El invierno de los Cárpatos

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La noticia es que ya no hay noticias. Sin embargo, en Chechenia continúa haciendo frío.
El viento sigue azotando a sus moradores. Bajo la superficie nevada se superponen capas de hielo. Y bajo el hielo, el suelo está impregnado de sangre.

Putin se preocupaba porque en occidente empezáramos a sentir el invierno que arrasa Chechenia. Puede estar tranquilo. Tenemos facilidad para olvidar. Nuestra amnesia selectiva nos permite dormir tranquilos.

Los chechenos también preferían no recordar. Eran obedientes. Nunca hablaban de su historia. Pero aprendieron a leer.

Y estudiaron en las escuelas, que en 1830 el zar Nicolás I ocupó el Cáucaso. Treinta años después comenzaron las primeras deportaciones al Imperio Otomano. La Revolución rusa de Octubre no merece conmemoración en Chechenia. Entre 1936 y 1938 las purgas se llevaron a la cárcel y al paredón a miles de personas. Stalin prefirió deportar a cerca de medio millón de personas. El 30% no llegó a su destino.

En la década de los 50, Kruschev les pidió perdón, y sólo entonces, pudieron regresar a casa. Envueltos por el silencio internacional. Ni un solo grito en todos esos años. Ni una mirada de reproche.

En 1992 Chechenia quedaba dividida en dos partes: Ingushetia, que se incorporó a la Federación Rusa y la República Chechena, que proclamó su independencia. Fue entonces cuando las tropas rusas se lanzaron a la recuperación del control en la zona. La mitad de la población huyó a territorios vecinos.

Los campos de refugiados comenzaron a proliferar con la misma rapidez que los abusos y las violaciones de los derechos humanos.

Los chechenos se preguntan cuándo occidente aprenderá a leer y a escuchar. Cuándo entenderán que la mitad de la población de Grozni era rusa. Que sólo una minoría entre los chechenos es islámica. Y que entre los combatientes, la mayoría es creyente, pero no fundamentalista.

El extremismo se gesta con el silencio. Porque el silencio suscita impotencia. Y  la impotencia, violencia. Es entonces cuando Chechenia ocupa las portadas.

Nadie se pone de acuerdo sobre el número de víctimas civiles que han caído sobre la nieve. Para los rusos, su bando ha enterrado a más. Para los chechenos, su república cada vez está más vacía.

A los pocos que se atreven a salir de casa probablemente no les importe quién va en cabeza.

Qué cinismo resumir su historia en unas líneas. Qué frivolidad medir su sufrimiento en cifras. Qué desvergüenza haberlos olvidado.

Ellos no pueden permitir lagunas en su memoria. Tienen que recordar que salir a la calle es peligroso, que quedarse en casa es peligroso. Que en Chechenia no se muere, se espera la muerte.

Los militares federales secuestran a jóvenes. Y después los venden. Según lo que estén dispuestos a pagar los familiares los entregan vivos o muertos. Es la ley de la oferta y la demanda.

Otra actividad de moda son los paquetes humanos. Consiste en reunir a unas decenas de chechenos y hacerlos estallar mediante una bomba.

Pero la calidad de vida de los rusos que huyeron a los campos de refugiados no es mucho más atractiva.

Los radicales chechenos organizan redes de mercado. Los productos más demandados durante la ocupación fueron los esclavos rusos.

Unos y otros se disparan balas cargadas de desapariciones, torturas, violaciones y crímenes de guerra. Y la munición está compuesta por civiles.

Las organizaciones internacionales para la defensa de los derechos humanos también sintieron miedo. En cualquier momento podía tocarles a ellos. Un día de estos podrían ser víctimas de amenazas, de un secuestro, un atentado…Por eso se fueron. Abandonaron a los civiles a su suerte.  Ya se sabe que ojos que no ven, corazón que no siente.

Nos indignamos leyéndolo. Pero este momento es todo. El vendaval se aleja rápido. Mañana esta historia se habrá difuminado entre perfumes y los gases contaminantes de nuestra ciudad.

Afortunadamente la madre Rusia hizo el esperado anuncio oficial: la guerra ya ha concluido.

Pero el aire de Chechenia aún huele a pólvora. En las calles el miedo se hacina. Grozni es un cementerio urbano. La morgue de la vergüenza. La tumba de su pueblo.

La capital tenía 400.00 habitantes. Hoy a penas alcanza los 50.000

En las entrañas de la pequeña república fluye el petróleo. Y la nieve oculta los espectros de unos perfectos oleoductos que comuniquen el Mar Caspio y el Mar Negro con el corazón de Rusia.

Y es que en los Cárpatos el invierno es muy largo.

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