El Real Madrid con el que nos criamos (los que ahora merodeamos los 30 años)

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Invierno de 1995. Televisiones, radios y periódicos asisten y alimentan una campaña electoral infinita, inabarcable. El Real Madrid busca presidente. Ramón Mendoza persigue la reelección; enfrente dos empresarios de éxito, Florentino Pérez y Santiago Gómez Pintado. También en la línea de salida, el humorista Juanito Navarro. Florentino presentó más avales que el presidente; Navarro quedó fuera de la carrera. Con Pintado como improbable tercera vía, la carrera se centra entre Mendoza y Pérez. El domingo 19 de febrero, un Madrid líder recibe al Albacete. El Santiago Bernabéu permanece abierto todo el día: las urnas deciden. Y gana Mendoza, por escaso margen. El voto por correo decide una elección que se sospecha poco limpia. Cuarto mandato y una dura reconstrucción por delante. El madridismo padece la tiranía del Barcelona, que ha conquistado las últimas cuatro ligas y roto su maldición con la Copa de Europa.

Mendoza continúa en la casa blanca. Le apoya el grupo Prisa, de cuyo consejo de administración forma parte. En enero, el Madrid de Valdano arrasa al Barça y le devuelve el 5-0 encajado un año antes. As, la cabecera deportiva del grupo editorial más importante en lengua española, regala el vídeo del partido con un mensaje del candidato institucional en el prólogo. Hechos y no palabras, esgrime Mendoza como eslogan. Habla tras una mesa de madera noble encerada, en un escenario propio del mensaje navideño del rey. En la otra trinchera, José María García invoca el cambio. La apuesta del locutor estrella, del polémico periodista de quien hacen burla los radicales merengues del fondo sur, es Florentino Pérez. Pero a García le desesperan los tiempos del candidato opositor, su poca calle, su escasa habilidad comunicadora. Mendoza ya le he visto las costuras al ingeniero constructor. “Pareces un robot”, le espeta en uno de los debates que tiene la terna de postulantes.

El entrenador Leo Beenhakker y el presidente Ramón Mendoza. Detrás, el directivo Lorenzo Sanz./ ABC
El entrenador Leo Beenhakker y el presidente Ramón Mendoza. Detrás, el directivo Lorenzo Sanz./ ABC

El estilo de Mendoza sigue seduciendo a una parte importante de la masa social. Gusta su relato vital, su fama de conquistador, sus formas hedonistas de beautiful people. No importan las dos ligas perdidas en Tenerife, ni las dos noches de debacle continental, en UEFA y Recopa, en el parisino Parque de los Príncipes. Tampoco agobia la deuda, que no deja de crecer. Ni siquiera que el paso del tiempo haya dejado a la Quinta del Buitre sin la Copa de Europa. La orejona se le resistiría a una generación brillante, la mejor obra del presidente. Mendoza gana la liga del 95 con Valdano en el banquillo. Un título que pone punto y final a una larga sequía. Pocos meses después es expulsado de la presidencia. Su propia junta directiva da un golpe de estado, con los estatutos en la mano, y lo derroca.

Antes de salir, Mendoza trata de aferrarse al cargo. Convoca a Pérez a una reunión. Le ofrece la vicepresidencia. Le ofrece un calendario electoral que lo hará presidente en poco tiempo. Florentino se niega al pacto. Pide elecciones. La maniobra demorará cinco años su acceso al sillón rector de Concha Espina. La dimisión de Juan Miguel Villar Mir ha precipitado los acontecimientos. Es el mes de noviembre: el primer equipo no marcha bien y el estado general del club tampoco. Lorenzo Sanz, número dos, es proclamado presidente. Una mayoría de los directivos apoya su nombramiento. Un hombre longevo en el cargo se va. Su cénit son los ochenta; la década corriente enseña lo peor de su mandato: fichajes desconocidos, división en la masa social, pérdida de la hegemonía deportiva y mala gestión económica. Dice adiós sin ruido y sin intención de regresar.

Mientras su proyecto se agota, enfangado por una costosa remodelación del estadio, y la Quinta acumula primaveras, el Dream Team despunta. Aquel Barça deja atrás el victimismo y conquista la cima del fútbol nacional. Con Johan Cruyyf en el banquillo y Josep Lluís Núñez en la presidencia germina un modelo de club bonito. Juego coral y la idea de que la suya es una institución saneada, puntera y moderna. A orillas del Mediterráneo continúan de fiesta, de dulce resaca olímpica. En la meseta, los sucesivos proyectos del último mandato completo de Mendoza fracasan. Se pierden dos campeonatos ligueros en el Heliodoro Rodríguez López, se deja de participar en la gran competición europea de clubes, no hay relevo generacional. Ese cuatrienio deja las alusiones al pito de Benito Floro en Lleida, altas poco ilusionantes como Claudemir Vítor o Peter Dubovsky y el fracaso de un fumador empedernido como Robert Prosinecki.

