Esa cosa que llaman amor

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Nunca llegué a pensar que me pasaría. Que llegaría a creer de verdad que el amor existía.

Ahora es cuando me he dado cuenta de que, como todo en la vida, se trató de algo efímero, volátil, perecedero. Ahora es cuando me doy cuenta de que todo lo que empieza se acaba, de lo caduco de las cosas, los seres humanos y sus relaciones.

Era todo tan bonito… que de hecho parecía un sueño, del que no quería despertar.

Y es que ya estábamos juntos incluso antes de empezar a estarlo de verdad.

Sólo me quedan los buenos recuerdos, creo que es una tendencia que todo ser humano tiene, eliminamos las cosas negativas de nuestra memoria, para que sólo perduren las positivas. Es necesario para poder subsistir.

Quizá todo hubiera sido distinto si nos hubiéramos dado un tiempo. Quizá yo me habría desesperado por no estar a tu lado todo el tiempo, hubiera desgarrado mi alma y derramado lágrimas de sangre hasta agotar la última, queriendo renunciar a mi propia vida, como pasó después de que te fuiste.

Pero tú quizá habrías tenido tiempo para echarme de menos y darte cuenta de que aún me querías. No es que no fueras paciente, lo fuiste. Pero poco a poco te fuiste cansando.

Cinco largos años, en los que notaba cómo tu interés por mí iba mermando al mismo tiempo que crecía mi miedo a perderte.

Cinco largos años, que en realidad fueron tan cortos, que cuando recuerdo aquellos días en que me regalabas esos besos tan largos, efusivos y sinceros, me parece que tan sólo fue ayer…

Fue ayer cuando nos amábamos todos los días, en todos los lugares, ingenuos inundados de ilusión, llenos de pasión, nuestros cuerpos hambrientos de calor se unían formando uno solo, al mismo tiempo que me susurrabas al oído lo mucho que me querías, que me deseabas y necesitabas. Yo te creía, y en ese momento nada más existía para mí, sólo estábamos tú, yo y un maravilloso mundo que nosotros mismos habíamos creado para refugiarnos del resto de la humanidad.

Fue ayer cuando me despertabas con cariño en la cama y te inclinabas para comerme a besos y  hacerme cosquillas y después jugábamos a ver quién quería más, si  tú a mí o yo a ti.

Y ayer fue también, cuando me arrancabas una enorme sonrisa al leer la nota de amor que me dejabas puesta con un imán en la nevera, aquellas mañanas en las que tanto madrugaba para ir a trabajar. Durante el viaje en el metro, estudiaba rigurosamente cada uno de los trazos de las letras realizadas por tu mano, y hacía una cuenta al azar de cuántos corazones me habías dibujado alrededor. Después me corregía, y si no fallaba, eso significaba para mí (qué tontería) que en ese momento me estabas recordando allá donde estuvieras.

– Yo también mi amor… -pensaba en voz alta.

Aunque he tratado de engañarme y vivir en el pasado, este ayer es tan lejano… Todo se degrada, y no sé en qué momento empecé a notar que cuando te besaba no me respondías, ya nunca me decías como antes que me querías, si es que alguna vez lo decías.

Yo me moría de sed, y ya no sólo de tus abrazos y tus besos primitivos, sino que también añoraba, necesitaba quererte, retorcerte entre mis brazos y beber de tus labios hasta quedar saciada.

Pero aunque no decías nada, a lo sumo un simple “ya es suficiente, cariño”, es como si de repente algo dentro de ti hubiese dejado de fabricar amor para mí, al mismo tiempo que se cerraba la necesidad en tu interior de recibir algo del mío.

Y ahora, después de todo este tiempo, tiempo en el que he aprendido a seguir respirando aire en el que no estás presente, vuelves a estar aquí.

¿Que si aún te quiero me preguntas?

Me muero de ganas de decirte que sí, de tirar el cigarrillo que te sustituye a todas horas para eliminar la expresión de derrota que invade tu rostro a base de caricias, de besos y de mi perdón ante tu equivocación.

Me muero de ganas, de verdad, de creer que me echas de menos, de que fuiste un gilipollas que no sabías lo que tenías hasta que lo perdiste, y de que aún me amas con locura.

Me muero de ganas.

Pero tú, tan cercano al principio, como lejano al final, venciste mis ganas de morir el día en que te conocí y me di completamente a ti. Cuando te marchaste, me las devolviste más fortalecidas aún, y ahora que creo estar superándolas (creo) ya no puedo volver a creer en ti.

Márchate antes de que no pueda evitar decirte la verdad. Si aún me amas, protégeme de lo que en realidad quisiera hacer,  porque no puedo caer rendida ante ti otra vez.

Fuente de la imagen:
http://www.artnet.com/Galleries/Artwork_Detail.asp?G=&gid=425365529&which=&aid=425376657&wid=425942181&source=inventory&rta=http://www.artnet.com

2 Comentarios

  1. “beber de tus labios hasta quedar saciada”, “Yo me moría de sed”. La líbido de un hombre no está a salvo con tus plegarias. Me imagino en aquella cama y… los besos a veces pueden ser el mismísimo prozac para otros. Mil gracias por este texto.

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