El valor didáctico de veinte botellas de cerveza

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“Y cuando fracasas en la vida es que nunca naciste, digan lo que digan las estadísticas o el nombre que te puso tu madre.”
(Charles Bukowski, Escritos de un viejo indecente)

Es ésta una buena noche. Así que estoy contento de estar aquí, leyendo y escuchando “Perfect day”. Son las doce de un sábado cualquiera, ignorando canciones banales, borracheras sin cuento y chicos y chicas en busca de algo que ya no puedo darles. 

Me asalta un momento nostálgico, mientras leo un artículo del periódico sobre violencia escolar. ¿Qué habrá sido de todos aquellos que me he visto obligado a conocer en las aulas y que tan poco me gustaron? Estaban los típicos gamberros, como los que aparecían en ese artículo del periódico. A los que todos temíamos, claro. Pero a mi me caían peor otros. Me disgustaban más los que lo hacían todo bien… o eso parecía o hacían creer ellos y los profesores que teníamos. Ocho a diez años, ya intuía entonces que había en ellos algo que odiaría toda mi vida. Sin embargo, no sabría decir por qué o cuando se despertó en mí esa antipatía.

Aún puedo recordar a aquellos chicos perfectos. Me interesaría saber qué tragedia acabó con aquellos empollones engreídos. Iban muy seguros y sabían lo que querían de la vida. Terminarían sus estudios sin problemas, consiguiendo su trabajo bien remunerado, porque era para lo único que estaban preparados. No tenían otras expectativas para la vida. Estoy seguro de que lo consiguieron.

Pero me gustaría saber. Disfrutaría descubriendo que perecieron sepultados bajo el bricolaje y las hipotecas a interés bajo. Experimentaría un placer morboso sabiendo que la mayoría de ellos se diluyeron en ligues precocinados y conciertos de David Bisbal, esas tragedias invisibles. No se les puede desear una catástrofe muy melodramática. Si acaso una muerte absurda, como ahogarse con un hueso de pollo. Algo así.

A cada uno de ellos le recuerdo alguna peculiaridad: Pablo Ruiz Brasero siempre tenía el pelo sucio y grasiento, y cuando sacaba sus dieces nos los restregaba por la cara sin ningún pudor. O Marta Pancorbo, a la que sufríamos en las clases de quinto curso de primaria, que siempre andaba muy estirada y llevaba orgullosa una trenza perfecta que corté una vez en la clase de manualidades… Había muchos más.

Suena “Changes”, algo de Drake… y lo que estoy leyendo se hace más y más aburrido. No puedo dejar de recordarles, a todos ellos, en otro sitio que parecía mejor que éste que ahora tengo. Qué cosas.

Trato de olvidarles. Sin embargo, la mayoría de las veces, ¡maldita sea!, hasta me acuerdo del cabrón de Juan Luis Duro Mayorga, con el que coincidí en quinto y sexto curso, aquel sabelotodo con gafitas de pasta negra. Y no pongo cara de disgusto. Si acaso, un mohín que se asemeja a una melancólica, a una añoranza…

“Perfect day”, de Lou Reed
[youtube]http://www.youtube.com/watch?v=QYEC4TZsy-Y[/youtube]
“Hazey Jane II”, de Nick Drake
[youtube]http://www.youtube.com/watch?v=qSZ9oX0rLgg&feature=related[/youtube]

Fuente de las imágenes:
Alberto Amor Jiménez

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