El Mundo sufre un gran síndrome de Diógenes

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En el parque una madre le dijo a su hija: “Al llegar a casa tenemos que tirar tu ropa vieja”, la niña le respondió:

“¿no tiraras el vestido rojo, verdad?”, la mamá replicó: “pero si ya no te vale, cariño”. Se pueden imaginar la pataleta de la pequeñaja, llorando y berreando porque no quería perder su vestido rojo. Igual el ejemplo no es muy adecuado, pero sí esclarecedor. Porque ¿qué tendrá ese vestido rojo para que la niña no quiera tirarlo? Seguramente sea que el vestido es muy bonito y la niña se ve muy guapa, puede ser que sea un vestido que le compró su papá un día que estaba triste o que el día que lo estreno le compraron helados y chuches y fue estupendo. Cualquier motivo es válido para esa chiquilla, para llorar porque alguien “malvado” quiere tirar su bien más preciado: el vestido rojo. Y es que a todos nos pasa lo mismo, a la gran mayoría nos cuesta desprendernos de muchas cosas. Materiales o no. Hay pocas almas libres que pueden llevar una maleta solo de recuerdos. Hay pocas memorias capaces de no olvidar detalles.

Seguramente por este motivo los demás, los plebeyos, debemos y queremos guardar objetos que nos recuerden a algo o alguien. Porque nuestra memoria, con el paso del tiempo, falla o no es tan nítida como al principio. Pongamos por ejemplo una pareja al romper, las primeras semanas son horribles, todo, hasta una mosca recuerda al ser amado. Y guardamos todos los objetos de esa persona y que no se pierda ninguno porque sino nos da un chungo que pa’ que. Pasado el tiempo, para unos, meses y para otros, días, cuesta recordar ciertas cosas: el olor de la persona, el roce de su piel, el dulce sonido de sus ronquidos, etc. Y esos objetos nos ayudan a recordar mejor. También depende del calado del susodicho/a en el sufridor. Los más sensibles no necesitan esta ayuda externa, los menos sensibles al pasar unos meses tendrán varias opciones: tirar todas esa “gilipolleces de ese estúpido/a que me ha hecho tanto daño” o guardar todo en una caja dentro del armario y sacarla cinco años después para tirarla. Cada cual se cura como puede.

Para los que no tiran nada y lo sacan de vez en cuando como recuerdo, un pequeño aviso: el recuerdo se difumina queramos o no. Aunque no haya sido por una ruptura, si no ves a esa persona en un tiempo muy largo terminas perdiendo la nitidez de su imagen,los pequeños detalles. Es uno de los temores que tenemos muchos cuando, desgraciadamente, alguien a quien queremos muere. El perder su recuerdo. Particularmente me pasa con mis abuelas, hace mucho que ya no están y yo me acuerdo de ellas (además tengo fotos y videos que me muestran como eran) pero no consigo recordar el tono exacto de voz si depende solo de mi memoria. Igual por eso tenemos tanto miedo a perder los objetos que esas personas nos dieron, o que con ellas significaban algo. También existen esas personas que no son capaces de mantener esos objetos que les recuerdan tiempos mejores, porque mirar algo que te lleva mentalmente a alguien a veces duele y mucho. Es más sencillo esconderlo, tirarlo, olvidar que alguna vez lo has tenido. Esto es más normal en las rupturas que en otros casos.

Aunque a muchos nos joda, la memoria está muy lejos del latir del corazón. Encerrada en un órgano que funciona más como ordenador que como otra cosa. El cerebro elimina muchas cosas: lo que no usamos, lo que no nos sirve y sobre todo lo que nos hace daño. Igual por eso, poco a poco, y sin quererlo el recuerdo queda en una pequeña imagen que, si no la sacas a pasear a menudo, terminará siendo difícil de recuperar. El instante en que te das cuenta de que estas olvidando, no suele ser fácil de asimilar. Nadie quiere olvidar lo bueno, por olvidar lo malo hacemos lo que sea. Pero lo bueno nos da aire y sin aire no se puede vivir. Quizás ese sea el motivo del porqué muchas parejas no se separan, por miedo a olvidar lo vivido o a la persona. También por miedo a no estar solos o a tener que hacer nuevas costumbres. Lo nuevo, lo desconocido asusta. Sin embargo el temor a tener que tirar objetos y reconocer que necesitas relegar a un ser amado, muchas veces puede con situaciones que recomiendan distancia.

No queremos sufrir pero tampoco queremos olvidar. Y ya saben que no se puede tener todo en esta vida. Aunque el secreto está en el subconsciente, una vez oí decir a alguien que el subconsciente es el basurero del cerebro, esa parte donde se guarda todo lo que no quiere la memoria, ese impertinente que de vez en cuando saca a la luz cosas de hace mucho tiempo. Y no lo hace de cualquier manera, puedes sentir lo mismo que sentías casi con la misma claridad. No sabría decir si es mejor guardar o no recuerdos, supongo que cada cual decide que es lo que menos le duele, lo que menos le ahoga. Pero a la postre todos tenemos que olvidar para seguir, sea lo que sea, tendremos que pasar por ese mal trago. Nadie se librará de esa situación.

Así que la conclusión es que la gran mayoría termina guardándolo todo en el fondo del armario, porque al igual que a esa niña a todos nos cuesta deshacernos de nuestro vestido rojo, que aunque no nos sirva nos revive buenos momentos. De este modo, poco a poco, llenamos trasteros con cosas, paredes con fotos, guardamos CDS, libros y películas regaladas, ese jersey tan mono que me regalo, aquel peluche que conseguimos en aquella feria, aquella carta que me escribió cuando me quería y aquel bote de colonia que le volvió loco.

Dicen que si eres capaz de olvidar un amor, será porque nunca le quisiste. No soy de esa opinión, lo único que puedes olvidar de un amor vivido son los malos momentos e injusto sería intentar hacer lo mismo con los buenos. Porque es lo único que hace que ese tiempo no se convierta en tiempo perdido. El recordar lo bueno de la vida, de las personas que han pasado por ella y de las situaciones en compañía. Lo único bueno de la soledad es que no deja huella ni nada para rememorar, quizás por eso nadie quiera estar solo. Conclusión todos queremos llenar trasteros de recuerdos, todos queremos guardar por siempre nuestro vestido rojo.

Fuente de la imagen
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