Esperanzas menguantes en el Tour

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Termina la segunda semana del Tour de Francia con Chris Froome en la cima del liderato. El británico volvió a destrozar a sus rivales en el ascenso al Mont Ventoux y domina la clasificación con más de cuatro minutos sobre sus más directos perseguidores, el holandés Bauke Mollema y Alberto Contador. El ciclista de Pinto solo ha podido superar al maillot amarillo con la ayuda de su equipo en una jornada de tensión marcada por el viento; en días de montaña y contrarreloj el del Sky se ha mostrado muy superior.

4m25s separan a Contador de Froome. La amplia distancia, casi definitiva, es un vivo reflejo de la autoridad con que ha mandado el ciclista nacido en Kenia en los kilómetros calientes de la carrera. Sólo la debilidad de su equipo, otrora bloque coral, añade un halo de cierta incertidumbre al más lógico de los desenlaces. Quien finalizó segundo el pasado año está llamado a pasear su amarillo por los Campos Elíseos. La cara más fatídica del azar, o una conjunción improbable de factores propios de la competición, podrían llevar la prenda hacia otro corredor. Aunque tras 15 etapas el merecimiento es solo del británico.

Se paseó en la prueba contra el cronómetro del último miércoles. Arrasó al resto de favoritos y les endosó alrededor de dos minutos en poco más de 30 kilómetros de trazado cómodo. Sufrió en la jornada de abanicos –Valverde se hundió– para terminar cediendo algo más de un minuto con Contador. La debilidad que ha seguido mostrando su Sky, Richie Porte aparte, es la única grieta que enseña el rocoso líder. Nada más fuera de esa tara, nada que parezca capaz de frenar los bríos del capo de este Tour.

Chris Froome (28) llegando a la meta del Mont Ventoux. Foto: A.S.O. / C.Diais (www.letour.fr)
Chris Froome (28) llegando a la meta del Mont Ventoux. Foto: A.S.O. / C.Diais (www.letour.fr)

En la jornada previa al segundo día de descanso, durante la etapa que coronaba el Mont Ventoux, el portador del jersey amarillo regaló una exhibición de potencia sobre las rompas del mítico puerto. Atacó, tres, cuatro veces, para soltar con insultante facilidad la rueda de sus rivales. Primero de pie, después sentado y dando muchos pedales. Ese es el estilo, poco ortodoxo, del tirano Froome. Un remedo del molinillo con el que Lance Armstrong destrozaba a sus rivales.

Sin embargo, la comparación entre británico y norteamericano está yendo más lejos de las semejanzas entre ambos encima de la bicicleta. El runrún mediático sitúa al dopaje como posible affaire coincidente. Alrededor de esta cuestión giraron la mayoría de las preguntas a las que fue sometido el líder tras su exhibición en la solitaria montaña meridional de Francia. Froome abandonó la rueda de prensa visiblemente enfadado. Rivales, como Alberto Contador, también defienden la limpieza del primero de la general.

Disminuye la esperanza según se acerca el final de la Grande Boucle. No parece haber carrera, no hay indicios de debilidad en Froome. Las siguientes cinco etapas, desde hoy hasta el sábado, tienen terreno para ver emboscadas y desfallecimientos. Un bonito diseño que podría poner patas arriba la certidumbre hasta la fecha reinante. La dureza pendiente –una jornada de media montaña, una contrarreloj y tres etapas alpinas– beneficia, a priori, a quien más fortaleza ha mostrado durante las dos semanas de competición precedentes.

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