El Papa Benedicto XVI: de espaldas a los fieles y de cara a la Cruz

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En el siglo iv d. C. el importantísimo gramático y obispo Donato y sus fieles, los donatistas, quisieron impulsar, teniendo muchísimos seguidores en ello, una nueva manera de administrar los sacramentos. Aquellos sacerdotes que fueran inmorales no podían, precisamente por ello, dar los sacramentos, ya que éstos, se verían afectados de la impureza de tan impío mensajero, eliminando con ello la validez de los mismos. Esta doctrina donatista sobre todo se centraba en la eucaristía; en ella el sacerdote por medio de unas palabras transubstancializa el pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo. Es posiblemente el sacramento en el que el sacerdote tienen más importancia.

Esta doctrina fue rechazada por la Iglesia Católica; el miembro que más tenazmente la discutió fue San Agustín (354-430), uno de los más grandes cerebros de la Historia así como la principal figura doctrinal de la Iglesia hasta la llegada de Santo Tomás de Aquino. Para él, los sacramentos son objetivos, no siendo la persona más que un simple mensajero una vez transmitida la potestad sacerdotal, e independientemente de su moral, lo único que hace es administrar la intercesión divina. Esta es la doctrina que perdura aún hoy en la Iglesia Católica.

En estos días ha habido una gran polémica en los medios de comunicación a propósito de la misa que ofició Benedicto XVI de espalda a los fieles, dándole la cara al Crucificado. Hace unos meses ya ofició una misa en latín y dio libertad para que los sacerdotes que así dispusieran también lo hicieran. Esto supone una vuelta estratégica, estudiada al máximo sus razones y consecuencias, al momento anterior al Concilio Vaticano II del, muy equivocado a mi entender, Juan XXIII.

Dada la enorme hondura filosófico-teológica del Papa actual, comprender todas las razones por las que ha hecho este retorno dogmático es complejísimo, y más en un medio limitado como este. Intentaré desgranar aquí alguna de las posibles razones, amén de mostrar lo insostenible de ciertas opiniones de analfabetos funcionales que pretenden encontrar los motivos del Papa en maniqueísmos pueriles tipo ser de izquierdas/ser de derechas y simplezas de este tipo,

Juan XXIII se equivocó; quiso ser condescendiente con una supuesta opinión pública que pedía adaptaciones por parte de la Iglesia; un adaptarse a los tiempos en post de un progreso hacia nadie sabe donde. Una de las cosas que hizo fue eliminar el latín de las iglesias católicas, cuando éste siempre había sido el idioma de su dogmática. ¿Qué significa esto? Ni más ni menos que arruinar, demoler, aniquilar el sentido de la propia Iglesia Católica. Sin un idioma común, unitario como el latín, con una dogmática común en todos los rincones del planeta, sin la connatural idea de universalidad que lleva inscrita la Iglesia, el catolicismo yace. Cuando Lutero tradujo la Biblia al alemán, su lengua vernácula, y pretendió que todos los fieles a sus creencias leyeran la Biblia individualmente, por medio del idioma que conocían, e interpretaran según sus ideas y creencias, lo que hizo, en realidad, fue meter una iglesia en cada cabeza protestante —véase Kant— y dejar sin sentido, por muchas que aún existan, la existencia de la Institución-iglesia Protestante. Así sucedió lo que tenía que suceder; la reforma luterana se diseminó en multitud de sectas, según la idea particular de cada interprete subjetivo de la Sagrada Escritura. Por esa razón, previendo lo que sucedería después, la Iglesia Católica siempre mantuvo que la dogmática es una, la que se dicta desde Roma, y que sus pastores, los sacerdotes, eran los únicos que podían leerla siguiendo corporativamente, por así decirlo, esos dictados. Y claro esa dogmática unitaria, universal en tanto católica no podía estar diseminada en multitud de lenguas vernáculas, cada una de su madre y de su padre con todos los engorros de traducción, interpretación y demás que ello supone. Por eso la necesidad de una lengua única común, el latín; su objetivo no es otro que cumplir lo que esencialmente es catolicismo: una religión universal en cuanto que toma al ser Humano en su totalidad, a diferencia de las religiones localizadas en regiones y poblaciones concretas.

