El ‘spleen’ de Esteban Hernández

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Las ideas surgen a borbotones, en cascada, casi sin tiempo entre una y otra como para que el interlocutor sea capaz de asimilarlas. No es fácil seguir el hilo de Esteban Hernández (Ciudad Real, 1979), que tan pronto menciona la locura como se embarca en una reflexión sobre el desasosiego o la nostalgia. Pero en último término, de entre la cantidad de hilos sueltos, surge un discurso coherente y lógico que permite desentrañar unas intenciones creativas que rozan con el ámbito de la metafísica.

Ganador del Premio FNAC/Sins Entido con Pintor! y del Premio al Mejor Fanzine en el Salón del Cómic de Barcelona por Usted, Hernández acaba de lanzar al mercado su tercera novela gráfica, El duelo (Edicions de Ponent), una obra que se zambulle en las tormentosas aguas de la angustia vital, que bucea en el carácter absurdo de la existencia humana y que, finalmente, traslada un mensaje de humildad: no podemos controlar nuestra vida, sino que es la vida quien nos controla a nosotros.

¿Podría hablarnos del ‘spleen’?
Charles Baudelaire escribió un libro de prosa poética titulado El spleen de París, en donde plantea este concepto que, según mi traducción, sería el desasosiego, las consecuencias del sinsentido a nivel emocional.

¿Qué le sedujo tanto de esta idea como para construir a su alrededor toda una novela gráfica?
Pues por decirlo en pocas palabras, sufrirlo, y algunas veces disfrutarlo. La referencia no es tanto a lo críptico de los poemas de Baudelaire como a El verano, de Albert Camus, que pone nombre y apellidos a cosas que me han venido ocurriendo durante muchos años. Cuanto más profundizo en la obra de los autores que me gustan, como Bukowski o Tarkovsky, más caigo en la cuenta de que el desasosiego era un aspecto común a todos ellos. Esta comunión, a la que Baudelaire llamó ‘spleen’ y Camus “absurdo”, es la que me motivó a hacer El duelo.

¿De qué forma se plasma todo esto en su cómic?
El desasosiego es sólo una de las capas de cebolla que tiene el tebeo. Creo que Suéter también lo tiene, en relación a la locura, mientras que El duelo lo tiene en relación a la muerte. La calidad humana en torno a las circunstancias de los personajes es lo que hace aflorar estas emociones en el lector

Al margen del desasosiego, lo que más me llama la atención de su libro es ese carácter absurdo de la existencia humana, reflejado en las vivencias particulares de los protagonistas, Altuna y Adrián.
No son tanto las consecuencias de la muerte como la vida alrededor de la muerte. Aquí sí surge este punto rocambolesco, pero ente medias hay humor, no es un drama salvaje. El desasosiego no es el hecho en sí, sino que aquí actúa como motor de los personajes y, de puertas para dentro, resulta mi principal preocupación.

Lo que le ocurre a Altuna no está muy lejos de lo que nos puede pasar a cualquiera de nosotros. Dependiendo de la sensibilidad, de lo conectado que se esté con la muerte, la locura o la nostalgia, se despierta el desasosiego en el lector.

Por otro lado, en este cómic también hay mucho de crisis existencial, de inseguridades, de miedo al envejecimiento…
La psicología del personaje permite que la historia se dimensione en varias direcciones. Lewis Trondheim tiene un cómic, Génesis apocalípticos, donde viene a decir que todas las manifestaciones humanas, como la ciencia, la investigación, los seminarios religiosos o el arte, son respuestas al desasosiego, a la crisis existencial. A través de la muerte, la casualidad o lo estrambótico, nos enfrentamos a preguntas como ¿quiénes somos? o ¿qué hacemos aquí? La última respuesta al por qué, cuándo y dónde es lo que genera esa crisis de identidad. Todo esto se le dispara a Altuna con la muerte de su amigo, pero es algo que a todos nos ocurre tarde o temprano, y cada uno lo tapa como buenamente puede. Lo singular de Altuna es que, mientras otros se sumergen en un gran vacío u optan por rezar, él decide ponerle solución.

