El Quijote en su máxima expresión

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El sillón en el que Fernando Zevallos me invita a sentar, ha sido el escenario de un sinnúmero de obras de teatro, ensayos, ratos de libre pensamiento e incluso discusiones. Me siento en la historia con el afán de aprender de ella. Fernando sabe que me contará algo más que los inicios de La Tarumba y eso le provoca nostalgia. Por eso pronuncia los nombres de Aurora Colina y Edgard Guillén: sus maestros.

La compañía circense más importante del Perú y una de las más importantes del mundo, me abre sus puertas para contarme la historia del Quijote de Cervantes a su propio estilo. Una buena adaptación del texto, basado en años de investigación y desarrollo, orientado a la práctica y el dominio de lenguajes múltiples a través de la exploración del teatro, el circo tradicional y la música. Estos tres elementos se unen para educar al público y a la vez entretenerlo.

El Quijote, espectáculo realizado por los 27 años de fundación de La Tarumba, muestra que el juego, la creatividad y el trabajo psicológico en el desarrollo de los alumnos y maestros, generan un producto final de calidad. Buenas actuaciones. Si el Quijote viviera, le hubiese gustado ser interpretado por Fernando Zevallos.

“Si a la síntesis, la sorpresa y la emoción le sumamos el amor, algo que moviliza a nuestro personaje, estamos hablando de poesía. Esa forma de expresar los sentimientos más verdaderos y nobles. ¡Poesía! Quizás esa sea la clave. Aunque la poesía no se explica sino, se siente, se vive. Sintamos, vivamos y hagamos poesía juntos”, escribe Fernando en el programa de mano de la temporada.

El actor y miembro fundador de La Tarumba se prepara para la entrevista. Enciendo la grabadora y la coloco cerca de su asiento. La función está por comenzar. Los lectores de La Huella Digital pueden acomodarse en sus asientos.

Fernando: cuéntame acerca del proyecto El Quijote. El trabajo que hemos visto en escena, hace unos días, ¿qué proceso tuvo? ¿Cómo te has sentido al verlo realizado?

Lo primero que tengo que contarte es que El Quijote es un proyecto muy antiguo en La Tarumba. Incluso fue una idea que estuvo dando vueltas como primer espectáculo de la compañía. La Tarumba surge con la idea del teatro, la música y el payaso. Nuestros primeros espectáculos eran básicamente de payasos, sin embargo, ya imaginaba al Quijote y a Sancho Panza como una pareja cómica de payasos clásicos. Felizmente no lo hicimos en esa época, porque pienso que para abordar un clásico como El Quijote, uno debe estar maduro, no sólo en las tablas sino en la vida. El año pasado quise llevarlo a escena pero, justamente, cuando consideraba que era el momento, el actor que hace de Sancho Panza (Carlos Olivera), me pidió una licencia y lo esperé.

Retomando lo que te comentaba, cuando quisimos hacer El Quijote por primera vez, en el 84’, imaginaba al Quijote en un monociclo alto y a Sancho en un monociclo pequeño. Luego esa perspectiva fue variando, pues a mí siempre me han gustado los caballos, y ellos son parte del proyecto de La Tarumba… y era perfecto: un Quijote a caballo y un Sancho a burra. Luego fui preparando a los caballos y a los actores para el estreno.

Quería que la pareja Sancho-Quijote o Quijote-Sancho, sea un equivalente a la pareja cómica del payaso blanco y al payaso de nariz roja. El blanco: lúcido e inteligente. El de nariz roja: le saca la vuelta al payaso blanco. Eso encajaba perfectamente en la pareja de Cervantes. Otra cosa en la que puse énfasis fue cómo llevar al lenguaje circense una obra literaria de esa magnitud. Ahí hubo un trabajo bastante cuidadoso porque para mí el circo tiene que ser simple. Estás viendo cómo va pasando la vida en cada instante; ese es el estado del tiempo en el circo.

