El “Tempus fugit” mató al “Carpe diem”

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Esa noche tenía ganas de beber fuera de mi cuarto.

–¿Salimos esta noche?
–Yo hoy paso.
–¿Pasas?
–Sí.
–¿Por qué?
–Tengo muchas cosas que hacer.
–¿Qué tienes que hacer?
–Unas mierdas de clase, no sé, no me ralles.

Le miré con una dosis de ironía en mis pupilas.
–¿Sabes? ¿Nunca te has preguntado cómo será tu muerte? O si, mientras hablamos, un misil tierra aire cargado de amor radiactivo hará trizas lo que llamas casa. O, menos interesante, ¿y si te resbalas en el baño y te matas con la esquina del retrete?
–No suelo pensar en morir: por ahora me gusta respirar. Y respirar un poco de esto.

Levantó una trompeta de un tamaño considerable, suficiente medida para que yo me replantease mis planes. Se escucharon carcajadas de otra habitación. “¡Estás colgado!”, “¿Qué cojones estás diciendo?”, “¿Viene esa ele o qué te pasa en la cara?”.

–Bueno, seguro que ya lo has oído más veces, pero, ¿qué harías hoy si murieses mañana?
–Me…
–No hace falta que respondas, estarías en cualquier lugar menos entre nuestro montón de basura. Hay mucha más basura interesante ahí fuera. Pero veamos si puedes ayudarme con un asunto que me quita el sueño. Una vez muerto, se sigue vivo por lo que se ha hecho, ¿no? Me refiero a todo eso de la grandeza y la eternidad. Es decir, si fuiste el mayor atracador de bancos, si has inventado un cacharro útil, si asaste a millones de personas… Te pueden recordar. Un buen recuerdo o un mal recuerdo, pero la gente no ha olvidado tu nombre, aunque sólo sea para llamarte “hijo de puta” de vez en cuando y brindar en tu tumba. De ahí la justicia histórica: todos tenemos en nuestra cabeza a Hitler como un asesino y a la madre Teresa de Calcuta como una persona ejemplar. ¿Y cuándo llegue el final?

–¿Cómo?
–Cuando nos llegue el final a todos.
–¿Todos?
–Tú muerto en el retrete, yo muerto en el retrete y la humanidad desaparecida de la faz de la tierra como si alguien tirase de la cadena. Nadie para recordar a nadie.
–Estoy un poco confuso.
–Todo tiene un fin y todos los jodidos científicos saben que la raza humana tiene fecha de caducidad y, gracias a ella, el planeta también. Aunque no sea esta noche, ni mañana, ni dentro de una semana, todo desaparecerá sin dejar huella. El sol se comerá a la tierra y el tiempo seguirá sin nadie que lo cuente. No existirá constancia de nuestra historia y Hitler estará violando a la madre Teresa, penetrando su santificado trasero. Nadie. Nada. Es como el final de la película Blade Runner, ¿recuerdas?
–Recuerdo que tuvimos que tragarnos eso porque no querías ver Gladiator.
–En mi defensa, alego océanos de distancia. La escena final donde el replicante cuenta a Harrison Ford todo lo que había vivido y visto durante aquellos años y suelta la frase: “Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”. Hay veces que me siento un replicante, cuando golpeo las teclas o deslizo el bolígrafo sobre el papel intentando que algunas palabras no se suiciden en mi cabeza. Nada tiene importancia, nada de lo que hagas, digas, intentes… porque estamos de suerte, corre, fóllate a la novia de tu mejor amigo y comparad opiniones, escupe a tu jefe antes de pedirle un aumento, pon una bomba debajo de la cama del presidente y deja un post-it con disculpas por el ruido en la puerta de la ONU. Alguien ha entrado en la sala del proceso y le ha volado la cabeza con una recortada a la taquígrafa judicial. ¿Ha tomado nota de esto último, señorita? Escribir tu propio recorrido hasta el borde del váter.
–Escucha…
–No importa.
–¿Whisky o ron?
–Whisky.

Y salimos fuera a beber.

Fuente de la imagen:
Salvador Dalí.

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