En busca de la belleza

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Miles de personas se pierden en la inmensidad de lo cotidiano. Es hora punta en la estación de metro de Washington y todos se dirigen a sus puestos de trabajo. La mañana transcurre con la normalidad que se puede esperar de un día laboral. El viernes 12 de enero de 2007 no es una fecha que todos tengan marcado en el calendario. Pero el violinista Joshua Bell sí. Se sitúa en el vestíbulo de la estación de L’Enfant e interpreta seis piezas magistrales de Bach y Schubert provisto de su Stradivarius ‘Gibson ex Huberman’, una pieza única en el mundo. La actuación dura exactamente 43 minutos, durante los cuales nadie aplaude, y sólo unos pocos se detienen a escuchar y dejar unas monedas de poco valor.

¿Sería capaz la belleza de llamar la atención en un contexto banal y en un momento inapropiado?, se pregunta el “Washington Post” con este experimento. Antes de realizarlo, algunos expertos coincidían en predecir que se terminaría formando un corro a su alrededor y que la gente sabría distinguir el auténtico talento. Sin embargo, de las 1.070 personas que pasaron por delante de Bell durante el tiempo que duró la prueba, solo siete se detuvieron a escuchar y la mayoría durante menos de un minuto. Un total de 27 personas echaron algo de dinero al sombrero, algunas monedas de un penique, cifra muy lejana de los 100 dólares que los amantes de su música pagaron tres días antes por buenos asientos en el Boston Symphony Hall, que registró un lleno completo.

Alejado de las campañas de promoción de su arte, fuera de los grandes escenarios y con la única compañía de su violín, a Bell sólo lo reconoció una persona. Para el propio músico, sentirse ignorado por el público era una sensación muy extraña, pero al mismo tiempo estaba agradecido a esas pocas personas que dejaban unos centavos en la funda de su violín, según comentaba  al “Washington Post”.

Aunque es cierto que la música clásica no tiene la popularidad de la música pop y otros géneros contemporáneos, creo que hay que ser justo en la evaluación de los resultados, pues dada las condiciones y el contexto en que se realizó el experimento, el mismo estaba destinado a fracasar o por lo menos a no tener los resultados deseados. Una estación de metro en hora punta no permite que la gente aprecie la belleza.

Según Daniel Mateos Moreno, compositor y director de la revista “Filomúsica”,  la belleza objetiva existe pero es un camino difícil de encontrar: “Habrá cosas que serán siempre bellas por encima de nuestros gustos personales pero la sensibilidad es algo a educar, por lo que pueden existir gustos que sean verdaderas aberraciones. ¿Quién dice qué es arte y qué no? ¿Por qué no puede ser arte un simple vaso de agua encima de la mesa?”

El experimento del “Washington Post” recuerda lo difícil que es apreciar la belleza en la música, y es aquí donde está el problema de todo crítico, ya sea de cine o música rock. Saber la línea que separa lo objetivo de lo subjetivo en una crítica, no es algo tan fácil como pudiera parecer, y es imprescindible si deseamos un periodismo riguroso.

Los medios de comunicación y las campañas de marketing y publicidad juegan un papel importante en la vida de los artistas. No sólo una crítica puede relanzar o hundir la carrera de un artista sino que de por sí, los medios, cubriendo unos espacios y no otros, definen cual música se debe escuchar y cual no, al mismo tiempo que los músicos comprenden qué tipo de música deben hacer para llegar a la fama. En definitiva, los medios quieren imponer su concepto de belleza y hacer olvidar al público que lo bueno no es necesariamente popular y lo popular no tiene por qué ser bueno.

Precisamente esto último parece haber olvidado la periodista de “El Mundo”, Silvia Grijalbo, al hacer su “gran trabajo de investigación”, versión barata del reportaje del “Washington Post” a la española. El experimento tiene lugar en la estación de Bilbao del metro de Madrid y Nacho Campillo, cantante de Tam Tam Go!, ocupa el lugar del violinista Joshua Bell, con canciones de la radiofórmula sustituyendo a Bach y Schubert. La periodista deja a un lado la búsqueda de la belleza para reducirlo todo a si la gente reconoce al cantante del grupo, olvidando que la radiofórmula, salvo contadas ocasiones, tan pronto como te lleva a la cima te devuelve al mayor de los ostracismos.  A pesar de todo, llega a la conclusión de que lo popular, al igual que lo bello, pasa desapercibido si los ajetreos de la vida moderna se ponen por delante. Espero que la próxima vez lleve a Mick Jagger, Sting o incluso a cualquiera que se encuentre en la cima de la radiofórmula, a ver si puede sacar las mismas conclusiones.

Fuentes del texto:
www.washingtonpost.com
www.elmundo.es
www.filomusica.org
Fuentes de las imágenes:
www.porges.net
www.playbillarts.com
www.whattimesailing.com

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