Lo que viste en ese momento no lo vas a ver más así se repita la misma secuencia. He hecho mucho teatro y puedo asegurarte que el circo es lo más parecido a la vida misma. Los instantes se podrán recordar con mucho cariño, con nostalgia, pero no se van a repetir. Revisé muchas veces el texto de Cervantes y entendí que lo que tenía que hacer no era pretender contar una historia que la habían contado tan bien a través del verbo, sino redescubrir la historias y ver cómo la contaba a través del trapecio, los caballos, la acrobacia y los malabares.

Quizás algunos podrían pensar que pecaba de pretencioso al realizar un trabajo así, pero luego de investigar y observar que El Quijote se había realizado en el ballet, la música sinfónica o el teatro, ¿por qué el circo no iba a tener su versión? He pasado años buscando, “rateando”, escribiéndome con gente, “googleando” y no he encontrado ninguna puesta similar a la de La Tarumba. Es así que siento una satisfacción enorme, pues la historia se ha logrado contar con el trasfondo que Cervantes quiso expresar: una mirada al ser humano, no sólo idealista, sino noble y entregado a una buena causa.

Felicitaciones, Fernando. Lo que me sorprende de El Quijote es que no sólo se ha trabajado las destrezas de los acróbatas, malabaristas, etc., sino que cada una de las personas proyectaba una emoción y se creían su personaje. En cuanto a tu trabajo: ¿qué preparación física y/o mental tuviste? Cómo fue ese proceso.

En el caso de los acróbatas, ellos entrenan todos los días y se ha enfatizado que no sólo su destreza sea la habitual, sino que trabajen profundamente sus personajes. Si uno tiene una para en el circo en el circo tres o cuatro semanas, puede estar retrocediendo tres o cuatro meses de lo que ha ganado. En el caso mío, que hace tiempo dejé de caminar en el alambre o colgarme, de alguna manera tuve que retomar entrenamiento a partir de los caballos.

Siento una devoción por los caballos desde que llegó el primero en el 2004. No sólo he venido haciendo un trabajo actoral, una preparación de ejercitar la creatividad y las emociones, sino que he estado haciendo, a través de los caballos, un entrenamiento interior. El caballo me ha dado una mirada interior. Me ha permitido sentirme un Quijote, saliendo a cabalgar sólo y acompañado. Hacia el campo, al río o a la playa. Cabalgata que había, trataba de estar ahí, sino, me iba solo.

Un hecho que fue clave para la realización del Quijote de La Tarumba, fue hace tres años, cuando pasé dos días en el desierto de Ica. Ahí sobrevives tú con tu caballo y con lo que tienes encima. Fui invitado por Mariana Cabrera, que tiene una inmensa casa en el desierto. Llegué ahí con un grupo de amigos y en la noche salimos a acampar. Ahí pude ver El Quijote. Ahora para la mayoría es fácil salir a dar una cabalgata unas horas y regresar a la comodidad de su casa, pero en la época del Quijote no existían estas comodidades. Esa experiencia fue fundamental en mi preparación.

Para las personas que no conocen tu trabajo desde joven, ¿podrías contar cómo te iniciaste en la actuación hasta terminar fundando La Tarumba?

Recuerdo que en la esquina de la cuadra donde vivía, había un circo y me apasionó conocer su mundo interior. Si había clases antes o después de las fiestas patrias, y el circo seguía, yo dejaba de ir al colegio y mi madre (pues mi padre ya había fallecido), se acostumbró a eso. Sin embargo, llegó el momento que yo debía irme de la casa para afrontar mi pasión por el circo y mi madre, ni loca, me iba a dejar ir. Ahí me rebelo, no sólo por cumplir lo que pensaba sino por la edad. Me voy a vivir a la casa de unos tíos, me cambio de colegio y no quise saber nada de mi madre. Pero ¡oh, maravilla!, descubro que en mi nuevo colegio había un club de teatro que lo dirigía Aurora Colina, quien fue la dueña de esta casa donde me entrevistas. Además, no era cualquier club de teatro, sino que Aurora tenía una claridad pedagógica respecto al teatro. Ella me sentó las bases claras de lo que tenía que aprender, y luego tuve el privilegio de conocer a Edgard Guillén, y yo empiezo, realmente, a aprender de grandes actores como él y otros.

