Elección

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Como otras tantas veces el joven volvía a sumergirse en aquel frondoso bosque que tanto le cautivaba. Sus pies no tocaban el suelo, flotaban. Los árboles se mecían al son de la suave brisa del viento. Las flores habían brotado mostrando sus hermosas formas y desprendido sus sugerentes aromas.

En tierra firme podía ver a sus amigos saludándole, mostrándole una amplia sonrisa que él les devolvía. Estaban divirtiéndose: charlaban, bromeaban, reflexionaban, tomaban el sol, corrían descalzos, bebían alcohol y refrescos, en definitiva, disfrutaban de la vida y de la naturaleza que les envolvía.

Nada podía llenarle más de felicidad y satisfacción que aquella hermosa escena, a excepción de lo que estaba a punto de avistar. De los cielos descendió un hermoso ser que iluminó cada parte del bosque. El joven no podía sino deleitarse ante tan grata experiencia. No era otra que la mujer que tanto le gusta. Una mujer tan bella que es un pecado. Estaba preciosa toda ella, como siempre, con un vaporoso e inmaculado vestido. Su castaño pelo se movía a cámara lenta en una danza hipnótica. Sus afilados y carmesíes labios esbozaban la optimista sonrisa que casi siempre le acompaña. El sol comenzó a brillar con más intensidad, tal y como lo hacían sus nacarados dientes y sus preciosos ojos marrones. Incluso los animales salían de sus guaridas para no perderse semejante espectáculo. Olisqueaban el entorno; ya no olía a la materia que les envolvía, creada en una explosión de atrición y frenesí: todo se había impregnado del olor de aquella preciosa y sugestiva criatura. 

El joven sentía cómo su respiración se aceleraba, siguiendo el ritmo de su corazón. El éxtasis le dominaba. No podía creer ser testigo de tan grandioso evento. No pudo contener sus emociones, así que voló vertiginosamente hasta su amada. Sentía el calor que transpiraba de su suave piel. La vida que albergaba en su mirada iluminó su cara, la cual podía ver reflejada en ella con una sonrisa de felicidad como nunca antes había sentido. En un arrebato de pasión, juntó su boca con la de ella. Cerraron los ojos para degustarse el uno al otro sin que nada les distrajera y pudieran centrarse en los movimientos de sus libidinosos labios y de sus ávidas lenguas. La razón desapareció: ahora sólo mandaban los instintos. Se movían por impulsos primitivos para gozar de la coreografía de la vida: se abrazaban, se olían, se decían lo mucho que se querían y que agradecían estar vivos para poder estar el uno con el otro fusionados en cuerpo y alma. Tocaban cada parte de su anatomía como buscando ansiosamente los lugares que les hiciera gritar de placer, lamían aquí y allá, hasta que comenzaran a brotar los fluidos que eran la respuesta inevitable de sus actos. Las nubes censuraron a los jóvenes que practicaban ese delicioso pecado que duró varias horas. Sólo se oían sus respiraciones entrecortadas y gemidos salvajes.

El joven se alegraba por haberse adentrado en ese extenso bosque y no haber seguido el camino en el que no se siente parte de nada, donde no es comprendido, donde la rutina agota su existencia, donde sus sueños se los lleva el olvido, donde sus experiencias se ven limitadas por los sentidos, donde es otro a quien su amada le dedica su tiempo y su cariño; el lugar que le lleva del odio al amor y viceversa. Sin embargo, la naturaleza puede llegar a expandirse sin control y arrasar con todo. Así, lo alejaría de los placeres experimentados a lo largo de su vida, de la gente que le importa, e incluso de la posibilidad de elegir andar por el otro camino. Es algo con lo que tiene que tener mucho cuidado el joven, si no quiere salir más lastimado de lo que está acostumbrado.    

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