‘El mundo de ayer’, un elogio a la cultura europea

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Stefan Zweig fue uno de esos autores prolíficos, uno de esos autores que escriben muchas obras pensando constantemente en perfeccionar sus textos. Fue respetado por los intelectuales coetáneos, y desde su juventud comenzó a codearse con los poetas, músicos y pintores más importantes de la Europa de finales del XIX y principios del XX. Stefan Zweig fue uno de esos autores best-seller cuyos libros se venden como churros en cualquier librería, uno de esos autores de los que todo hijo de vecino ha oído hablar. Stefan Zweig fue uno de esos autores que escriben tanto ficción como ensayo, teatro como poesía.

Sin embargo, Zweig también fue uno de esos autores perseguidos por el nazismo por ser judío. Y también fue de esos autores a los que se olvida durante décadas, hasta que sus libros salen del cajón. Tras publicar varias de sus obras de ensayo y narrativa, Acantilado editó en 2012 El mundo de ayer, la autobiografía de esta interesante figura. Entre estas páginas el lector no encontrará ni rastro de la vida sentimental del autor, pero sí un esclarecedor testimonio de la Primera Guerra Mundial, y un panegírico al fomento de una cultura europea común.

El mundo de ayer

Un nuevo siglo de paz y prosperidad

Stefan Zweig nació en 1881 en una Austria en la que “todo tenía su norma, su medida y su peso determinado”, un país próspero asentado bajo una monarquía estable. El lugar y la época en la que el escritor nació le hizo creer, al igual que le ocurrió a toda su generación, que el peso de la razón había vencido en Europa, y que las guerras y los conflictos armados eran cosa del pasado salvaje al que pertenecían sus ancestros. Con estas ideas rondando la mente de los jóvenes comienza un siglo que Zweig denomina como “la edad de oro de la seguridad”, un siglo en el que todos esperaban hallar una nueva era para la razón y el progreso. No sabían cuán equivocados estaban.

Bajo esta premisa el autor nos ofrece una visión ingenua y bondadosa del país que le vio nacer. Criado en el seno de una familia adinerada y judía “por un accidente de nacimiento” —en sus palabras— tuvo ocasión de estudiar y de acceder muy pronto al mundo del teatro, de la música y de la alta literatura. A los quince años ya mantenía charlas completamente trascendentales con sus compañeros de clase –entre los que se encontrada August Oehler– sobre las ideas de Goethe y las de un pujante filósofo llamado Nietzsche. Alejados de cualquier otro tipo de distracción, entre las que consideraban las propias lecciones que recibían en la escuela, este grupo de jóvenes pretendían acercarse de la forma más intensa a las artes y a la literatura. En este sentido, Stefan tuvo todo el apoyo de su familia; siendo el hermano menor de la casa, sus padres confiaron la futura administración de la empresa familiar al hermano mayor, y alentaron al pequeño a convertirse en todo un intelectual, lo cual supuso para el autor austriaco toda una liberación.

La nacionalidad europea

Zweig no tarda en publicar sus libros de poesía con pequeñas editoriales –”tal vez demasiado pronto”, se lamenta el autor en su libro– y en escribir relatos cortos para uno de los periódicos austríacos más importantes de la época, Neue Freie Presse. Pronto será reconocido como una de las jóvenes promesas del panorama literario y se irán publicando más novelas cortas y sus primeras obras de teatro.

Este interés por la literatura y las artes en general no fue nunca aparejado a un interés por los problemas políticos a los que Europa se enfrentaba, por el panorama estatal o diplomático de su país. Zweig se consideraba un hombre apolítico, y para evitarse problemas arguyó en más de una ocasión que ni siquiera ejercía su derecho a voto. En este sentido, resulta esclarecedor el aislamiento que sufre en su primer viaje a Londres, donde la mayor parte de sus congéneres hablaba de la política y del Estado a todas horas, y donde él mismo aseguró sentirse incómodo y fuera de lugar.

