El saber estar de la finalista

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Sin tensión, con control y armonía. El Palau Sant Jordi de Barcelona fue testigo de la holgada victoria de España frente a Eslovenia (28-24), triunfo que clasifica a la anfitriona para la final. El combinado local luchará mañana en la Ciudad Condal por su segundo Mundial de balonmano, intentando reeditar el título obtenido en Túnez en 2005. El rival será Dinamarca, que derrotó a Croacia (30-24) en la otra semifinal. El combinado nórdico apartó a España del éxito en el último Europeo.

Sterbik y Morros celebran el pase a la final. Fotografía: RFEBM
Sterbik y Morros celebran el pase a la final. Fotografía: RFEBM

El bloque con el que España ha comparecido en este torneo mundialista lleva puliéndose varios años. Una mezcla heterogénea de jugadores convive dentro del mismo vestuario. Diferentes edades, diferentes carreras deportivas. Pero una serie de virtudes comunes. La selección de Valero Rivera tiene entre sus principios deportivos la defensa y la velocidad; en el prisma emocional, la madurez y la calma sobre la pista recogida tras los duros reveses que se ha llevado en los últimos torneos internacionales.

La trilogía de enfrentamientos que ha llevado al equipo local hasta su final ha mostrado a un equipo mandón, poderoso. España es mejor llevando la iniciativa; lleva la iniciativa cuando hace de la defensa un arte. El objetivo es que el rival no supere los 24 goles; por debajo de esa cifra, el combinado hispano se sabe poseedor de los encuentros. La defensa española termina convirtiéndose en el mejor termómetro de los partidos: mide el frío o el calor del equipo.

Para afrontar el duelo contra Eslovenia, saltó la anfitriona a la cancha disponiendo su más frecuente 6:0, estructura que fuera determinante en el despertar contra Alemania en cuartos de final. José Manuel Sierra, clave en aquel cruce, fue titular. Eslovenia replicó con la misma línea delante de su área. Los primeros minutos, de cierto tanteo, vieron poco dinamismo en ambos ataques. En cualquier caso, comandaba el marcador España, que tenía una paciencia que facilita no errar ni elegir mal. En el combinado eslavo, el lateral Jure Dolenec y el portero Gorazd Skof sostenían a su equipo.

Pasado el ecuador de la primera mitad vino el primer zarandeo que dieron los locales al partido. Subió la intensidad defensiva y a la par crecieron las facilidades para hacer gol. Los ataques españoles eran breves, en el otro lado del parqué Eslovenia se eternizaba buscando resquicios que no encontraba. Sobresalían en la zaga hispana Gedeón Guardiola y Viran Morros, un muro para los atacantes rivales. El combinado local asfixiaba al rival, lo dejaba sin ideas ni ritmo. En el minuto 23, (12-7) el partido estaba a punto de romperse.

Reaccionó Eslovenia y con un parcial favorable (5-1) redujo la diferencia. Los dos cambios ataque–defensa que hacía España, en las posiciones de pivote y central, los traducían los eslovenos en rápidas transiciones que encontraban portería. Al descanso, diferencia mínima para los hispanos (13-12). Resolvió el problema táctico Rivera en la segunda mitad. Sólo habría un cambio entre fases, en la posición de pivote. Joan Cañellas, central, jugaría frente a un área y guardando la otra. Así, España no padecería la velocidad en las transiciones de los eslovenos.

El equipo que juega en casa siguió manteniendo la delantera en el marcador. A falta de algo más de diez minutos para la conclusión, y con el empujón definitivo, el conjunto español tocaba la final (21-14). En veinte minutos, Eslovenia sólo había sido capaz de sumar tres goles, una cifra nada frecuente en partidos de tan alto nivel. El firmamento del equipo entrenado por Boris Denic brilla menos luminoso que el de otras selecciones. El equipo de la orilla del Adriático llegó a las semifinales más por su espíritu colectivo que por la calidad individual de sus componentes. Contra la selección anfitriona, el bloque esloveno poco pudo hacer. La defensa española fue insuperable, imponente.

Mención especial por su labor en los estos minutos determinantes merece Cañellas. El central del Atlético no es el jugador más vistoso, ni el que tiene mayor plasticidad, pero terminó siendo decisivo en el devenir de la semifinal. Ocupa una posición desde donde otros exhiben magia; y aunque el catalán no tiene un repertorio tan florido anota con suficiencia y defiende como un titán. Tácticamente indiscutible, es capaz de asimilar casi todos los roles que se le exigen. Su facilidad para desdoblarse en varios tipos de jugador diferente le convierte en un tesoro dentro del equipo.

Aprovechó la anfitriona los últimos cinco minutos para que salieran algunos de los menos habituales. Se repartieron esfuerzos y goles. Hasta doce jugadores distintos anotaron para España, frente a los sólo siete que lo hicieron frente a Alemania. Otra buena muestra de que el bloque está definido, sereno, preparado. Además, Arpad Sterbik finalizó el partido con un porcentaje de efectividad bajo palos altísimo, complementario con la gran labor de su defensa. Sólo una hora de juego, frente a la Dinamarca de Mikkel Hansen, Nikolaj Markussen y Niklas Landin entre otros, separa a esta España del triunfo absoluto. La ciudad de los prodigios aguarda una victoria para la historia.

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