¿Esclava de la prisa?

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El tiempo vuela y en mi intento de atraparlo, me atrapan los segundos. Maldita la hora en la que pretendí amarrarlo conmigo. Se me escapa de las manos. Descompasada voy cuando pretendo secuestrarlo. Es más listo. Es más libre que yo cuando me empeño en cortarle las alas. Por suerte, él sigue volando. Sigue su proceso. Continua su evolución sin pausa. 
Y corre.
Como el tiempo mío que se torna prisa.

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Prisa que mata. Prisa que asesina los desarrollos de
todos los nacimientos. Que surge del pavor a no tener
tiempo o a perderlo. Que se gesta en el temor a no
tener bastante. Que emerge de la ambición, de la
exigencia. Del miedo a crecer, del pánico a ver algo
nacer y que luego muera. Miedo a morir. A la muerte de
las cosas.
A la muerte del tiempo. Y sin embargo, es
precisamente ella la que termina por aniquilarle. Y
acaba con la dulce espera, con la apacible entrega de
darse sin miedo al curso de los cosas.

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Cuando ella te absorbe llegas a creer que no tendrás
tiempo para vivir. Pero ella es la única que va matando
en vida. Y es por eso por lo que lleno el recipiente del
tiempo: para convencerme de que puedo retener la
existencia. Y fracaso en el intento. Por eso he decidido
vaciarlo. Quitarme de la prisa. Curarme de la
enfermedad. Porque si ella gana, yo entonces muero.
Mas no perezco. No lo permito. No soy su esclava.