El Buitre abandona su nido rumbo a México, después de recoger su sexta liga. Un canterano lo ha tenido su última temporada alternando banquillo y casa. Raúl González se llama el crío. La séptima se intuye lejana, muy lejana. Este Madrid no irradia el poder de Milan, Barcelona o Manchester United, los amos del balompié en Europa. Lorenzo Sanz coge un primer equipo descompuesto, dividido en clanes y mal clasificado. Destituye en pocas semanas a Valdano y ficha a Arsenio Iglesias. El técnico de Arteixo tiene dos objetivos: prolongar el sueño en la Copa de Europa y dejar al equipo en posiciones que le permitan al año siguiente jugar competición continental. No cumple ninguno de los dos. Por primera vez en la historia, el Madrid no paseará su camiseta fuera de las fronteras de España. En la Champions, todavía un nombre al que el madridista no se acostumbra, cae eliminado a manos de la Juventus, a la postre campeón.

La eliminatoria empieza en un Bernabéu lleno y expectante. El Madrid firma un buen partido frente a uno de los cocos europeos. Gana 1-0, con gol de Raúl. El canterano, un muchacho que no ha cumplido los 19 años, es la referencia del club que conserva el récord de títulos con seis. Otro joven, del Ajax y llamado Patrick Kluivert, evita en 1995 que el Milan lo iguale. La vuelta en el Piamonte deja la peor versión de los blancos. Se pierde 2-0 y no hay respuesta al dominio local. Luis Milla, en las postrimerías del partido, roza el gol con un disparo, el único de los suyos, que lame el poste. De haber entrado, se hubieran alcanzado las semifinales. Queda la liga, un calvario. El Atlético de Madrid conquista el título 19 años después. También la Copa del Rey. El Madrid concluye la primera temporada post Mendoza en sexto lugar.

Sanz apuesta por fichajes de relumbrón aquel verano. Quiere ganar legitimidad por la vía de la chequera, aunque la caja esté cada día más vacía. Contrata al último gran técnico del último gran Milan, Fabio Capello. Y con el italiano recalan varias figuras de proyección mundial como Davor Suker, Pedja Mijatovic, Roberto Carlos, Clarence Seedorf, Bodo Illgner o Christian Panucci, éste en el mercado de invierno. El Barcelona de Ronaldo Nazario elimina al Madrid en la Copa; la liga vuelve a Chamartín. Una derrota azulgrana en Alicante, frente a un Hércules ya descendido, pone en bandeja el alirón madridista. Se certifica el título del 97 en la penúltima jornada, contra el Atleti. Capello no sigue en el banquillo pese al éxito: hay críticas hacia su estilo y no gusta cómo juega el equipo. Lo sustituye el alemán Jupp Heynckes.

Al calor del título, el presidente convoca elecciones a la vuelta del verano. Y las gana por incomparecencia de rival. Florentino, el opositor oficial, no se apunta a la cita. Quien ocupa el poder vive un momento dulce; quien espera en la sombra sigue deshojando la margarita. Pérez está haciendo grande a su empresa, la constructora ACS. Sanz ya es más legítimo y afronta el sueño de la séptima. Vistiendo la zamarra blanca, varias estrellas internacionales. Los egos se apoderan del vestuario, convertido en un corral con muchos gallos. Nombres como Manolo Sanchís, Fernando Hierro, Fernando Redondo, Raúl, Mijatovic y Roberto Carlos evocan jerarquía, mando, galones. Se acuña en los medios la expresión de Madrid de los ferraris y se habla de la vida nocturna de las figuras. El vestuario no está con el entrenador y la marcha del equipo es errante. En liga, el Barcelona de Louis Van Gaal se destaca pronto. Y la Copa del Rey sigue gafada.

Sólo queda el cartucho europeo. La primavera del 1998 es la de la autogestión. Las eliminatorias contra el Bayer Leverkusen y el Borussia Dortmund muestran la mejor cara del equipo. Christian Karembeu ejerce de héroe imprevisto. El Madrid alcanza la final de su competición fetiche 17 años después. Se divisa la tierra prometida. Mijatovic rompe el partido mediada la segunda mitad. El Madrid resiste el empuje de Paolo Montero, Edgar Davids, Didier Deschamps, Filippo Inzaghi, Alessandro del Piero y Zinedine Zidane. Sanchís, superviviente de la Quinta, levanta la orejona.  Un millón de madrileños lo celebran en la calle, miles más en las principales plazas de todo el país. La del 20 mayo es la victoria más grande de un club casi centenario. Marilyn despreció a Agnelli y renació en los brazos de Alfredo, cuenta Alejandro Delmás en su contracrónica para Marca. Musa y autor, Copa de Europa y Real Madrid, otra vez juntos.

