El verdadero mensaje de Harold Pinter

0
246

La obra teatral La fiesta de cumpleaños, que se representa estos días en el Teatro La Plaza Isil de Perú, tendría que haber coronado el año como la obra de mayor resonancia de las que había en el escenario teatral. Las ascendencias de Samuel Beckett o Eugene Ionesco son claras: el texto es tenebroso, perturbador y cuenta con momentos llenos de intriga. Una atmósfera que deja abierta la posibilidad al espectador de recoger las emociones que desee.

Escena de La fiesta de cumpleaños

La puesta en escena, en cambio, pareció densa. Había una clara disociación de los diálogos, cuando estos tenían que ser fluidos y parecer naturales. El personaje principal (Stanley) que recayó en Paul Vega, necesitaba un trabajo más elaborado; pues desde el primer instante que aparece, genera la impresión de ser un tipo que sufre alguna clase de trastorno y que, al final de la obra, su problema termina agudizándose hasta dejarlo en un estado casi catatónico.

Sin embargo, el personaje de Stanley, tenía un truco que le hubiese dado más sentido a la puesta en escena: Stanley no es un hombre que aparece con una suerte de trastorno, es un hombre normal al que la sociedad lo va aislando, retrayendo, perturbando, poniendo nervioso, histérico, hasta volverlo fuera de sí. Esta progresión en la actitud del personaje, en el desarrollo de la puesta en escena, no se vio con claridad.

Además, el carácter “absurdo” de la obra, exigía que los actores tuvieran un comportamiento propio, marcado. Realmente tendrían que haber sido absurdos y únicos, como fue el impecable trabajo de Ana Cecilia Nateri y Alfonso Santisteban. La primera escena, donde aparecen los dos, sosteniendo una conversación que caía en lo absurdo, es un ejemplo claro de interpretación de lo que quiere transmitir el autor. Ahí, Chela de Ferrari, quien estuvo a cargo de la dirección, estuvo acertada.

Por momentos humor, por momentos drama, La fiesta de cumpleaños de Harold Pinter, intenta mostrar la naturaleza humana, un sentido de investigar la tensión física y psicológica en cada uno de los personajes. El resultado final debió intrigar al público, aterrarlo, consternarlo. Una dirección más dedicada y trabajada pudo haber hecho más por la puesta en escena.

En cuanto a la escenografía, se cae en el siempre acostumbrado intento de reflejar la realidad, lo que cae, en consecuencia, en puestas hiperrealistas; de decorado perfecto, con efectos casi cinematográficos que le quitan parte de la esencia al teatro y que el teatro de hoy necesita romper. Si bien, el teatro La Plaza Isilha tenido buenos trabajos, se espera que no descuide su labor de búsqueda de nuevos signos y significados en el teatro. La exploración constante y el deseo de hacer algo nuevo.

Fotografía: Teatro La Plaza Isil.

Dejar respuesta