Este apoliticismo, sin embargo, no significó que el autor no se comprometiese con Europa. Sus continuos viajes a otros países del continente como Alemania, Francia, Italia e Inglaterra llevarán a este escritor a conocer a gran parte de la intelectualidad europea, entre los que se encuentran Hermann Hesse, Thomas Mann, Max Reinhardt o Pierre-Jean Jouve. Ser un ávido viajero y además políglota –hablaba el francés, el italiano y el inglés, aparte del alemán– le ayudará a formarse una marcada conciencia de ciudadano europeo, basada, además, en la universalidad de las artes, de la música y de la literatura.

El estallido de la guerra

Poco a poco, sus libros se van haciendo cada vez más conocidos por toda Europa. Sus obras de teatro empiezan a estrenarse y sus viajes se hacen más largos. Pero en 1914 la edad de la paz y la seguridad estallan en mil pedazos con la declaración de la guerra. Zweig no es llamado a filas para defender su país con las armas: debido a su formación y su manejo de las lenguas termina siendo encargado de un archivo de guerra.

A pesar de que todos los ciudadanos de Austria, y del resto de las naciones europeas, salen a la calle a celebrar la declaración de una guerra que consideran ganada para Navidad, Zweig no puede menos que abominar del conflicto: “El hecho de que yo no sucumbiera a esta repentina embriaguez de patriotismo no se debió a ninguna sobriedad ni clarividencia especiales, sino a la forma de vida que yo había llevado hasta entonces. Dos días antes me encontraba aún en «tierra enemiga» y así había podido convencerme de que las grandes masas belgas eran tan pacíficas y estaban tan desprevenidas como nuestro pueblo”.

Es precisamente ese conocimiento sobre la realidad europea, ese amor por otros países que ha visitado y que ha disfrutado, lo que le lleva a a buscar a otros escritores de diferentes nacionalidades, autores a favor de la paz, para trasmitir a través de la palabra la inutilidad de una guerra entre naciones hermanas. Por supuesto, esta empresa no tiene éxito: pocos son los intelectuales que se adhieren a ella, por un lado, y poca la repercusión que tienen sus palabras, por otro.

Finalmente, esta guerra acaba el 11 de noviembre de 1918 con un altísimo número de muertos, el mayor del que se tiene constancia hasta entonces. Esta guerra horrorizó a la población, tal y como Zweig explica en su libro, tanto por el número de víctimas como por los métodos utilizados por ambas coaliciones. Por si fuera poco, las reparaciones de guerra que se pedían a las potencias perdedoras eran tan elevadas que se produjo una gran crisis económica, la crisis que más tarde haría ascender a los fascismos populistas.

La huida del fascismo

Tras el fin de la guerra Zweig se asienta en su Austria natal tras un viaje que había protagonizado a la neutral Suiza. Cuando el escritor regresa se encuentra con un panorama desolador: la inflación ha dejado sin ahorros a la gente, el dinero ya no vale nada e incluso la moneda es fundida para utilizar el cobre con el que está hecha. Cualquier trozo de cuero es robado para hacer un remiendo a un zapato y nada puede dejarse sin vigilancia por más de tres minutos. El fin de la guerra ha sumido en la pobreza a todo un país en el que la antigua burguesía vende sus libros y muebles a las granjas con la esperanza de obtener algún huevo o algo de leche. El dinero cada día vale menos y se ha extendido el trueque, e incluso algunos pueblos han empezado a emitir su propia moneda. Cuando esta situación llegue a Alemania, el partido nacionalsocialista tomará el poder y una política xenófoba y antisemita gobernará primero Alemania y más tarde Austria.

En este contexto Zweig sufrirá el acoso y la humillación, y sus libros, antaño tan vendidos y aclamados por el público, serán quemados públicamente y perseguidos. El autor decide huir de un país que tantas alegrías le ha dado y afincarse en Brasil, donde escribió El mundo de ayer.

Frente a la sensación de que el bando nazi ganaría la guerra y su régimen se extendería por el mundo, Stefan Zweig se suicida el 22 de febrero de 1942, tres años antes del fin de la guerra. Tras este suceso su obra comenzó a olvidarse; sus palabras desaparecieron de las mentes de sus lectores, como desaparecieron las cenizas de sus libros quemados.

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