El reflejo de una generación

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David Fincher lo ha vuelto hacer. Tras su discutida El curioso caso de Benjamin Button, el norteamericano ha dado otra vez en el clavo y ha construido una cinta redonda. Quizás pueda resultar prematuro y aventurado hablar de obra maestra, pero es incuestionable que La red social es fiel reflejo de la generación a la que referencia.

En El club de la lucha (basada en la novela de Chuck Palahniuk) ya diagnosticó a esa sociedad de finales de los 90, sociedad sin unos valores definidos, estandarizada y abocada al “becerrismo”. Una clase media que seguiría a cualquiera que mostrase cierto atisbo de liderazgo, sin plantearse nada más. Rasgos de una sociedad que en diez años no ha cambiado demasiado. En Zodiac, Fincher hizo algo similar con la América de los 70, temerosa y sin rumbo. Reflejo de un país que había salido escaldado de una guerra –Vietnam– y la crisis del petróleo. ¿Hemos cambiado tanto?

Mark Zuckerberg y La red social son nuestro reflejo en el espejo. El film aboga por los grandes temas: la amistad, el poder, las traiciones… incluso el amor, pero todo dentro de una escala de grises, donde no hay ni buenos ni malos. La creación de Facebook no es más que un inmenso maguffin para retratarnos tal como somos. Se ve en la –nuestra– incapacidad de Zuckerberg de relacionarse con la que es su novia en un pub nada más comenzar la película y en el uso que da –damos– de Facebook en la última escena de la misma, mientras aparecen los rótulos finales. Internet y las redes sociales nos han cambiado completamente, la forma de relacionarnos con los demás, la de informarnos… si no estás en la red no existes.

La red social puede verse así, pero también podemos quedarnos con la trama más “superficial” de la creación de Facebook y los procesos legales en los que su creador se vería implicado más adelante. La reconstrucción de los acontecimientos tiene semejanzas con Rashomon de Akira Kurosawa. La historia está relatada desde la perspectiva de todos y cada uno de los implicados, no hay una única verdad, lo que le da una mayor carga de objetividad. Al tiempo que estamos presentes en las reuniones entre las partes para llegar a algún acuerdo y evitar el juicio –el presente–, descubrimos que hechos han originado los conflictos. Pero ello de tal forma que por momentos se confunden los tiempos dando una sensación de inmediatez y simultaneidad; características clave, también, de Internet.

Al igual que hiciera con Zodiac, Fincher otorga a La red social un estilo sobrio y muy analítico, se limita a enseñar sin entrar a juzgar las acciones de los personajes. Vemos lo que ha hecho Zuckerberg, pero también las motivaciones que le han empujado a ello. Lo mismo sucede con el resto de protagonistas. Sus comportamientos son muy humanos y por ello justificables, impidiendo así cualquier tipo de catalogación como héroes o villanos. Queda patente el gran trabajo en el guión de Aaron Sorkin (guionista de la afamada serie El ala oeste de la Casa Blanca).

A destacar también la acertadísima selección del casting. Ya no por el nombre de los intérpretes donde Justin Timberlake es la mayor “celebrity” en un reparto encabezado por Jesse Eisenberg (Zombieland), Andrew Garfield (el próximo Spiderman) o Rooney Mara (quien encarnará a Lisbeth en la versión americana de la saga Millenium). Sino por lo bien compactados que están. La nota curiosa es ver a una estrella de la música como Timberlake encarnando a Sean Parker, uno de los creadores de Napster (pionera entre las redes P2P para el intercambio y descarga de archivos musicales).

Todo: reparto, guión, montaje… todo va encaminado en una misma dirección, como una gran orquesta de la que David Fincher es el director.

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