El regalo póstumo de Ana María Matute  

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En el momento en que se produjo su reciente fallecimiento -a un mes de cumplir 89 años-, Ana María Matute tenía entre manos una novela: Demonios familiares. Destino edita esta historia inacabada, la última ensoñación de la veterana escritora.

demonios-familiares_9788423348466España, 1936: una peculiar familia acoge a Eva de vuelta en su casa, en un gran palacio que no lo es. Acaba de salir del convento en el que ha pasado un año y, a su regreso, trata de habituarse a la vida en común; poco a poco, descubre los indicios de la inminente contienda bélica para la que el país se prepara. Así arranca Demonios familiares, publicada a finales de septiembre: justo tres meses después de la muerte de la prolífica escritora.

Abrir la colección Áncora y Delfín, que lleva décadas editando inolvidables obras, supone querer más, apreciar más, a la Matute más original. También en esta ocasión se acusa desde el primer momento su estilo inconfundible. Y muchos de los temas favoritos de la escritora están presentes en esta novela que, a decir verdad, poco importa que esté terminada porque aun en su abrupta interrupción es perfecta. La naturaleza, el mundo rural, personajes diáfanos con una característica vida interior, las adolescencias teñidas de melancolía y soledades, la guerra –la implacable guerra, que Ana María sufrió en primera persona-, la primera memoria a veces dolorosa y a veces tierna de la infancia…

Sin quitar mérito a la obra, apreciaré el detalle del diseño interior que reproduce las páginas originales de Demonios familiares, las que Matute iba mecanografiando y corrigiendo manualmente (no usaba ordenador: “llegué tarde a eso”, comentaba, al parecer, la premio Cervantes 2010). Además, en una nota anexa a modo de epílogo titulada Menos es más, María Paz Ortuño –una cercana amiga de la autora- revela cómo era Ana María. Cómo escribía. Cómo fabulaba. Cómo iba dándole forma al mundo de Eva. Cómo sufría los últimos envites de la enfermedad y la vejez. Y cómo se resistía a dejar de trabajar, aun consciente de su deterioro. Ambos detalles añaden a este libro valor sentimental, sobre todo para muchos de los que encontrábamos en Matute una grata compañía literaria, una admirada referencia y un estilo que inevitablemente acabábamos copiando.

Por ello, después de leer esta historia de silencios pegados a las paredes de un caserón cuyos taciturnos habitantes parecen embrujados con un misterio opaco concluyo que usted, lector, disfrutará de los últimos párrafos de Ana María tanto como disfrutó de los primeros. En este regalo póstumo asistimos a la incipiente metamorfosis de una niña que avanza con pasos firmes hacia la adultez, despegándose de sus tenebrosos fantasmas del pasado. Tal vez su destino quedaría truncado para siempre por la guerra. Tal vez: no lo sabremos nunca, pero podemos inventar nosotros mismos, al gusto propio, un final para Eva.

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