El momento deportivo del 2010

0
273

A finales de cada año aparecen listas que recuerdan los mejores momentos del deporte y, sin duda alguna, el primer puesto en 2010 lo ocupará, por goleada, el Mundial de Sudáfrica conquistado por España. El fútbol es el deporte por excelencia en nuestro país y ese ya inolvidable mes de julio se convirtió en la ilusión y la esperanza de todos. De los amantes del fútbol porque por fin se lograba un sueño que parecía imposible para tantas y tantas generaciones, y, para los que deben soportarlo todo el año y no les gusta, porque la emoción del resto de la familia, especialmente de los niños, les contagió. El de Holanda sí que era el partido del siglo para España y por fin, tras tantas decepciones, el milagro se convirtió en realidad.

En las imágenes de televisión que llevan semanas repasando los grandes logros del año que finaliza aparece un protagonista indiscutible, el autor de ese gol que nos coronó como los campeones del mundo, el hombre que tuvo el maravilloso gesto de dedicárselo al fallecido Dani Jarque en un instante generoso y conmovedor. Pero para mí, por encima de todos los triunfos y acontecimientos, destaca el sentido, el significado y el legado de una figura: Nelson Mandela. Aquella tarde del 11 de julio, no se sabía si Madiba podría finalmente asistir a la ceremonia final y entregar la Copa del Mundo al vencedor debido a: sus casi 92 años, y, a la terrible muerte de su bisnieta días atrás. La ceremonia estaba siendo preciosa, sobrepasando todas las expectativas creadas: llena de colores, de baile y de música; espectacular. Pero en el ambiente flotaba la esperanza de que el ex presidente de Sudáfrica pudiera estar en el estadio; se ha transmitido que ya apenas recibe visitas en su casa y la maratoniana agenda a la que estaba acostumbrado ahora se reduce a las visitas de la familia, amigos y médicos. Los minutos avanzaban y la incertidumbre desapareció: un pequeño coche avanzaba por uno de los túneles del Soccer City dispuesto a dar una vuelta al estadio y lo que nadie podía confirmar sucedió: el hombre que consiguió la libertad para Sudáfrica y logró llevar el mayor evento deportivo del mundo a su país, estaba allí. Sentado al lado de su mujer, con un abrigo y un gorro para protegerse del frío apareció el portador de la sonrisa que logró cambiar el mundo de manera pacífica. La multitud se puso en pie, las bubucelas ensordecían las gradas, las manos se movían incansablemente para saludarle y las lágrimas inundaban las caras de muchos de los presentes. Fue una vuelta al campo demasiado rápida; tal vez fuera por el frío, la presión ejercida por la FIFA para que Mandela acudiera, o, quizás es que de tanto esperar el momento, se pasó volando. La emoción que sentí al verle no la pudo expresar mejor un Michael Robinson (comentarista del evento para Canal +) que declaró algo así como que a partir de ese instante podría decir que era un privilegiado por haber respirado el mismo aire que el hombre que hizo que todos seamos un poco más libres. El nudo en la garganta, los ojos al borde de las lágrimas y la voz entrecortada traspasó las imágenes de televisión. “Madiba, Madiba, Madiba”, las gradas llenas de jóvenes y mayores, mujeres y hombres, negros y blancos, gritando su nombre. Fue un momento precioso e inolvidable. Quizás era un pequeño acto de justicia, de agradecimiento, de reconocimiento.

España ganó el Mundial, pero fue Cristiano Ronaldo el que se llevó el mejor recuerdo, la mejor experiencia, el instante imborrable. Tuvo el privilegio de poder conocer a Mandela, de hablar unos momentos con él, de entregarle su camiseta y de realizarse una foto para la historia. No podrá contar a sus nietos que ganó ese Mundial, pero podrá enseñarles su foto y contarles qué sucedió.

Hablar de Nelson Rolihlahla Mandela es hablar de deporte. La historia le recordará como un héroe por la libertad, por los derechos civiles, por su lucha pacífica contra el racismo; pero, además, los amantes del rugby y del fútbol como el motor de la esperanza. Supo ver como nadie la función integradora del deporte en la sociedad y no paró hasta lograr demostrar que Sudáfrica, el conjunto de los africanos, hace tiempo que dejaron de ser el continente olvidado y creyó en su capacidad para estar a la altura del resto del mundo si se les da la oportunidad. Y resultó que el mundial de Mandela es el mundial de España: no pudo ser más perfecto.

