Al trébol se le cae una hoja

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Brian O’Driscoll se despidió de la selección irlandesa de rugby conquistando el Seis Naciones en París y poniendo un broche de oro a una colosal trayectoria internacional. En 141 ocasiones, cifra récord, vistió la camiseta verde del trébol o la de los ‘lions’ británicos, además de haber conquistado dos veces el gran torneo continental. El jugador exhibió una competitividad feroz durante sus tres lustros de carrera deportiva. El liderazgo del centro, estandarte de una generación grandiosa pero ya longeva, devolvió a su país a la élite mundial de la disciplina oval.

El gran campeonato de rugby del hemisferio norte termina de jugarse con el final del invierno. La última jornada del Seis Naciones se disputa alrededor de la festividad de San Patricio. La diáspora irlandesa, desperdigada por todos los rincones del planeta, celebra su día nacional cada 17 de marzo. El venerado patrón es invocado por un pueblo católico como pocos. La religión es el rasgo distintivo más evidente de la isla: frente al anglicanismo de su vecino Reino Unido, tradicional enemigo; Irlanda sigue mostrando fidelidad a la iglesia de Roma.

Brian O'Driscoll (35) celebra el triunfo de Irlanda ante Francia. Foto: INPHO/Billy Stickland
Brian O’Driscoll (35) celebra el triunfo de Irlanda ante Francia. Foto: INPHO/Billy Stickland

Cada victoria de la selección irlandesa en estas fechas se vincula con la intercesión del santo. La fiesta celta, márquetin mediante, se ha extendido por todo el mundo. La importancia del rugby, una práctica de origen extranjero -Irlanda disfruta de un extenso catálogo de deportes gaélicos propios-, también ha crecido en el país. El éxito de sus clubes en las competiciones continentales y el repunte de su combinado nacional explican la edad de oro que el oval vive en el territorio del trébol. Irlanda se ha consolidado desde la ampliación (de cinco a seis naciones) como una de las grandes.

La presencia del quince verde entre los mejores se ha hecho habitual. Responsables del éxito son jugadores como Ronan O’Gara, Paul O’Connell, Donncha O’Callaghan, Jamie Heaslip, Rory Best o Mike Ross. Y de entre todos, O’Driscoll. Malos precedentes arrastraba el combinado celta en París: sólo dos victorias en 40 años en la capital del Sena. Había certificado el trébol su último triunfo en Francia en el año 2000. Aquel partido sirvió de escaparate para que el entonces bisoño BOD decidiera con tres ensayos el choque del lado visitante y exhibiera galones en el Stade de France.

Irlanda volvió a tomar la ciudad de las luces el pasado sábado (20-22) y certificó la conquista del Seis Naciones cinco años después. El estrecho triunfo rompía la maldición. Históricamente, París ha sido una frontera insalvable para determinados equipos de las islas británicas. Viajar hasta el continente se convirtió en un agujero negro para el legendario quince del dragón galés de la década de los setenta. O’Driscoll, en su último partido, lideró a los suyos para romper la maldición. El segundo centro irlandés fue elegido jugador más valioso y firmó su último encuentro con la camiseta verde levantando el título.

Con la renuncia del número trece, el trébol de la suerte pierde una hoja. Deja la selección su figura más representativa, un jugador tan bravo y orgulloso como cerebral. El tres cuartos se marcha del rugby de selecciones con la cota más alta de internacionalidades que ningún jugador haya alcanzado, 141. No parece que pueda hacerle cambiar de opinión la cercanía de la Copa del Mundo, que se celebrará en Inglaterra durante el verano de 2015. Su carrera se limitará a la participación en la liga celta y la competición europea con Leinster, su club.

Para el recuerdo quedará su desempeño como punta de lanza de una de las mejores generaciones de rugby en Irlanda. El papel del dublinés traspasó su actividad estrictamente deportiva. Alrededor de su figura creció una suerte de encantamiento, de identificación. El acrónimo de su nombre generó un eslogan, ‘in BOD we trust’, (remedo del ‘in God we trust’ de los dólares estadounidenses) que sugiere confianza y fe. En suelo galo ganó la última batalla. La católica Irlanda ya sabe que Paris bien vale una misa.

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