El terror que anida en ti

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Fuente: LaPerla29
Fuente: LaPerla29

Desde 2012, año en que Oriol Broggi estrenó Incendis, cada vez que La Perla 29 monta un Mouawad la acogida suele ser entusiasta, tanto por parte del público como de la crítica. Este año, además, contamos con la suerte de que han decidido producir no uno, sino dos textos del autor libano-canadiense, este Un obús al cor que nos ocupa y Boscos, que se estrenará la próxima primavera.

El monólogo que puede verse en la Biblioteca de la Catalunya hasta el 18 de diciembre, estrenado en Temporada Alta, cuenta con una dirección a cuatro manos entre el director de la compañía, Broggi, y quien hasta hace cinco años había sido su ayudante de dirección habitual, Ferran Utzet, pero que desde 2011 ha presentado varios montajes propios, el último esa delicada Dansa d’agost de Brian Friel. El actor elegido para dar cuerpo y voz a este texto es también una cara conocida en los montajes de La Perla, Ernest Villegas. Los tres ofrecen un montaje sobrio y emocionante en el siempre sugerente espacio teatral de la Biblioteca, con los elementos mínimos para que sea la palabra de Mouawad y el trabajo actoral de Villegas quienes llenen el escenario, ayudados por una magnífica iluminación de Quim Blancafort y por el espacio sonoro.

El texto, narrativo en su origen, condensa todos los temas que el autor trata en su ya célebre tetralogía teatral “La sangre de las promesas”: la guerra, el exilio, las relaciones entre padres e hijos, los terrores, la identidad del individuo. Para ello, en esta ocasión, nos cuenta la historia de un joven al que una llamada le despierta en medio de la noche para anunciarle que su madre está agonizando y que debe ir al hospital de inmediato. Durante esa noche que el protagonista nos relata verá pasar ante sí su vida, su relación con su madre, con la enfermedad de su madre, con sus propios terrores. Y vencerá, al fin, junto a ese lecho de muerte, los fantasmas que le atormentaban.

Villegas se entrega al monólogo en cuerpo y alma en un trabajo actoral de altura. Logra que el espectador siga su periplo vital con interés, con emoción. Los cambios de atmósfera que ofrece el montaje permiten, con suma claridad, vestir de distintos espacios un mismo escenario y trasladar al espectador allá por donde va transitando el protagonista. El ritmo medido por los dos directores, cuya labor es sutil pero precisa, hace que la hora y veinte de duración de la pieza se distribuya de forma equilibrada en el ánimo del espectador y no llegue a hacerse cargante. El broche final con el que se cierra la obra es de una belleza estremecedora.

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