Las elecciones italianas: incógnitas y reflexiones

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Las elecciones italianas han dejado más dudas que certezas, más incógnitas que certidumbres. El candidato favorito no ha ganado y el perdedor casi predestinado no ha perdido: Pierluigi Bersani, el candidato del Partido Democrático, no ha obtenido el resultado que las encuestas le conferían y Silvio Berlusconi ha demostrado su gran habilidad en las campañas electorales y su capacidad para conectar con la pancia (los instintos) de los italianos. Por otro lado, los únicos datos claros son la baja participación -con un alto número de votos nulos o en blanco- y, sobre todo, que sin Beppe Grillo y el Movimento 5 Stelle no se gobierna.

Pierluigi Bersani resulta un político serio con poco carisma, en un país que se parece cada vez más a Sodoma y Camorra, entre viejos y nuevos bufones que prometen y atacan. No representa el cambio, ni parece capaz de convencer a los italianos. El PD debe reflexionar: Bersani no resulta atractivo para el electorado, incluso entre los electores de izquierdas. ¿Ha llegado la hora de Matteo Renzi? Puede que sí.

Silvio Berlusconi. Foto cedida por Flickr.comPor su parte, Silvio Berlusconi se confirma como un mentiroso compulsivo, hábil vendedor de ilusiones a desesperados y criminales, que pero sabe conectar con los italianos, prometiendo eliminar el impopular impuesto sobre la propiedad. Su destreza mediática, su habilidad como vendedor y para convertirse en centro de la atención son indudables: y a esto hay que añadir el “síndrome del balcón” de los italianos –en palabras de Montanelli-, su fascinación por el hombre fuerte, el condottiero simpático. Aún así, Italia ha demostrado una vez más lo bien que funciona el voto-vergüenza: pocos tienen el valor de reconocer su voto al viejo sátrapa embustero y a su banda de lacayos.

Puede que el gran derrotado sea Mario Monti, que ha utilizado una retórica incomprensible para el italiano medio, mostrándose distante de la realidad y poco atractivo, incluso cuando acariciaba un caniche en un programa televisivo. Se le ha considerado el amigo de la austeridad, de Merkel y de Bruselas, tanto que Berlusconi ha llamado al voto patriótico, apuntado al orgullo patrio. Probablemente mantenerse al margen de la política hubiera sido la mejor elección.

Beppe Grillo representa al gran vencedor de las elecciones: como cómico hace más gracia que Berlusconi y como político parece dar más miedo. Grillo no es un extraño demagogo, sino un hombre capaz captar las evidentes señales de descontento, encarnando el deseo de cambio. Lleva años criticando a la clase política italiana y a diferencia de Berlusconi, no niega la crisis italiana.

Beppe Grillo. Foto cedida por wikimedia commonsAunque se le puede acusar de vieja demagogia, nueva tecnología, hay que reconocerle el mérito de haber escuchado a la gente, su malestar. Bastaba con mirar la Piazza San Giovanni en Roma, el último día de campaña, repleta de gente. El Movimiento ha entendido la necesidad de volver a mirar a la calle, aunque con una elevada dosis de populismo. Pese a que es cierto que la política siempre cuenta con una elevada dosis de populismo, no basta con querer destruirlo todo. Este populismo “destructivo” debe dejar paso al sentido de responsabilidad. Grillo debe entender que con chascarrillos e insultos no se gobierna y, al mismo tiempo, debe cambiar su actitud anti-democrática hacia los medios de comunicación.

El panorama resulta nebuloso e incierto, con una Cámara de los Diputados de centroizquierda y un Senado que podría impedir la tramitación de cualquier decisión del Gobierno. Aunque en la política italiana no se puede descartar nada, la estabilidad parece una quimera y mientras los mercados miran a Italia con suspicacia, con miedo a un posible contagio de la zona euro, el país no debería apostar simplemente por sobrevivir. Los italianos quieren cambios y estas elecciones pueden representar una buena ocasión para ello. El voto ha confirmado que, lo que antes parecía insostenible, ahora resulta insoportable. Izquierdas, derechas, nuevos partidos deben cambiar el sistema, comprendiendo que está en juego la gobernabilidad del país y el futuro de Europa. Hay que proponer cambios con responsabilidad y coraje, sin miopías o prejuicios, ni demagogia o mesianismos. No basta con querer destruir el sistema. Hacen falta propuestas, ideas y valor. Sólo así Italia podrá salir de esta y alejarse del nefasto berlusconismo…

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