El inicio siempre cuesta

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Solo ha pasado una semana, solo una. Es como cuando eres pequeño y cuentas los días para las vacaciones, se hace lejano. Los cambios son mínimos, casi imperceptibles a menos de que seas yo. A menos de que tu asiento se parezca a este. Creo que percibo como gira la tierra, estudio a los pájaros esperando mi propia vida. Siempre ves este tipo de cosas en la tele, en las películas, lo lees en libros lacrimógenos y crees saber que se siente; que se siente cuando el tiempo no es importante y cuando el principio da casi tanto miedo como el final.

Este lugar ha de ser mágico, porque las miradas que me observan han cambiado. Ya no hay pena, ni si quiera compasión. Ahora hay una esperanza desesperada y a veces forzada que da miedo. Es un intento de estar fuertes ante quien creen más debilitado. Aunque, en verdad, yo soy su único apoyo. Vuelta a esa sensación de soledad que realmente asfixia.

Para ser sincera no tengo un solo minuto de soledad física, no me dejan ni a sol ni a sombra. Temen mi derrumbe, el estallido que he sabido ocultar o que no se ha producido. Ya no insisten en que se lo cuente a más personas, tienen el morro de hacerme un cierto chantaje emocional con preguntas supuestamente sutiles. Claro está, todo por mi bien. No puedo enfadarme con ellos, saben tan poco de esto como yo misma. Somos todos novatos y se nota.

En esta semana he aprendido un poco más sobre este proceso. Según los que saben, no ha sido la más dura de las que vendrán. Sin embargo he tenido alguna noche con pequeñas representaciones de lo que supone me espera. Nunca he tenido unos escalofríos como aquellos, ni me he preguntado tantas veces si podré con ello. Miedo, he sentido miedo de mi propio cuerpo. Quise llamarle, no lo sabe y en ese momento de pánico quise coger el teléfono. En medio de la noche. Mi mayor preocupación, ridícula por cierto, es mi pelo. Ya no está tan fuerte, lo noto enfermo.

Respecto a la compañía, aumenta. Ahora me visita, una vez a la semana, una mujer que intenta hacerme sentir mejor con palabras. Quiere que hable, que exprese y si es necesario que llore. Es la más sutil al sugerir que no debiera callar ante la gente. Se sienta en mi otro trono particular, me mira fijamente, sonríe con una calidez helada y habla pausadamente. A veces pretende que sea yo quien dirija la conversación, hace pocas y cortas preguntas, pero siempre encuentra respuestas aun más breves. Desde que me sentaron aquí, el silencio me ha parecido interesantísimo. Y es difícil porque en este lugar hay ruidos las veinticuatro horas del día. Aun así me absorbe, he conseguido poner la mente en blanco en algunos momentos. No oír nada ni a nadie, ni siquiera a mis propios pensamientos. Que se han vuelto repetitivos, negativos y cansinos con el paso de los eternos minutos que tiene un solo día.

Lo que si noto y también los que me observan, es el cansancio que me abraza. Duermo, duermo y continúo durmiendo. Según mi madre esa es mi propia manera de curarme. Y es cierto, pero este cansancio es letal. A veces oportuno. Porque ataca tanto al cuerpo como a la mente y en esos momentos de demasiada claridad, ahí está él para acallar todo atisbo de actividad. Se agradece a ratos. Me anuncian que este cansancio va a ser otro compañero más en este extraño y horrible viaje, el cual jamás quise empezar.

Así que visto lo visto, tengo otra carga más para mi mochila de viajera. Pensé que sería solitaria en este tránsito, pero llevo a mi espalda tesoros no deseados. Solo ha pasado una semana y mi asiento se está tornando en mi propia piel. Creo que ese par de pajaritos van a tener bebés. Se les ve enamorados, vuelan juntos, pían juntos. Viven…

MUSA

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