Clint Eastwood presentaba hace un año su película Invictus, basada en el libro de John Carlin donde se explica cómo gracias al rugby, el presidente sudafricano, pudo unir a un país hasta entonces dividido entre opresores y oprimidos, entre blancos y negros, ricos y pobres. Morgan Freeman, en el papel del presidente, presenta a un hombre que antepuso el bien para su país antes que su felicidad personal, y, Matt Damon refleja cómo el capitán de aquella selección sudafricana, François Pienaar, donde sólo había un jugador negro, se hizo con el apoyo de todo un país durante la celebración de la Copa del Mundo de rugby celebrada en Sudáfrica en 1995. Mandela apenas sabía nada de ese deporte pero se convirtió en el mayor experto para mandar un mensaje a todo su pueblo, independientemente de su color de piel: olvidar y perdonar para poder avanzar. Si el presidente era capaz de trabajar codo con codo con los que le mantuvieron en prisión y le privaron de derechos, ¿había alguien con mayor autoridad en el mundo para llevar a cabo la transición con mayor relevancia y dignidad? Obviamente no.

A poco que se profundice en el legado de Mandela uno no puede evitar emocionarse. En muchas ocasiones ha reconocido que sus compañeros de celda trabajaron lo mismo que él para que sus hijos y sus nietos pudieran vivir en un país libre, pero que tal vez el fue el elegido para representarles a todos. Gran lección para aquellos deportistas que se reconocen a sí mismos como el paradigma de la humildad: en todo caso una cualidad que los demás deben reconocer en ti porque resulta presuntuoso presentarse como tal. La humildad de este hombre que permaneció en la cárcel 27 años y salió con la única convicción de continuar la lucha por la libertad, sin odio, sin rencor y sin sed de venganza, ésa si es una lección para todos. En ningún caso lo es el no teñirse el pelo, no llevar pendientes o cobrar millones de euros; resulta tan banal e hipócrita que resulta ridículo. La humildad es otra cosa.

Mandela era el líder de la ANC (Congreso Nacional Africano) cuando en 1948 llegó al poder el Partido Nacional que impuso la segregación racial. Impulsó los actos de desobediencia civil no violenta que provocaron miles de detenciones y le llevó a Johannesburgo donde creó el primer bufete de abogados negros de su país. “Nunca, nunca y nunca otra vez, debería ocurrir que esta tierra hermosa experimente la opresión de una persona por otra”.

Cumplida su condena volvió para tratar imponer una Carta de libertad que trajera un Estado de democracia e impidiera la creación de guetos que separaran a los negros de los blancos como pretendía el gobierno y fue de nuevo acusado de alta traición, juzgado y liberado en 1961, por falta de pruebas. Durante el proceso se produjeron terribles matanzas contra aquellos que defendían la libertad y llevó al gobierno a declarar el estado de emergencia donde se arrestaron a los líderes del movimiento contra las leyes racistas. Mandela recorrió diversos países para informar, recaudar fondos y hacer propaganda por la causa, y, a su vuelta, en 1962, fue arrestado acusado de sabotaje y condenado a cadena perpetua. Pasó en la cárcel 27 años en condiciones penosas realizando trabajos forzados en las canteras de cal. Apenas podía recibir una visita o una carta cada seis meses, cuando se lo permitían. Se convirtió en la cabeza visible en la lucha contra el apartheid: “Aprendí que el coraje no era la ausencia de miedo, sino el triunfo sobre él. El valiente no es quien no siente miedo, sino aquel que conquista ese miedo”.

En 1984 le ofrecieron un pacto: le soltarían si aceptaba vivir apartado y abandonar su lucha; lo rechazó y hubo de esperar hasta el 11 de febrero de 1990 para ser liberado por De Klerk, presidente sudafricano, con el que Mandela organizaría el proceso de cambio: “Si quieres hacer las paces con tu enemigo, tienes que trabajar con tu enemigo. Entonces él se vuelve tu compañero”.

En 1994 se convirtió en el primer presidente de Sudáfrica elegido en unas elecciones democráticas; cargo que ocupó hasta 1999 y nombró vicepresidente a De Klerk con el que compartiría el premio Nobel de la paz; sólo uno de los más de 200 premios internacionales que reconocen su legado.

Su fundación que lleva el número 46664, su identificación en prisión, continúa hoy su labor para tratar de conseguir un mundo más libre y que no se olvide todo su trabajo: “La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo”.

Para comprobar la grandeza de su herencia escribió numerosos libros entre los que destacan: Conversaciones conmigo mismo, El largo camino hacia la libertad o Un ideal por el cual vivo. En pocas líneas te haces una idea de la trascendencia e importancia del que hoy es ya un anciano; cada frase suya es una lección extraordinaria de dignidad, de lucha y del sentido del honor. No se presenta como ejemplo de nada, es más, reconoce que seguramente cometió muchos errores en su vida personal, pero es esa capacidad de asumir la realidad, de mirar hacia delante y de saber perdonar lo que hace su figura aún más grande.

Es cierto que aquella emocionante noche España se convirtió en campeona del mundo, pero por encima de todo, aquel día, el mundo aprovechó para dar las gracias a un gran hombre.

Fuentes del texto:
Elaboración propia
www.biografíasyvidas.com
Fuentes de las fotografías:
www.ovacion.com.ar
www.americadespierta.blogcip.cu
www.elcomercio.pe

Dejar respuesta