El refugio de la esperanza

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La noticia del año en el mundo del baloncesto en nuestro país… al menos de momento. Pau Gasol aterriza en Los Angeles. Y ésta vez para quedarse. El chaval de Sant Boi llega al territorio del glamour, la fama, el éxito… y los Lakers.
Corría la tarde del viernes, y un servidor seguía -con cierta rutina-, a través del ciberespacio, un rumor como tantos otros habían surgido en los últimos doce meses sobre la hipotética salida de los Grizzlies del jugador español. Esta vez tocaban los Lakers.

Sin embargo, quiso el destino que fuera presente de la completa evolución de cómo parte, se gesta y se concreta uno de los mayores movimientos de la historia de nuestro baloncesto. Cuando el reloj no marcaba ni las nueve, aquel rumor, a priori infundado, era toda una realidad. No cabía un posible pestañeo, perderse un detalle era un pecado. Estaba perplejo y casi perplejo sigo. No me quiero imaginar cómo se sentirá él, protagonista del sueño.

Gasol, nuestro Gasol, ya forma parte de la franquicia más prestigiosa del planeta. Ya tiene lo que quiere, un equipo con el que saborear la que, a su juicio, es la mejor sensación que puede tener un deportista: competir para ganar, que para él ya no será un quimera, sino una realidad.

Sus palabras, escasas, dejan entrever la emoción y, por momentos, la inconsciencia momentánea de que aquellas fugaces horas han cambiado su carrera. Sus miradas, sinceras, muestran su felicidad y satisfacción. Ya forman parte del pasado sus anhelos y deseos de poder llegar a lo más alto y, a partir de ahora, la historia, como nuestro Pau siempre quiso, la escribirá él.

El miércoles, cuando el ‘16’ debute en New Jersey, Gasol habrá cumplido un sueño. Algo que siempre deseó pero que la vida, dura y sabia a partes iguales, parecía haber guardado, sin remedio, en el cajón del olvido.

Será el momento en el que miles de flashes se claven sobre él, sobre esa elástica púrpura que vestirá, el momento en el que miles de ilusiones se depositen a lo largo de todo lo que significan su figura y su ejemplo para infinidad de personas de toda raza, sexo y condición. ¿Y saben lo mejor? Sólo estamos ante el comienzo del cuento.

Porque esto sólo es, una vez más, una moraleja de nuestro camino. Por mal que estén las cosas, siempre hay esperanza. Nunca desestimen los sueños, porque quizás alguna vez, por olvidados que parezcan, alguien abra el cajón donde se hallan… y los haga realidad.

No tengan duda de que esta historia continuará. Pero, de momento, tampoco olviden un detalle. Si tienen la oportunidad, miren los sinceros ojos de Gasol durante estos días. Y vean reflejados sus sueños en ellos. Porque sus ojos, a día de hoy, desprenden esa sensación que nunca debiéramos olvidar y que a menudo tan fácilmente perdemos: la esperanza.

Fuente de las imágenes:
www.marca.com

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