Sin embargo, las soluciones de Altuna no parecen premeditadas, sino aleatorias y encontradas casi por casualidad…
Altuna se encuentra afectado por la muerte de su amigo, pero intelectualiza su dolor en lugar de sufrirlo. Su novia le da un ultimátum para que escriba un libro donde cuente todas sus emociones, y ese libro tiene cierta clave de humor. Puedes estar leyendo a Nietzsche o a Platón y, cuando llega ese momento de comunión de ideas, te sale una sonrisa en plan: “Tú y yo sabemos de qué estamos hablando”. Eso es lo que le ocurre a la gente con la obra de Altuna. Él busca soluciones de forma racional y se las encuentran de manera casual, como el fallecimiento de su amigo.

En parte, Altuna sube a los altares del ‘star system’ por su parálisis facial y una serie de tics nerviosos que sufre en el rostro. ¿Hay en su tebeo algo de crítica a la sociedad o a los medios de comunicación, que en ocasiones tratan de explotar ese carácter grotesco o bizarro?
Sí, pero esa misma sociedad ya había leído previamente los libros de Altuna. No le conocían como un monstruo de la televisión, sino como escritor. Quería que la génesis del éxito de Altuna fuera hacer reír, aunque lo consiguiera por casualidad. Eso, al final, se le va de las manos, y con ello no critico a la sociedad, sino a los ‘mass media’ y al consumismo que promueven. Altuna había llegado hasta allí por méritos propios, pero la televisión le vacía por dentro, dejándole únicamente en la cáscara.

En un momento dado, el padre de Adrián le dice a Altuna que “hay que tomarse la vida como viene. Es duro, pero es así”. Quizás nos empeñamos en buscar explicaciones a nuestras desgracias, sin pararnos a pensar que la vida es simple azar, que todo puede ocurrir de la forma más insospechada…
Responderé con una anécdota: a principios de los noventa cerró la única tienda de cómics que había en Ciudad Real, y yo quería desesperadamente una camiseta de Spiderman. Ahora, Zara y Pull&Bear han empezado a sacar camisetas de superhéroes, y algunas hasta molan. Y quien dice de superhéroes dice también de grupos de rock como The Smiths o Ramones. En aquel momento, cuando yo tenía catorce o quince años, habría hecho cualquier cosa por conseguir mi camiseta, pero luego pasa el tiempo, desaparece el deseo y ya todo te da lo mismo. Sin tratar de hacer ‘spoilers’, lo que plantea el padre de Altuna no es sino el final del tebeo. Acéptalo, es así. Ese punto de resignación positiva es un gran valor que Altuna aprende a lo largo del libro.

En su blog de ClubCultura, donde escribe desde hace varios meses, hay un ‘post’ en el que cuenta la siguiente historia, que le sucedió durante un concierto: “Esa noche entre tanta foto, él sacó una desde el escenario justo en mi malestar físico y harto de estar de pie: cambiando de postura. En la foto parece que bailo algo regional, que estoy en medio de una coreografía folklórica. El resto del público estaba concentrado y quieto; de entre ellos resulto haciendo el gilipollas desde el aburrimiento más flagrante”. El absurdo está presente en la vida de todos nosotros, pero parece que usted es más consciente de su existencia…
Creo que nos pasa a todos. Cuando escuchamos nuestra voz en una grabadora, muy poca gente la acepta de entrada. Arquímedes dijo: “Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”. Tengo naturalizada la absurdez como evidencia diaria, y creo que ese es el punto de apoyo sobre el que gira el mundo. Todo es relativo, y luego depende de cómo te lo tomes. Yo me suelo agobiar con estos temas cuando pierdo su comba.

