El robo de huevos pone en peligro la supervivencia de la “tortuga baula”

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El pasado 22 de abril, la ONU conmemoró el Día Mundial de la Tierra, una celebración que trata de concienciar sobre la necesidad de proteger el planeta. Los diferentes agentes involucrados en esta reivindicación incorporan en sus discursos el deseo de preservar las especies del ecosistema terrestre, sobre todo las que se encuentran en peligro de extinción. Por desgracia, el 25 de abril se conoció el robo en Costa Rica de una tortuga baula, animal cuya supervivencia pende de un hilo.

La tortuga baula, o “dermochelys coriacea”, no sólo es el reptil más grande del mundo, sino también la especie de tortuga que goza de una mayor longevidad (unos cien años). Sin embargo, el saqueo de las crías, el turismo, la contaminación y la pesca industrial han hecho que, en la actualidad, su supervivencia esté en peligro. 

Esta tortuga marina, natural de climas tropicales y templados, puede medir más de dos metro y pesar 700 kilogramos. Al tratarse de una especie protegida, muchos ejemplares han sido robados y trasladados a países cuyas medidas restrictivas son menos severas. Además, este reptil permite a los científicos desarrollar estudios de investigación que puedan determinar el origen y desarrollo de la especie, y constatar el largo viaje que recorren hasta las Islas Galápagos.

En la actualidad, la práctica de saqueos de huevos de tortuga es de un ochenta por ciento en países como Costa Rica. En America Central, las únicas especies que logran sobrevivir son aquellas que están controladas y custodiadas por las autoridades policiales.

En 1983, con la firme intención de crear políticas en defensa de especies exclusivas, se ratificó la Convención de Bonn, un programa custodiado por el Programa de Medio Ambiente de Naciones Unidas. El tratado estima que para impedir que una especie migratoria pueda ser catalogada como “amenazada”, los países firmantes deben promover, cooperar y colaborar en la financiación de trabajos de investigación relativos a estos animales, concederles protección y celebrar acuerdos relacionados con la conservación y gestión de las mencionadas especies migratorias.

Asimismo, la Ley de Conservación de Especies en Peligro de Extinción (ESA), promulgada en 1973, sostiene que Estados Unidos debe animar a los diferentes países a participar en la conservación de peces, fauna silvestre y las distintas clases de plantas, a fin de desarrollar y aplicar los procedimientos de conservación de las especies en peligro de extinción. Gracias a este acuerdo, 21 países firmaron en Washington el Convenio sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Flora y Fauna (CITES), que en la actualidad agrupa a 175 estados, entre ellos España, que lo rubricó en 1986.

A diferencia de la Ley ESA, CITES pretende alcanzar un comercio sostenible de las diferentes especies animales y plantas de origen silvestre, asegurando la supervivencia de las mismas.

Imágenes: Gert Vrey/Oksana Byelikova

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