El otro gesto del Papa, trascendental en mi opinión, el dar la misa de espaldas, supone un gesto de humildad por parte del sacerdote. En contra de lo que los bienpensantes puedan creer, dar la espalda a Cristo no es un gesto de cercanía al pueblo, sino un acto más bien de soberbia por parte del clérigo que creyéndose más que un simple mensajero del corpus bíblico muestra su cara a los fieles como si éstos en lugar de mirar al Dios en la cruz en el que creen para entender mejor su mensaje, tengan que mirar la cara al párroco. Es obvio que la historia de San Agustín y Donato que antes he narrado refleja perfectamente lo que quiero decir; el sacerdote de turno puede ser moralmente deplorable porque al fin y al cabo es humano. Es un contrasentido, va contra la lógica estricta que siempre ha imperado en el catolicismo, que se obligue a los fieles que quieren asistir a intentar vislumbrar el misterio del crucificado a tener que ver a un humano, puede que pío puede que no. Para dejarlo aún más claro; es de donatistas —entiéndanme el sentido en que lo digo— pretender que el intermediario entre el mensaje Revelado y el hombre con Fe que lo escucha cobre más importancia en la ceremonia que el propio Evangelio, y además éste, un hombre al fin y al cabo, dé la espalda precisamente a la Palabra que está leyendo. Ya advirtió San Agustín a Donato que la pureza y objetividad del mensaje es lo que cuenta y no la boca del que lo emite.

Dos motivos, entre los muchísimos posibles y certeros, por los que Benedicto XVI ha decidido, al fin, derogar el Concilio Vaticano II en beneficio de una mayor ortodoxia; una ortodoxia que no es otra cosa que la esencia constituyente de la religión católica y que si se renuncia a ella se renuncia a todo. Juan XXIII cometió una serie de errores que más que provocar una flojera intelectual en muchos sectores de la Iglesia (que también), ha supuesto una crisis de la misma tan grande que casi la conduce a su desaparición.

Si algún valor tiene la Iglesia Católica ese es sin duda su papel mediador entre el Estado, cada vez más totalizador, omnipresente y poderoso, y el individuo. Siempre ha sido así. El Estado moderno, un Leviatán cada vez más perfeccionado, sutil y demoledor, probablemente el más poderoso que jamás se haya dado —y  no exagero—, pretende, por medio de su constante búsqueda del progreso continuo, aniquilar todo lo que medie entre el control exhaustivo de sus ciudadanos y él mismo. La Iglesia siempre ha sido para muchos el rincón en donde se podían refugiar, sintiéndose libres precisamente por ser la única institución otorgadora de sentido, en el significado más existencial del término, de ese Estado (o monarquía absoluta o noble feudal o patricio esclavista, según las épocas) que lo más que nos ofrece es un marco colectivo de convivencia a cambio de un control férreo de nuestros actos y de nuestra posible individuación. Esto se ve claramente en la persecución que ha sufrido el catolicismo desde todos las dictaduras marcadamente anti individuales y colectivistas por defecto; no hace falta más que acercarse a los regímenes herederos de la Ilustración y ver las bárbaras persecuciones que se han cometido contra la Iglesia, en nombre de un Estado que nos prometía, sustituyendo las formas religiosas, la felicidad terrenal al mismo tiempo que aniquilaba todo sentido de la existencia humana. Véase la Francia Robespierre o Napoleón, la URSS de Stalin y sus satélites europeos tipo la España de Largo Caballero, la Alemania de Hitler, la Italia de Mussolini, la China de Mao, etc.

Para concluir, la Iglesia Católica, con su compleja doctrina, posiblemente la más brillante, completa y enriquecedora de la Historia de la Filosofía, no puede ni debe olvidar su papel mediador. Si esos terribles regímenes no pudieron con ella, no tiene ningún sentido que quiera adaptarse a las creencias de una sociedad como la democrática occidental que es nihilista por definición, a cambio de no ser tachada como carca por unos analfabetos que no saben lo que dicen, porque no coordinan correctamente sujeto y predicado. Si la Iglesia está dispuesta a dejar de lado su papel mediador y definitorio renunciando a su ortodoxia, adaptándose a esa corriente que huera ideológicamente desde la caída del Muro de Berlín, pide constantemente un progreso hacia nadie sabe donde, entonces la Iglesia tiene los días contados, porque precisamente ese Estado tiene la capacidad de deglutirlo todo —posiblemente también a sí mismo—. Esperemos que Benedicto XVI y su vuelta al pasado, que no es otra cosa que la cristalización de la necesidad de resistir, de parar, por fin, tanto progreso, no haya llegado demasiado tarde. En fin, necesitábamos a alguien que plasmara algo que para muchos era ya evidente; y es que como dijo Chesterton: «en la Historia no hay revolución que no sea una restauración».