No hay nada más relativo que la verdad, pero yo he encontrado una en la literatura y las películas que más me han tocado la fibra. Hablando de esto puedo parecer un vendemotos o un chamán, pero es algo que o lo pillas o no lo pillas. La gente llena estadios en base a este absurdo, se infla en los bares por este absurdo, es capaz de hacer lo mejor y lo peor por este absurdo…

En otro de sus ‘posts’ afirma que “lo humano es perjudicial para sí mismo”. ¿Se considera un pesimista?
Un amigo dice que soy “deprimentemente positivo”. Si la enfocas, la frase no tiene ningún sentido, se diluye en sí misma, pero por ahí van los tiros. Tampoco quiero meterme en mi caso personal, en mi bagaje, en si lo he pasado mal o bien, porque me parece secundario. Bob Dylan decía que “lo triste es más representativo que lo alegre”, aunque ahí están los Beatles o John Coltrane, que es luminoso.

En El mito de Sísifo, Albert Camus reflexionó sobra la escritura de Kafka: decía que las estructuras circulares de sus libros, los acabados, las temáticas o los finales abiertos, eran un bajón, una pesadilla en la que no había válvula de escape, pero es que esa válvula de escape, en el caso de Kafka, era el propio hecho de escribir. La disciplina de estar ocupado como acto redentor, sin pensar en cómo eran las relaciones con su padre o con aquella chica que le dejó. No es que me sea útil ser pesimista, sino que me es útil trabajar, ponerme a ello todos los días; luego hay veces en que soy pesimista y otras en que soy todo lo contrario. Creo que en mis obras también hay cierto punto esperanzador.

Dice que no le gusta hablar de sus aspectos personales, pero en varios de sus textos se ha definido como un misántropo.
Los misántropos se quieren mucho a sí mismos, pero ser misántropo también implica odiarse a uno mismo como parte de la humanidad. Soy tan justo e injusto conmigo mismo como con el resto de la gente. Y ser autoexigente, a veces, te convierte en lo contrario, un misántropo.

De hecho, también ha declarado que usted es su “peor juez”…
Soy muy crítico con mi trabajo. Sé que nunca llegaré al nivel de Sartre, pero si no fuera autoexigente, nunca habría avanzado en mis habilidades como dibujante. Hay presión, pero también un poco de positivismo.

En otro de sus textos señala que “convivir con una verdadera traba, y así superarla, le hace a uno mejor persona y lo fortalece”. ¿Es exactamente lo que le ocurre a Altuna?
Lo que no te mata te hace más fuerte. Mi novia es asmática desde pequeña, tanto que no podía comer chocolate y debía tomar una medicación muy estricta. Pero siempre hay un margen de acción, algo que te permite jugártela dentro de unos límites, así que mi chica redujo las medicinas que se tomaba y hoy sigue haciendo una vida completamente normal. Es decir, que siempre puedes optimizar tus recursos o joderte por completo. No te vas a convertir en un superhombre, porque al final siempre vas a perder la partida contra la muerte, pero sí es bueno respetar una serie de hábitos saludables, como dormir lo suficiente, comer cosas sanas, salir todos los días a la calle… Todo esto deriva en una mejor salud y, en último término, te permite superar las trabas que se te cruzan en el camino.

Como su autodisciplina a la hora de trabajar…
Claro, pero luego yo también me tomo una cerveza cuando me apetece. Si te pones a pensarlo, esto también le pasa a Altuna: cuando su novia se va a trabajar fuera durante unas semanas, luego ella vuelve a casa y se lo encuentra todo hecho unos zorros, con botellas de vino por el suelo, cajas de pizza sobre le encimera de la cocina, Altuna está en pelotas, agobiado y fumando como un carretero… Pero luego él se pone a escribir su libro y consigue racionalizar todo lo ocurrido. A mí también me ha servido mucho esa disciplina.

Y eso nos lleva a otra cuestión, ¿cuánto hay de usted mismo en sus historietas?
La voz de la obra no es la voz del artista, pero la obra sale del artista. Hay partes de una cosa y de la otra. En mis trabajos busco la verosimilitud, humanizo el disparate, exagero mis cosas… Tras hacer Funny games, Haneke aseguró que no despreciaba a ninguno de los personajes, sino que trataba de ponerse siempre en el lugar de todos ellos, ya fueran buenos o malos, para hacerles hablar con la mayor naturalidad posible. Eso es lo importante, que parezca verosímil, y es lo que trato de alcanzar en mis cómics, donde a veces me salto las cosas más cotidianas en favor de otras más raras.

