El país donde reinan la cerveza y el chocolate

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Donde los gofres aparecen por doquier, los escaparates de las tiendas de chocolate son auténticas maravillas, los bares y las tabernas un reclamo turístico innegable… Y es que Bélgica tiene encanto se mire por donde se mire. Todo lo que tiene de pequeño (no sobrepasa los once millones de habitantes), lo tiene de complejo y enriquecedor. Para que nos hagamos una idea, es un estado dividido en tres regiones donde conviven (no siempre en armonía) el francés, el neerlandés y el alemán. Además, la gran mayoría habla perfectamente el inglés y algunos incluso saben defenderse en castellano. Hoy nos vamos a centrar en Bruselas y Brujas, dos ciudades de obligada visita cuando uno pisa suelo belga.

Bruselas, conocida como la capital de la Unión Europea, tiene lugares míticos como La Grand Place, que fue destrozada en 1695 cuando los franceses bombardearon la ciudad. Sólo se salvó el Ayuntamiento (del año 1455), mientras que el resto tuvo que ser reconstruido. Tampoco hay que olvidarse del Atomium, que se levantó con motivo de la Exposición Universal de 1958. Este armatoste, de 102 metros de altura y 2.400 toneladas de peso, cuenta con un fabuloso mirador en su cumbre al que, por sólo seis euros para estudiantes, se puede acceder. Bruselas además tiene una importante actividad cultural. Es una ciudad plagada de museos, de parques y de edificios emblemáticos como el Palacio Real o la catedral. Y un inexplicable atractivo es el que genera el Manneken pis, una fuente que, como si de la Fontana de Trevi se tratase, atrae a centenares de turistas cada día gracias a un simpático niño desnudo meando.

En cuanto al día a día en esta ciudad, cosas tan desagradables en Madrid como coger el metro por la cantidad de gente que se aglutina a todas horas, resulta algo placentero en Bruselas. Eso sí, la comodidad de encontrar siempre sitio en el metro belga se ve perjudicada por el mal diseño de la red. Y es que tener que salirte del metro para hacer un trasbordo que está a 300 metros, y que dos líneas se cojan en la misma vía y hagan prácticamente el mismo recorrido, es algo impensable en el cuidadosamente diseñado metro madrileño. A su favor diré que para meterte en un tren no tienes que bajar metros y metros de escaleras mecánicas, y que aunque el viaje salga por 1,70 no existen tornos que te impidan el paso si no llevas el ticket. Y si el metro ya nos resulta caro comparado con el madrileño, la comunicación con los pueblos de alrededor ya alcanza cotas impensables en España. Por poner un ejemplo, ir y volver a Brujas, que está a una hora aproximadamente de la capital, cuesta 25 euros.

Pero si hay que hablar de lo que realmente atrae a los turistas, sólo hay que pensar en dos cosas: la cerveza y el chocolate. En el país hay más de 1 000 marcas de cerveza, con lo que entrar en uno de sus bares puede ser toda una experiencia irrepetible. La buena calidad no se puede negar, como tampoco se puede negar que el caprichito de una cerveza para comer te puede salir por unos 3 o 4 euros, dependiendo de donde te metas. Todos los bares tienen sus terrazas en las que la gente no duda en sentarse a tomar el cafecito caliente de media tarde, mientras ves que se encogen en sus abrigos, a una temperatura que estos días ha oscilado entre los 4 y los 10 grados. Tampoco es raro ver comercios en los que pedir un granizado es algo de lo más normal.

A pesar de todos los encantos de Bruselas, Brujas, que fue fundada en el siglo IX por los vikingos, es capaz de conquistar más corazones que la propia capital. Sus canales, sus preciosos barrios adoquinados, sus edificios históricos muchos de ellos de la Edad Media, y sus ciudadanos, que tienen la bella costumbre de usar como vehículo habitual la bicicleta, hacen de Brujas un lugar entrañable. Entre muchas zonas de visita obligada, destacaría La Torre de los Hallen, del año 1248, que es el emblema de la ciudad, y El Ayuntamiento del siglo XV, el más antiguo de todo el país.

En el siglo XIV Brujas se convirtió en el punto de partida de una importante ruta comercial hasta la región de Renania. A partir del siglo XIII los comerciantes más conocidos de todo el mundo llegaban a la ciudad para vender sus productos y para comerciar con la lana y los paños flamencos. La industria textil belga era una de las más aclamadas de la época. Pero no ha sido hasta el siglo pasado cuando recuperó el éxito de antaño gracias al turismo internacional. El patrimonio medieval se convirtió en una nueva fuente de riqueza y se ha llegado a denominar la Venecia del norte, un lugar romántico bañado por aguas tranquilas por las que incluso se pueden hacer excursiones en barco.

En los últimos días muchos han sido los que me han insistido en que tenía que haber ido a Gante. Pero debido a los precios del transporte fue imposible. Así que sólo me queda decir que es mi excusa para volver algún día y así contaros con más detalle las grandes virtudes del país donde reinan la cerveza y el chocolate.

Fuentes del texto:
http://sobrebelgica.com
http://europa.eu
Fuentes de las imágenes:
Cristina Aibar

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