El pequeño estudio

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La casera vive en Francia 365 días al año
y a mí no me arregla la diminuta
televisión por cable.
Pero hay buena música en la radio: Chopin, Hayden,
tal vez algo de Mozart,
pero no lo distingo.

La casera vive en Francia
y ésta ya no tiene el frondoso bigote
circense de la anterior,
ni su querido
hijo estudiante
frotando su cabeza con la granadina
cada domingo,
ni tiene un hijo que hace de su habitación
su abadía de sopa rancia y música barata.

Ahora nadie me saluda
en mi pequeño
estudio abuhardillado
que cuando lo vi por primera vez pensé:
¡Dios!¡Aquí tendré problemas con los vecinos!

Pero me siento
LIBRE
como se dice en las novelas históricas
de rastrillo
de algún escritor de segunda fila
que va al cine al cine
el día del espectador
en busca de la inspiración,
tal vez para tocarse,
tal vez para ver tocarse
a las demás parejas
en la fila de los mancos.

LIBRE como en las películas mudas
de los años 20.
LIBRE como el plumilla
que se cree genio
y baila el vals
de lo corazones rotos
con tres prostitutas
en una habitación que no puede
si quiera pagar.
Pero esas prostitutas
son grandes meretrices.
Y no hacen su trabajo.
Beben, bailan y se ríen
por unas horas
de la inconsciencia ajena.
Y eso está genial
para olvidar el verbo latino
del verbo piérdete en la inmundicia:
YO SOY LA INMUNDICIA.

Uno lee en los labios
de esas señoritas:
“piérdete en mis hendiduras
y comienza por mi liguero de naylon”.
“Uooohhhh”.
Y la gente ya no acude a mi piso del centro
ni me pide consejos,
porque tal vez no los necesitan,
pero soy bueno con los consejos oye.

El gato no bebe la leche
que le dejo en la repisa,
y los vecinos marroquíes
ya no joden todas las noches.
Algo está cambiando en mi pequeña vida de corcho
porque todo sigue flotando
pero hay partes que ya no veo a mi alrededor.
Y la música clásica sigue sonando,
y cada vez estoy más loco
y más LIBRE.

Hace tiempo que el calor de las mujeres
se enfrió al descorchar cada botella de champán.
Ya no creo en la gente.
No al menos como lo hacía cuando era más joven.
Aprendo a leer mis errores en sus ojos
antes de increparlos,
para intentar equivocare con más razón,
pero eso es algo que se pierde
como una pequeña hoja
en un gran lago de tristeza espumosa. Y de cerveza.

El euro es al cambio lo que la lira al dólar
y al yen. Y todos contentos y sonriendo pasando por caja.
¿Dónde está la Casablanca de las películas
y la música del güeto,
y aquellos violinistas maravillosos
que se esfumaron de la pena del badajo
cuando tocan las 12 de la noche?
Hay algo que empieza a perderse en la historia,
y los historiadores dicen:
“la gente, memoria histórica viva, se va muriendo”.

La gente compra, se resiste a envejecer,
y el teatro de la calle cada vez suplanta más
a la delicadeza
y espontaneidad
del de dentro de los garitos:
hay una pugna,
de uno por parecerse a otro.
Uno es la vida. El otro, también,
pero ya no importan los actores,
importa actuar,
y se actúa mejor fuera que dentro.
Es el ritual que hay que ver
sin sentarse con las luces apagadas
porque todo echa a rodar sólo
sin el reloj en la mano.
Puedes ser un testigo de excepción
o la excepción.
Esa es tu buena decisión,
así que piensa bien lo que vas a decidir.

Pero yo me siento LIBRE,
plantando una semilla en ningún cuerpo,
en el vacío,
en el registro de un papel blanco,
más blanco que volver
de conocer a la muerte
y estrecharle la mano
mirándola a los ojos.

Me siento LIBRE
en 40 metros cuadrados,
con mi pequeño colchón de risa,
con mis cervezas a media noche
y escribiendo la muerte de los toros
en su cornamenta de sangre y fuego.

Y, por algún motivo,
el mundo loco
empieza a adelantarse a mis pasos,
a inclinarse,
a pedirme la hora
y tocarme el hombro
con la mano equivocada,
a inclinarse, vaya.
Y ahí es cuando no confío en los ojos
en que no pueda caerme
sin poder asomarme primero,
en los ojos que hay fuera preparando
algún tipo de baile,
en los ojos que están más allá
de este submundo
con el que me encuentro
cada noche que escribo
y me siento LIBRE.

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