1 Comentario

  1. Yo no estoy de acuerdo con algunas de las cosas que afirmas en tu artículo y que me gustaría decir porqué.
    La primera de ellas es el asunto con el que inicias el texto, con los Donatistas. Explicas que “aquellos sacerdotes que fueran inmorales no podían, precisamente por ello, dar los sacramentos, ya que éstos, se verían afectados de la impureza de tan impío mensajero, eliminando con ello la validez de los mismos” y elogias la contrarréplica de Santo Tomás, que afirmaba que “los sacramentos son objetivos, no siendo la persona más que un simple mensajero una vez transmitida la potestad sacerdotal, e independientemente de su moral, lo único que hace es administrar la intercesión divina”. Pues bien, yo estoy de acuerdo con los donatistas; ellos, como muchos otros (recuerdo el caso de Savonarola, que criticaba los lujos y vicios de la Iglesia de aquel siglo XIV-XV y pedía una vuelta a la pobreza del Evangelio) fueron simplemente aniquilados o ignorados por, precisamente, denunciar que Papas, Obispos y demás curia romana no actuaban del modo en que se esperaba de acuerdo a lo escrito en los textos de los Evangelistas; desde luego no viajaron, como Juan el Bautista o Jesucristo, con una mano delante y otra detrás. Precisamente Una de las cosas que hizo a Lutero colgar de la puerta de la iglesia de Wittenberg sus famosas tesis fue el viaje a Roma, en el que vio la realidad de la poderosa Iglesia católica: vendiendo indulgencias para costear San Pedro. Y eso está documentado.

    Lo siguiente con lo que no estoy de acuerdo es con el asunto del latín. Afirmas que Juan XVIII se equivoco al ceder a “un adaptarse a los tiempos en post de un progreso hacia nadie sabe donde” y prosigues que “Sin un idioma común, unitario como el latín, con una dogmática común en todos los rincones del planeta, sin la connatural idea de universalidad que lleva inscrita la Iglesia, el catolicismo yace”. Concluyes, al referirte a lo que supuso que Lutero tradujese la Biblia al alemán que “la Iglesia Católica siempre mantuvo que la dogmática es una, la que se dicta desde Roma, y que sus pastores, los sacerdotes, eran los únicos que podían leerla siguiendo corporativamente, por así decirlo, esos dictados”.
    Yo no creo que la sustitución del latín haya influído en que la religión católica, al igual que el resto de Iglesias cristianas, viva un periodo de descenso. El latín es la lengua oficial del estado por conveniencia doble: primero, vehicular el mensaje de Dios en un lenguaje hablado desde Portugal hasta prácticamente Iraq suponía tener mucho ganado para su expansión; segundo, continuar con una lengua muerta que muchos, a partir de cierta época de la Edad Media, no entendían, suponía tener más poder y reafirmar precisamente la idea de que sólo la Iglesia interpreta el mensaje divino. Lutero lo que hizo es que la gente se aproximase de forma directa al mensaje de Dios, algo que jamás había existido. Saber de primera mano, sin una interpretación única, y estarás de acuerdo conmigo, da libertad. Si te dejan reflexionar sobre lo que lees, eres libre. Y en aquellos tiempos, y eso lo diré más adelante, libertad no es que sobrase.

    A continuación, dices “el otro gesto del Papa, trascendental en mi opinión, el dar la misa de espaldas, supone un gesto de humildad por parte del sacerdote. En contra de lo que los bienpensantes puedan creer, dar la espalda a Cristo no es un gesto de cercanía al pueblo, sino un acto más bien de soberbia por parte del clérigo que creyéndose más que un simple mensajero del corpus bíblico muestra su cara a los fieles como si éstos en lugar de mirar al Dios en la cruz en el que creen para entender mejor su mensaje, tengan que mirar la cara al párroco”
    No creo que un clérigo, mirando al pueblo de Dios mientras da misa, esté cometiendo un acto de soberbia contra Dios, es más, en ningún pasaje del Evangelio he leído que el mismo Cristo predicase a las gentes de espaldas a ésta. Además, no es creíble la prédica de un sacerdote si este no está mirando a los fieles a los ojos, como hermanos. Lo siento, pero lo veo una vuelta a tiempos en los que el sacerdote tenía un poder cuasi místico que no le corresponde. Y sí, para entender la palabra, hace falta comunicación, oral y gestual, y de espaldas poco se hace. Además, si como dices, “ … del clérigo que creyéndose más que un simple mensajero del corpus bíblico…”, no entiendo qué hace Benedicto XVI creyéndose más que un simple mensajero del corpus bíblico, por mucho representante de San Pedro en la tierra que sea. Y aunque sea quien marque la doctrina de la Iglesia, no consigo entender que los papas, historicamente, hayan usado su puesto y autoridad para dar como doctrina de la Iglesia aspectos políticos de la época que fuese. ¿O dice Jesús en algún lugar que hay que hacer la Guerra Santa? Pues las Cruzadas tenían bendición papal…..

