El horizonte de los Balcanes

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Esta semana (25 de Octubre de 2007) El País incluía varios artículos relacionados con la antigua Yugoslavia.
Por un lado, un artículo de opinión, en el que la autora, Monika Zgustova, describe uno de los acontecimientos más tristes de las guerras de Yugoslavia. El incendio de la que era una de las bibliotecas más ricas de toda Europa, la de Sarajevo. En esa biblioteca convivían, uno junto a otro, textos ancestrales procedentes de los Imperios austríaco y otomano, y de los que una vez fueron sus súbditos: Croacia, Bosnia o Serbia.

Todos juntos, pegados los lomos, sin rencores.

El 25 de Agosto de 1992, las tropas serbias incendiaron la Biblioteca Nacional de Bosnia, destruyendo más de 2 millones de ejemplares, únicos en muchos casos.

Manifiesto mi completo acuerdo con la autora, el genocidio en su máxima expresión. La politización de la cultura, en un absurdo sin precedentes.

Llegando al final del artículo, Zgustova recuerda cómo “la propia literatura”, por supuesto serbia, fomentó ese odio hacia la cultura del contrario, que “junto a la exaltación nacionalista”, serbia también, por si alguien lo dudaba, “condujeron a la limpieza étnica de la antigua Yugoslavia”.

Intentaré suponer que hayan sido los problemas de espacio, tan apreciados y caros sobre el papel, los que hayan conducido a la autora a olvidar nombres como Tudjman o Izetbegovic, en cuanto a genocidio y tergiversación de información se refiere. Afortunadamente, ha logrado encontrado un hueco para recordar la malignidad de los salvajes Milosevic o Karadzic.

Me niego a creer que la escritora no tenga, al menos un vago recuerdo, sobre quiénes eran los ustachas croatas. También le resultaría muy útil esa información para dar respuesta a colaboraciones muy concretas durante la guerra de los 90. Doy por hecho, que sabe que los bosniacos también llevaban metralletas. Y que una guerra la gana el que más fuerza (del tipo que sea) aplica.

Pero lo sorprendente del artículo emerge súbitamente los dos últimos párrafos:

“Hablando de nacionalismos, una vez me dijo Juan Goytisolo que “el de los extremistas serbios y croatas tiene muchas semejanzas con el ultranacionalismo español: la España sagrada, por un lado, y la Serbia Celeste, por otro; el rey don Rodrigo y el príncipe Lazar… Cambias los nombres y ves lo mismo.”. Goytisolo tenía razón: no sólo en los Balcanes sino también en el Occidente europeo, algunos escritores y periodistas siguen apelando a los instintos más bajos del ser humano, como la arrogancia que enaltece una nación por encima de las demás”

Lo leo y lo releo pero aún no me queda muy claro quién es quién en esta historia de analogías. Establecen sin ningún tipo de vacilación que la España sagrada es la Serbia Celeste. Pero se olvidan de decirnos a quién corresponde el papel de los “extremistas croatas”, y claro, con tanta intensidad en el voltaje me vienen a la cabeza unos cuantos nombres que asociar a Ante Pavelic.

Honda pena la falta de papel que no le ha permitido tratar más a fondo el tema de los paralelismos. Y que sobre todo, no haya podido ilustrarnos con la comparación entre el futuro del territorio español y la República Srpska. Estoy ansiosa por saber cómo se las van a apañar los nuevos países que surjan, para dar a las respectivas naciones, sus correspondientes bolsas de población que queden en su territorio. Colorido mapa. Espero que no se les ocurra continuar con las comparaciones y se acuerden de aquello de la limpieza étnica.

A problemas idénticos parece lógico aplicar soluciones idénticas. O tal vez, sea que se equivocan en el propio problema y no existe ningún paralelismo. Aunque siempre ha resultado una buena estrategia tomar la parte que interesa y callar lo que puede hacer daño. De eso saben mucho los que vivieron las guerras de Yugoslavia.

Los unos y los otros. España se balcaniza pero sólo a veces. Y a su manera, en función del viento que sople.

A los ciudadanos les quema el café de la mañana y con la tostada en la mano, reafirman su bando. Pasan las hojas del periódico, sin saber muy bien quiénes eran todos esos nombres impronunciables, pero asintiendo con la cabeza.

En Cultura un nuevo artículo sobre aquellas inolvidables guerras. En contraportada encuentro con el filósofo esloveno Slavoj Zizek.

Demasiadas dosis de balcanismo para un solo día.

Y en el horizonte Kosovo aguarda su turno en silencio.

Fuentes:
El País, 25 de Octubre de 2007
Fotografías:
Laura Pérez Rastrilla

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