“El libro rojo de Mongolia”: de los kioskos a las librerías

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Ayer por la tarde se presentó en FNAC de Callao El libro rojo de Mongolia, la primera creación bibliográfica de los autores de la revista homónima.

Conducido por Eva Hache, el evento discurrió entre chascarrillos y anécdotas: los responsables, Eduardo Galán, Darío Adanti y Eduardo Bravo -acompañados por el editor del proyecto, Gonzalo Boye-, explicaron algunos de los datos relativos a este libro que acaba de ver la luz. Cómo es el trabajo conjunto en un grupo reducido de personas, de dónde surgió la idea de trabajar en un libro aparte de la revista de periodicidad mensual que apareció en los kioskos hace ahora un año, o dónde está la frontera que divide sátira y libertad de expresión; “el límite del humor es la cárcel”, aseguraba uno de los integrantes del equipo.

La revista Mongolia es ácido puro, y nada –o poco- se salva de su mordacidad dentro del panorama actual. Son conocidos, por ejemplo, sus ataques contra la monarquía pero, sin ir más lejos, conoció un episodio de polémica recientemente: el pasado mes de enero utilizó una imagen religiosa para promocionar la presentación de este título en Sevilla, y las reacciones negativas no se hicieron esperar. Enseguida al Mongolia team se le vino encima un aluvión de indignados, capitaneados por el propio alcalde de la ciudad, que afirmó que todos los sevillanos se habían ofendido sobremanera por lo que había constituido una falta de respeto. Galán, que narró la anécdota, presentaba El libro rojo como un “libro de baño”, altamente recomendado para “activar el tracto intestinal”, y aconsejaba llevarlo consigo al retrete.

“Teníamos dos referentes: la enciclopedia británica y el libro gordo de Petete. Entre esas dos cosas tenía que estar El libro rojo”, comentaba Adanti. Humor, surrealismo, pero sobre todo, mucha crítica y ganas de molestar –o, tal vez, de decir simplemente lo que se piensa y del modo en que se piensa- es lo que incluye este libro, sacado adelante con mucho esfuerzo –“trabajamos desde casa”, comentaba Adanti; aunque en realidad “no nos gusta trabajar tanto, lo que nos gusta es lo que se consume entre trabajo y trabajo”, aclaraba Galán, dejando claro que El libro rojo era más un producto surgido entre copas- por unas pocas personas que cargan con todas las responsabilidades de un proyecto editorial al que ya, desde sus inicios, se le auguraba un trayecto difícil. “Somos jefes y becarios”, según Adanti, “cuando empezamos, los medios estaban basados en un sistema caduco; por eso, tenemos que hacer todo entre todos” para poder convertir Mongolia en algo sostenible.

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Interrumpidos por la aparición estelar de un papa que parecía llegar apresuradamente desde el Vaticano –una ingeniosa performance que coincidía con el primer día de cónclave en la Capilla Sixtina, que se halla en el centro mediático por el proceso electoral del nuevo pontífice- y que declaró haber decidido “incluir una tercera parte en la Biblia: Antiguo Testamento, Nuevo Testamento y El libro rojo de Mongolia”, los presentes pudieron hacer varias preguntas sobre el libro que algunos de ellos habían adquirido ya. La presentación, breve pero hilarante, dejó el pequeño fórum del centro comercial, que se había llenado por completo, repleto de curiosos sonrientes.

Fotografía: Rocío Martínez

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