Si no hubiese conocido y aprendido de tantas personas, no hubiera trascendido en mis ganas de ser actor. Entonces cuando descubro el teatro empiezo a imaginar este proyecto. Luego pasé a trabajar con el Teatro del Sol. Pude hacer una gira con ellos como luminotécnico, con una cantidad de directores. Hice giras en Latinoamérica y Europa a los veinte años. A los veinticuatro, cuando fundo La Tarumba, había pasado por un montón de cosas. Había visto cosas afuera y en el Perú. También en los festivales más importante del momento como Caracas, Madrid, Portugal, entre otros. Mi formación no es autodidacta o escolástica. ¿Cómo es que uno pude aprender verdaderamente? Mirando a los grandes. Debes meterte entre cajas, entre telones… esa es la verdadera escuela.

Algo que me enseñó Aurora y Edgard es que hay que tener un ritual sobre el escenario. Eso es importante. Yo veía que esos actores no entraban y recorrían el escenario porque el director se los había marcado, se transformaban en el escenario y era lo que te decía: lo que sucedía en ese momento no se repetía jamás. Era una experiencia única.

¿Una carpa hace un circo? La mayoría de personas asocian esa idea rápidamente cuando oyen “circo”. Cuéntame algo al respecto.

La carpa no es el circo. Para mí es uno de los mejores espacios para hacer circo, definitivamente, pero no es indispensable. Sin embargo, si voy a una carpa donde no encuentro circo sino un show de televisión, simplemente no estoy viendo circo. Ahora, otro tema es qué queremos que nos represente como gente que de circo. Particularmente me gusta el circo que no sólo está preocupado por sorprender con las habilidades y destrezas sino que, de alguna manera, como el teatro, pueda comunicar y transformar algo en el espectador… y eso no se consigue, sobre todo, en esta época, anunciando un triple salto mortal.

Sí, bueno, el trapecista hace un triple salto pero en el cine veo cosas más impactantes. El circo tiene que objetiva o subjetivamente, llevarte a reflexionar sobre algo. El circo para mí está más cerca de la poesía que de la novela. Tiene una capacidad de síntesis, una capacidad de emocionar con un simple gesto o detalle. Te describe mucho y te llena de imágenes, como la poesía.

Las concepciones de arte parecen diluirse o confundirse con el pasar de los años. Ahora, por ejemplo, en los segmentos de espectáculos, se anuncia la temporada de circo o teatro. De cierta manera es bueno pues es una manera de hacerle publicidad al trabajo del actor, pero no en su totalidad. También existen personas que confunden la fama con el éxito, y las concepciones de arte parecen muy relativas y comerciales (que no significa que lo sean) ¿Te has visto afectado alguna vez por la fama o el espectáculo?

Hablando del marketing y todo el mundo farandulero, ese es el riesgo al que está expuesto cualquier arte, aquí y en la China. Ahora se escriben novelas pensando en qué es lo que vente o pensando en que si la toma un director de cine “me hago famoso” (ríe). De distinta manera y en distinta escala, siempre ha pasado eso. Cuando surge la comedia del arte italiano, uno puede darse cuenta que era un movimiento tonto. Entonces surgieron cómicas de la calle y empezaron a crear un movimiento que le ha permitido, hasta ahora, crear otros géneros, como el circo. Cuando P.T. Barnum se da cuenta de este descubrimiento trae tipos raros: enanos, siameses, el tipo alto… porque eso vende. Sin embargo, tuvo aportes importantes: fue el primero que enumeró cada asiento. Entonces tú sabías que comprabas el número veinticinco y que ese lugar te esperaba.

El circo ha sido siempre un negocio de mucha inversión. Siempre ha traído a gente que más piensa en el negocio que en el arte. Y es que para realizar una temporada de circo, actualmente, necesitas invertir 300 mil dólares. Lógicamente, eso se revierte si te va bien. También puedes hacer una inversión menor, entonces vas a tener una carpa y un espectáculo de menor calidad. Que no suene pedante. Si quiero recobrar la convención artística del circo, entonces me la tendré que jugar, tendré que conseguir gente que no sólo crea que va a recuperar su dinero sino que el circo se debe hacer de la manera como lo trabajamos.

