Ese chico triste y solitario

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Al final se dejó llevar, se dejó llevar por ella, por ésa que estaba acechando siempre, desde hacía muchos años detrás de la esquina. La lucha de gigantes tantos años prolongada se lo ha llevado en un martes de primavera raro, a la edad de 51 años. Ya se llevaba unos días esperando este desenlace, aunque algunas veces muchos hemos pensado que Antonio Vega era indestructible, que el parapeto de su timidez, sus acordes y sus letras le servirían para protegerse.
Sin duda Nacha Pop fue un referente para la época de los 80, su evolución, desde los temas juveniles de los inicios de la banda, hasta la profundidad de las letras en solitario, fue digna y esplendorosa. Su autenticidad se mantuvo siempre, también su carácter y, por supuesto, el reconocimiento de todos los colegas de profesión. Él siempre estaba ahí para versionar, para ser versionado, para sonar en cualquier parte y en cualquier garito.

En uno de ellos, el Penta, un clásico de la movida, de Nacha Pop (“luego por la noche al Penta a escuchar, canciones que consiguen que te quiera más”) y del barrio de Malasaña brilla una velita desde la mañana del lunes y seguirá sonando “La chica de ayer”, todos los días, a las tres de la mañana. Sin duda, seguirá como siempre sonando, como cuando estaba y parecía que no estaba, cuando formaba parte del entorno sin necesidad de hacerse notar, pasando desapercibido y dejándose llevar. Es una pena que sea ahora, con su marcha, cuando más se ha hecho notar, aunque eso suele pasar casi siempre.

Sus letras preciosas, precisas, nacidas entre lo que hay dentro y lo que ves por fuera, que son de un ser mundano, pero propias del poder divino, quedarán para siempre en la memoria de los que tenemos una conciencia que hay que remover, un amor que tenemos y no sabemos cómo dar. Los que compartimos la timidez de los que miran el suelo antes que mirar los ojos si es que miran. Recuerdo que el último concierto que presencié en la Sala Clamores empezó con retraso al llegar tarde él a bordo de un Citroën AX desvencijado, que pasaba bastante desapercibido, con gafas de sol, acurrucado entre sus hombros como avergonzado no de llegar tarde, sino de tener que ser el protagonista por un momento por demorarse y, por supuesto, mirando al suelo.

Entre un mundo descomunal se sentía esa fragilidad que desplegaba en sus recitales, siempre al borde de la destrucción, siempre al borde de la autodestrucción que no se consumaba. La enormidad, que parecía que le daba miedo, la convertía él en un monstruo de papel al subir a un escenario con una púa y una guitarra, entraba en nuestros corazones como un elefante en una cacharrería y ahuyentaba la noche oscura con una facilidad pasmosa.

Sin duda ha entregado antes su vida que sus armas, porque daba la sensación de ser infranqueable y de no haber entregado todas sus armas, que siempre se guardaba algo. Ciertamente, la supuesta tristeza que tenía y que desplegaba la ha transmitido al irse. Seguramente viendo todas las reacciones que ha suscitado su muerte entre el siempre desolador debate del estado de la nación, se hubiera ido abrumado y sorprendido, no lo hubiera soportado, no soportaba ser el protagonista de nada y le hubiera entrado pánico por el triste protagonismo que ahora tiene.

La tristeza y la soledad se han apoderado del que escribe estas líneas, todo el día para arriba y para abajo, sin detenerme casi ni para comer, me he enterado por la noche al llegar a casa de la muerte de Antonio Vega. Y sí, me siento triste, supongo que mañana al despertarme yo no tendré esta sensación, pero ahora sí. Será que hay canciones que marcan, será que hay personas que dejan huella. Artistas que pasando desapercibidos, que no queriendo hacer ruido se agarran muy adentro.

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