En El duelo ha pasado de puntillas por la mayoría de personajes, pero hay dos cuya personalidad se encuentra más marcada: uno es Altuna, como no podía ser de otra manera, y el otro es el taxidermista que compra el piso de Adrián. ¿Qué representa este personaje?
Unos dicen que es un perdedor, pero también hay gente que piensa que es un héroe o un zumbado peligroso. Siempre he sido un imán para “los abollados”, esta gente limítrofe que te puedes encontrar en cualquier ciudad. Rusty Brown, el personaje de Chris Ware, es un coleccionista obsesionado que se olvida de la higiene personal, los hábitos del entorno… Estos asuntos de desorden que llevados al extremo, bajo una presión determinada, te hacen hablar solo por la calle, dejarte larguísimas las uñas de los pies… Esas cosas que todos hemos descuidado alguna vez, ya sea con una edad o con otra. Lo que le pasa al taxidermista es la vuelta de la esquina para cualquiera de nosotros; sólo se tienen que torcer un poco las cosas para llegar a esa situación. Vivimos en un equilibrio inestable y, a poco que nos presionen, las cosas explotan en una dirección u otra.

Es decir, que sólo podemos aspirar a una cierta ilusión de control…
Pero esto no es terreno literario, sino que se encuentra al alcance de cualquiera. Esta motivación de perder la cabeza, de perder la esencia como ser, es lo que intento que compartan los personajes.

Sus obras, ya se trate de un cómic o de una entrada en el blog, rara vez dan conclusiones cerradas, sino que hay mucho margen para la libre interpretación del lector. ¿Es una intención consciente?
Me esfuerzo por llevar las historias sino a un punto final, al menos sí a un punto y aparte. Frente al banquete de la última viñeta de Asterix, yo prefiero tirar por otro lado. De hecho, los asuntos que se tratan en El duelo, como la familia de Adrián o los problemas de pareja, trato de zanjarlos en un momento particular. Suéter trataba sobre una recuperación psiquiátrica, y el final es una cena con la noticia de que el enfermo ha mejorado. La vida del personaje sigue, pero su historia en mi tebeo tiene que quedarse cerrada.

Cambiando de tercio, hablemos de su premio al Mejor Fanzine en el Salón del Cómic de Barcelona, que ha debido ser todo un puntazo…
Ya me habían nominado hace dos años, pero sí, está muy guay. Aún es pronto para sacar conclusiones de a dónde me ha llevado, pero siempre es una gran noticia que reconozcan tu trabajo.

Usted ha sido premio FNAC/Sins Entido, ha publicado varios cómics largos, tiene dos fanzines activos, se acaba de llevar uno de los galardones del Salón más importante de España… Sin embargo, todo eso no parece tener una consecuencia directa en su bolsillo.
Estilo personal y dinero a raudales nunca se entendieron demasiado bien. Si quieres hacer pasta, roba, que ya sabemos cómo está el patio. De todas formas, yo no dibujo por lo que pueda conseguir con ello, sino por el mero hecho de dibujar. En mi caso, los objetivos de dibujar mueren en tanto que lo que yo quiero es seguir dibujando. Pero aun así, trabajando como un animal y llevando una vida austera, tengo que hacer ilustración. Pero eso tampoco está mal, porque hacer una ilustración después de ocho meses dibujando un libro, me parece hasta sano. El riesgo de saturarte siempre está ahí, y no es lo mismo ser un dibujante de cómics con treinta años que con 55.

¿Eso quiere decir que no se ve como dibujante a los cincuenta?
Ojalá que sí. La clave de todo es la motivación. Hace poco lo hablaba con mis colegas: no dibujo por la pasta ni por el reconocimiento cultural (que en todo caso no es un reconocimiento cultural con mayúsculas), sino por la necesidad de contar mis historias.

