Entre hojas y lluvia (Crónica de mi viaje irlandés: Primera parte)

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En este noviembre de 2010 echo de menos el sofá de mi pequeña casa en Toledo y la chimenea puesta, a mi familia y amigos, y en general, a mi querida “Spain”.

Lo bueno de echar de menos algo o a alguien es que aprendes a darle el valor que se merece y que quizás muchas veces olvidaste.

Hoy, desde “el país verde y lluvioso”, como yo le llamo, veo las cosas más nubladas debido al mal tiempo y a la miopía que me acompaña prácticamente desde que nací; pero sin duda, mucho más claras en mi interior.

Dublín, la capital de la República de Irlanda, es ahora mi nuevo hogar. Decidí dejar España para mejorar mi inglés. Estoy “casi” licenciada debido a que aún tengo una cuenta pendiente conmigo misma y con la Complutense: una asignatura. Espero poder sacarla adelante, y a la vez, tener la oportunidad de abrir aún más mi mente por estas tierras.

Alguien me dijo una vez: “la mente es como un paracaídas, sino se abre no sirve para nada”, y tenía mucha razón. Por ello me considero afortunada, por haber tenido el valor de lanzarme a vivir esta experiencia; eso sí, no estoy sola. Tengo la suerte de tener a mi lado al mejor compañero de viaje que podría desear. Él es mi sustento y mi aliento para seguir adelante.

Mi vida en este lugar se desarrolla entre hojas y lluvia, las dos cosas más llamativas de vivir en Dublín; además de su cerveza Guinnes, por supuesto. Las hojas que caen de los árboles adornan, a modo de alfombra, las aceras de las frías y mojadas calles de la ciudad, sobre todo en sus alrededores.

Cada día me levanto temprano para ir a la escuela y darle otro empujoncito al inglés, ese idioma tan necesario pero que tengo tan atravesado.

El paraguas es algo que con el paso de los días forma parte de ti, aprendes a cogerle cariño y a valorar su función, aunque también es algo que te deja en evidencia puesto que los irlandeses casi nunca lo usan, van tranquilamente por la calle sólo con un chubasquero o una capucha y sin casi inmutarse. Supongo que deben estar acostumbrados a vivir mojados.

Llevo casi un mes en este país y me ha dado tiempo a hacer de todo. En mi diario de viaje caben buenas anécdotas, nuevos amigos, muchas sonrisas y también, por qué no decirlo, algo de nostalgia.

Al principio de llegar a Dublin vivíamos en un hostel, algo de lo más normal si no conoces a nadie en el país al que decides emigrar. Durante los primeros días, hacer turismo era de obligado cumplimiento. Todo un mundo por descubrir: país nuevo, mapa nuevo, lugares nuevos, todo al revés (típico de los ingleses en general) y gente distinta. Y vaya si es distinta.

Mi experiencia con tres irlandeses a mi llegada, ha hecho que si antes me habían hablado bien de ellos, hoy pueda corroborar su nobleza, simpatía y amabilidad. Ir con un mapa abierto por el centro de la ciudad resulta curioso, sobre todo cuando a la primera de cambio te asalta un señor para preguntarte si necesitas ayuda.

A nosotros nos sucedió en dos ocasiones. En una de ellas, incluso el susodicho señor, que iba montado en una bici, se bajó de ella para ver si necesitábamos algo y para indicarnos cómo llegar.

El tercer irlandés que se nos cruzó en el camino apareció en medio de la noche, con su bebé de tres meses y dispuesto a llevarnos a casa en su coche, con cuatro maletas a cuestas y sin conocernos de nada. Después de esa noche volví a creer en la bondad desinteresada del ser humano.

Ahora vivo a las afueras, al este de Dublín, en una zona residencial llamada Lucan Village y a veinte minutos del centro en autobús. Y casualmente en el lugar al que nos trajo en su coche aquel amable irlandés.

Moverse en transporte público por aquí no es que sea precisamente barato, pero de momento compensa. Además, es una aventura poder redescubrir el mundo montada en uno de ellos. Son los típicos autobuses de dos plantas: tipo tour que te permiten, en un mismo trayecto, ver la ciudad desde dos perspectivas completamente distintas; o al menos a mi me lo parece.

De esta forma, el próximo paso en mi horizonte es encontrar trabajo pronto y entonces todo irá sobre ruedas. Soy optimista pero también realista. Creo que no va a ser fácil puesto que la crisis mundial está presente también en este país. Sólo puedo decir que, de momento, seguiré en Irlanda intentando entender a los irlandeses y con mi afán de tratar de conquistar el mundo. Espero que vosotros también lo intentéis desde donde estéis.

See you soon, my dear friends.

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