos paisajes y niveles dentro del mismo escenario.

El elenco actoral, como ya se ha indicado, es excelente, pero cabe destacar a dos de las actrices: Gaia Aprea, que da vida a una Casandra excepcional que pone la piel de gallina y estremece en su monólogo, y a una logradísima diosa Atenea, alejada por completo del personaje que interpreta en Agamenón, y con el que sobresale también su capacidad lírica;  y la poderosa Clitemnestra de Mascia Musy, cargada de unos matices terriblemente humanos. Entre el reparto masculino, destaca el trabajo del Orestes interpretado por Giacinto Palmarini, así como la majestuosidad breve pero contundente del Agamenón de Mariano Rigillo. No se quedan atrás, tampoco, los actores y actrices que dan voz al coro griego, mostrando una calidad sobresaliente en sus interpretaciones.

Y, claro está, el haber podido disfrutar de semejante montaje napolitano, tan vivo, tan latente, se debe a la apuesta del Teatre Lliure por ofrecer cada temporada, dentro de su programación, propuestas internacionales de gran calidad que permiten al público barcelonés conocer otras latitudes escénicas, otros lenguajes, otras voces y modos de trabajar. La visita del Teatro Stabile di Napoli durante el 7, 8 y 9 de octubre con este programa doble de la trilogía clásica de Esquilo, su Orestea, ha supuesto una gran oportunidad para comprobar que el teatro clásico sigue vive en las tablas y puede seguir hablando y emocionando al espectador de hoy.

orestea3
Fuente: Teatre Lliure

Dejar respuesta