¿Le resulta injusto que un dibujante de cómics no pueda aspirar a ese reconocimiento cultural con mayúsculas?
Alguna gente piensa que todo depende de lo que haga tu editorial, de tu presencia en las redes sociales o de lo que seas capaz de arrimarte a las instituciones… pero lo único que debe hablar de ti es tu trabajo, más allá de etiquetas o convencionalismos sociales.

La cultura es una cosa y el desasosiego de un electricista es otra. Y lo cultural, bien entendido, tiene más que ver con esto último. Pongo también el ejemplo del folclore, el mismo que utilizan Seth, Ware o Crumb. La cultura lo es por sí misma, sin buscar otra finalidad. Un bacala, por escuchar ese tipo de música machacona, está más cerca de lo tribal que si se leyera un libro.

En todo caso, el autor crea para sí mismo y, de algún modo, también para los demás, porque en otro caso no se publicarían libros, no se estrenarían películas u obras de teatro, no se montarían exposiciones… Es decir, que siempre existe una búsqueda de reconocimiento.
He acabado una historieta en la que me declaro al lector y le digo que le quiero, pero también me pongo de malas y pregunto: “¿Por qué coño hago tebeos?, ¿para quién?”. “Te quiero, pero esto no es recíproco; te necesito, pero tú a mí no”. Crear es un acto de comunicación que, además, tiene un punto de necesidad, pero no sé dónde encaja la cultura en todo esto. Hablar de cultura es como hablar de amor, que cada uno le da una dimensión diferente.

Ya van siete años de Usted. ¿Pensaba que esta aventura llegaría tan lejos?
Nunca me lo planteé en términos temporales. Estaba cómodo con el fanzine y sigo igual. A día de hoy, si tuviera que elegir, me quedaría con el fanzine antes que con las novelas gráficas. Prefiero un ejemplar de Usted cada cuatro meses que un libro cada ocho. Es cierto que me vale de portafolio, y que si alguien se interesa por el Usted puede hacer lo mismo con El duelo, pero no hago el fanzine con una voluntad mercantilista. Empezó siendo un revoltillo de cómics sueltos, mientras que ahora es un recopilatorio hecho a propósito y un cajón de sastre donde hago sitio a la gente que me mola.

¿Qué hueco viene a cubrir su nuevo fanzine, Mister, del que ya ha anunciado el segundo número?
El Usted es a la novela gráfica lo que el Mister al Usted. Dibujo al natural, ya sea en una cafetería o mientras espero a alguien. ¿Y qué escribo? Pues que si he tenido una pelea con mi novia, que el panadero no me ha dicho adiós, que he tenido bronca con un colega, que me encuentro mal por lo que sea… Mister me permite cerrar puertas de manera más rápida que el Usted.

¿Tiene una espinita clavada con El Jueves?
(Risas) Ojalá y estuviera en El Jueves, pero eso no es cómic, de la misma forma que tampoco lo es la industria ‘mainstream’ del cómic francés, que es eso, una industria.

He enviado unas quince propuestas a la revista y, de hecho, una vez entré, pero chaparon la sección donde estaba mi tira y todo se fue a tomar por saco. Lo sigo intentando, pero a día de hoy me queda más energía para ser ilustrador que para entrar en El Jueves.

En todo caso, no son sus únicos proyectos para revista, porque también ha enviado algunas propuestas a Fluide Glacial
Es una serie que se titula Rodolfo Rebusca, con guiones de Álvaro Nofuentes, y estamos a la espera de contestación. Si tengo cuatro cañas, es más fácil que acabe pescando algo. Mientras no se acumule el trabajo y me explote la cabeza, voy a hacer todo lo que pueda.

Pero si metiera la cabeza en Francia…
Sería la bomba, me encantaría, pero también hay que pensar en el mercado americano, el italiano…

¿Qué hay sobre la edición inglesa de Pintor!?
Eso está en el aire desde hace mucho tiempo y espero pacientemente a que suene la flauta. Ahora estoy en trámites para participar en una revista digital, también en Inglaterra, y quien está detrás es un nombre muy importante del mundo del cómic. Sería una historia corta, pero si sale bien, podría abrirme unas cuantas puertas.

Imágenes cedidas por Esteban Hernández

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