El más desgraciado de los mortales

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Fuente: TeatreBarcelona

Cuando en la cartelera teatral de una ciudad –pongamos Barcelona− coinciden en las mismas fechas dos tragedias griegas de las más virulentas del repertorio de mitos grecolatinos, hay quien quiere ver en ello un síntoma del ánimo del pueblo, de ese coro que suele eliminarse (o difuminarse) en las adaptaciones actuales, pero que tanto peso tuvo en los orígenes del teatro, y que una parte de la dramaturgia contemporánea de las últimas décadas está recuperando. Sin embargo, la coincidencia de las tragedias en cartel puede deberse a una razón no por manida menos certera: su universalidad. Su condición de clásico, que permite que esa historia siga interpelando al espectador, sea cual sea la circunstancia.

Así, la tragedia de Edipo, es la del ser más desgraciado de los mortales, aquel al que los dioses vaticinan un destino funesto (asesinará a su padre y se casará y procreará con su madre) y él, para evitarlo, huye lejos del hogar familiar y de su tierra. Logra liberar al pueblo de Tebas del terror al que lo tenía sometido la esfinge al resolver sus acertijos con ingenio, y con el tiempo termina casándose y formando una familia con la reina del lugar, viuda y sin descendencia, ocupando él el trono. Pero parece que los dioses nunca erran el tiro y Edipo terminará por conocer la terrible verdad que se cierne sobre él: no es hijo biológico de quienes creía sus padres, sino que su mujer fue quien le dio a luz, y el hombre al que mató en un cruce de caminos antes de llegar a Tebas, años atrás, era en realidad el rey de la ciudad, su padre. La verdad es tan terrible que Yocasta, madre y esposa a la vez, se quita la vida y Edipo, esposo e hijo de ella, padre y hermano de sus hijos, se arranca los ojos para no tener que ver más aquel mundo de pesadilla en que se ha convertido su vida. Ese es el precio que Edipo paga por querer conocer, a toda costa, la verdad de sus orígenes. Por conocer, de la noche a la mañana, quién es y de dónde procede, en realidad.

Oriol Broggi presenta una versión del mito en la que trata que el espectador pueda identificarse al máximo con la parte más humana del personaje, encarnado por Julio Manrique, en una versión del Edipo rey de Sófocles hecha por Jeroni Rubió, en la que se incluyen también fragmentos de otras piezas del mismo autor sobre Edipo para presentar una historia más cerrada, incluir otro de los personajes célebres del imaginario helénico, su hija Antígona, y también para brindar al público, sobre todo a aquel que desconozca el mito, los datos más esenciales de la biografía del héroe trágico. El montaje de Broggi, con muchas intertextualidades teatrales, entre las que encontramos rastros de Mouawad, de Peter Brook o hasta de Borges con el texto inicial, destaca por la gran calidad de los intérpretes. Acompañan a Manrique Carles Martínez, Marc Rius, Mercè Pons, Ramon Vila, Miquel Gelabert y Clara de Ramon, que hacen las veces de pueblo/coro y de los personajes principales y secundarios de la tragedia, con solvencia y verosimilitud, algo no siempre fácil cuando se trata de un texto clásico. Aunque, si el montaje está en manos de Broggi, es poco probable que la calidad artística del mismo se cuestione. Y, para muestra, la escena final de la pieza, que la concluye con bella elegancia, y el mensaje del teatro como lugar de refugio y de memoria.

Estará todavía en cartel en el Teatre Romea hasta el 10 de junio.

Fuente: Teatre Romea

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