Por temporada, La Tarumba mínimo tiene que mover cien personas, con las que asumes un compromiso… que si te va bien o mal al final de la temporada no tiene por qué importarles. Tienes que pagarles, además de los gastos de instalación, publicidad, entre otros. Es un tema grande y, para poder hacer rentable la inversión, algunas personas empiezan a conceder. Cosa que nosotros no hacemos, aunque a veces, tengo que agarrar mi espada y escudo cuan Quijote, para enfrentarme a mis compañeras productoras (ríe).

Porque, por ejemplo, de repente aparece una bebida gaseosa que deseó colocar solo una botellita en la escena de la taberna, cuando hicimos Fausto. Por mí, que ofrezcan el triple, pero dentro de la obra no le hago publicidad a nadie. Con el tiempo he concedido, pero durante el intermedio. Fíjate nomás el logo de Necafé: “haga una pausa”. Eso está bien, pero que no signifique que vengan colchones tal o cual…

O siéntese cómodamente en espumas tal…

Claro (ríe). Hay que saber encontrar el punto medio entre ambos asuntos. Ha habido oportunidades en que los marketeros me han llamado para hacer tal o cual cosa. Algunos sufren del mal del director perfeccionista. Dicen: “yo quiero esto aquí, esto allá y este es el teléfono del vestuarista para que tome las medidas”, etc. Simplemente les respondo: “tú no me necesitas, realiza un casting o pon un aviso y encuentra tus actores ”.

Para cerrar la entrevista. ¿Qué consejo le darías a la gente joven, que anhela con expandir su arte? ¿Los que quisieran trabajar en circo?

Básicamente le doy consejos a mi hijo, pero lo que tiene que hacer cualquier persona, de la edad que sea, es dedicarse a lo que verdaderamente siente que sea su vocación. Si te dicen que no, que te va a ir mal, que los fulanitos no ganan nada, y que no hay mercado para este oficio, debes seguir. Decir: “que importa, esto es lo que soy”. Cuando con mi esposa Estela decidimos formar La Tarumba, ganábamos bien en los trabajos que teníamos; como la televisión. Todos pensaban que estábamos locos. Estoy seguro que si me hubiera quedado en el ambiente de la televisión no sería quien soy ahora. No quisiera decir un actor frustrado, pero sin gusto por el trabajo que tenía que aceptar.

Es decir, convertirse en un actor conforme y hasta mecánico…

O un actor mecánico que no es un actor, sino un títere de carne y hueso (ríe). Y ojo que no tiene que ver con el medio televisivo o con los actores que sienten que su vocación sea la televisión. Mi vocación no era eso. A la gente le digo… ¡Vamos!: cualquier actividad en la vida, oficio o profesión demanda esfuerzo y sacrificio, siempre y cuando te dediques a lo que realmente sientes. Punto.  Con eso van a ser, con toda seguridad, felices. Si bien es cierto que la plata no hace la felicidad, por lo menos la mantiene. Cuando uno se dedica a lo que le gusta y está contento, uno encuentra las oportunidades que se le pasan hasta por la nariz y no las ve.

Desde que formamos La Tarumba, hemos ido creciendo en cantidad de integrantes; pero nunca ha habido un retraso en pagos. Si yo ganaba, digamos, cien en la televisión en esa época, pasé a ganar diez en La Tarumba.  Era un proyecto muy loco: ¿cómo te vas a dedicar al circo o al payaso? Eso no era ni arte ni rentable. Les digo que sí se puede.

Gracias por la entrevista, Fernando. La Tarumba, sin duda, es un ejemplo de crecimiento y desarrollo tanto para los artistas, como para quienes, desde su profesión, desean salir adelante. Éxitos en tus futuros proyectos.

Gracias a ti y saludos a los lectores de La Huella Digital. Sigan disfrutando del arte y vivan a plenitud.

 Fuente de la imagen:
Periosía

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