En Ámsterdam termina una sequía de 32 años, un largo destierro. Sanz, un presidente cuestionado, se convierte en el único vivo que ha levantado el trofeo. El decenio que cierra el siglo ya no será la década ominosa de la institución. Y el Madrid qué, ¿otra vez campeón de Europa? La pregunta del anciano Jesús García Velasco en una cuña publicitaria de Mitsubishi extiende el mito: los títulos son en blanco y negro. La séptima libera de tan pesada losa. Con el trofeo en manos blancas, el anuncio del todoterreno es el primero que interrumpe la emisión de la cadena pública que televisa la final. La campaña de publicidad termina meses antes, pero la firma japonesa regresa (sólo aquella noche) a millones de hogares felices. Madridistas de diez, veinte, treinta y cuarenta años sueñan despiertos. La historia continúa. Tengo una bandera con esa inscripción en un lateral. La compro en uno de los puestos que rodean el estadio dos años antes. Mi padre ironiza, descreído, con el lema. En los Países Bajos termina el maleficio: la bandera dice la verdad.

Una dimisión inesperada descorcha la temporada de la resaca que sigue a todas las fiestas. José Antonio Camacho, que sustituye a un Heynckes que se marcha sin reconocimiento ni halagos, renuncia pocos días después de firmar. El reemplazo definitivo del germano es el holandés Guus Hiddink, con quien se conquista en Tokio la Copa Intercontinental 38 años después. El título no esconde una temporada pobre ni un sonrojante 6-0 en Mestalla en las semifinales de Copa. El míster galés John Benjamin Toshack vuelve en mitad del curso, una década después de salir, para enmendar el rumbo y clasificar al equipo para la Champions venidera. Cuando termina la temporada hay lavado de imagen y cambio de cromos. Levantar trofeos importantes no apaga el ruido de los pitos ni esconde los pañuelos en el estadio.

En el verano del 99 se traza un nuevo plan para el año siguiente sin el brillo de los pretéritos. La gestión presidencial es cuestionada y una parte de la prensa informa regularmente de presuntas irregularidades. El equipo se devalúa mientras se incorporan jugadores como Julio César, Elvir Balic o Edwin Congo, sin experiencia en la élite. No gustan los fichajes ni las líneas maestras de un proyecto menor. Toshack es cesado tras el capítulo del cerdo volando sobre el Bernabéu. Se nombra a Vicente del Bosque entrenador del primer equipo. El técnico, hombre de la casa, primero ejerce de bombero y luego de consumado especialista táctico. En liga el Madrid se despeña pero en Europa pasa dos fases de grupos y sendas eliminatorias hasta alcanzar una nueva final. Para suplir las carencias defensivas del equipo y la lesión de Hierro, Del Bosque inventa una defensa con tres centrales y dos laterales (el salmantino ahora bebe de otras fuentes más estéticas).

Vicente del Bosque y Lorenzo Sanz. / Rodrigo Kote, La Voz de Galicia
Vicente del Bosque y Lorenzo Sanz. / Rodrigo Kote, La Voz de Galicia

París es el escenario de la octava: quintos en liga y campeones de Europa. El Madrid se proclama rey con un plantel extraño, rara mezcla de ilustres e inesperados, y vestido con una camiseta negra que desprende luto. El Real es eterno, dice L’Equipe tras la cómoda victoria ante el Valencia. Florentino, presente en el Stade de France, se enamora del titular. El líder de la oposición sigue detrás de su sueño. Y aunque las elecciones están previstas para 2001, el presidente que nunca ha ganado en las urnas decide adelantar los comicios. Dos copas de Europa y una Intercontinental le avalan. Meses antes adquiere los derechos de explotación de la marca Real Madrid, pilar de la estrategia económica de los posteriores gestores. Sanz pierde. Es el 16 de julio. Luis Figo, capitán del Barcelona y promesa electoral de su contrincante, posa nervioso con la camiseta blanca ocho días después.

Florentino aprende del error del 95 y gana por goleada en el voto por correo. Recorre peñas y habla con socios. Promete gestión y números. Le acompaña el rumor de que trae un fichaje rutilante. En aquel verano de adelanto electoral, el actual presidente toma el mando de la nave deportiva más grande del mundo. Meses después, Alfredo di Stéfano recoge el galardón que acredita al Real Madrid como mejor club del siglo XX. Se cambia de milenio, de centuria y de decenio. Se dejan atrás los noventa, la década en la que se cría una parte del madridismo hoy militante. Aquellos años que dejan marcado a fuego los fracasos de Tenerife y la gloria en el viejo continente.

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