    Lo último en lo que quiero mostrar mi desacuerdo es en la siguiente afirmación: “Si algún valor tiene la Iglesia Católica ese es sin duda su papel mediador entre el Estado, cada vez más totalizador, omnipresente y poderoso, y el individuo.” Prosigues afirmando que “La Iglesia siempre ha sido para muchos el rincón en donde se podían refugiar, sintiéndose libres precisamente por ser la única institución otorgadora de sentido, en el significado más existencial del término, de ese Estado (o monarquía absoluta o noble feudal o patricio esclavista, según las épocas) que lo más que nos ofrece es un marco colectivo de convivencia a cambio de un control férreo de nuestros actos y de nuestra posible individuación”; y a continuación dices que “no hace falta más que acercarse a los regímenes herederos de la Ilustración y ver las bárbaras persecuciones que se han cometido contra la Iglesia, en nombre de un Estado que nos prometía, sustituyendo las formas religiosas, la felicidad terrenal al mismo tiempo que aniquilaba todo sentido de la existencia humana”.
    Siento decirte que la Historia está ahí para aprender de los errores, pero también de los aciertos, y que omites ciertos pasajes históricos en tus afirmaciones. Primero, la Iglesia Católica no tiene absolutamente ningún papel mediador, sino que le son aplicables los calificativos que aplicas al Estado. Desde la caída del Imperio Romano y hasta la caída de los regímenes abolutistas en Europa que inición la Revolución Francesa, la Iglesia Católica ha ocupado el papel del poderoso, del omnipresente, de una entidad totalizadora. Miles de personas, hombres, mujeres y niños, han muerto bajo la acusación de poseer y/o leer libros prohibidos, o de pensar cosas contrarias a la doctrina de la Iglesia. Los estamentos feudales, que yo recuerde, eran Nobleza, Clero y el pueblo o campesinado. Nobles y clérigos (no todos, por supuesto, honrosas excepciones me parecen los conventos y monasterios donde se guardó en saber durante siglos). Dos clases privilegiadas, que asfixiaban a los siervos de la gleba y que eran implacables contra quien osara cuestionar su hegemonía.
    De ahí saltaron a las monarquías absolutas, cimentadas en la legitimación religiosa de que el Rey lo era por voluntad divina. La Inquisición, sobretodo en España, alcanzó a través del miedo, la represalia, la tortura y las prohibición más poder que la mismísima monarquía.
    Es decir, te olvidas de que el Estado, hasta el racionalista siglo XVIII, estaba formado por una monarquía y una nobleza que ostentaba privilegios, poder y riquezas, y una Iglesia que legitimaba con sus prédicas aquel sistema y ostentaba una cota de poder inmenso, tanto que el Papa tenía uno de los mayores ejércitos de la época (hablo de la época Renacentista).
    Por cierto, en la retahíla de “dictaduras marcadamente anti individuales y colectivistas” que enumeras, se te olvida una, la de Franco, cuyo sistema se daba en llamar “Nacionalcatolicismo” y que no era sino una imitación de la Alemania hitleriana que citas, pero donde una Iglesia Católica legitima y apoya un sistema donde el individuo no es libre para ser persona, esto es, opinar y divulgar lo que cree y piensa de convicción; donde los que pensaban diferente no cabían, donde por no ir a misa podías ir a la cárcel por parecer rojo.

    Por tanto, no creo que lo de Raztinger sea resistir al progreso, sino más bien volver atrás, a lo que tanto nos costó quitarnos. Y si no quieres este progreso, ya me dirás si hoy, o ayer, tuvistes más libertad para plasmar, como y donde quieras, tus ideas. Nunca fuimos tan libres, no te equivoques. Por esta argumentación en otros tiempos yo estaría buscado por la Justicia. Te lo aseguro.

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