Escribir en el Siglo XXI

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Corren tiempos difíciles para el periodismo. No hay más que viajar por el mundo a través de la prensa para comprobar que igual en Rusia que en Gaza, igual en guerra que en paz, el periodista es hoy mucho más vulnerable, endeble, frágil, indefenso, inerme.
Comparto un café con uno de los más íntimos amigos –y compañeros- de Morenatti; Alfonso. Gaditano de nacimiento, habla de Emilio –con quien tantas tardes de fútbol ha compartido- como uno de los pocos profesionales que aún conservan la vocación sin más pretensiones (entre los objetivos y las plumas que viajan a las guerras). Su conversación, sincera pero calmosa, me permite acercarme un poco más a la persona, al periodista. Alfonso también ha recorrido lugares lejanos, ajenos a la tranquilidad casi siempre. Allí –me cuenta- no son muchos los que se atreven a salir a la calle. No me parece mal. Entiéndeme. El miedo es libre; y esto –al fin y al cabo- es una profesión, una forma más de ganarse la vida. Pero tristemente, quienes a menudo salen por televisión y escriben
best-sellers, suelen ser quienes menos patean las calles y el riesgo llegado el momento. Morenatti no es de esos; créeme.

Hace no mucho tiempo, apenas dos semanas después del asesinato de la periodista rusa Anna Politovskaya, las portadas de los principales diarios del mundo volvieron a mirar hacia Rusia ante un nuevo escándalo en forma de asesinato. Anatoli Voronin, alto gerente de la agencia de noticias rusa Itar-Tass, era acribillado a navajazos en su apartamento de Moscú. Fue silenciado a la fuerza porque, como ocurría con Politovskaya, su discurso resultaba especialmente incómodo. Todo apunta a que estos sucesivos asesinatos están relacionados con la cruzada abierta por parte de algunos periodistas rusos contra el blanqueo de dinero y la corrupción bancaria del país.

Definitivamente, corren malos tiempos para quienes conciben el periodismo como compromiso moral y deber social. Dictaduras, democracias, guerras. Desinformación, propaganda, intereses de las más diversas índoles. Un mundo de pasión y aventura que –por otra parte- jamás contó con la aprobación y la simpatía de los poderosos. Un mundo de sacrificio y estudio permanente. Un mundo para el que –como dijo el maestro Kapuscinski- no sirven los cínicos.

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