El hombre menguante o cómo montarlo

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Fuente: Teatro del Barrio

La compañía valenciana Pérez&Disla ha presentado estos días en Madrid, esta vez en el Teatro del Barrio –sala imprescindible en Lavapiés−, su montaje El hombre menguante que, a priori, nos remite a la mítica película americana de finales de los cincuenta. Sin embargo, la obra escrita por Juli Disla y dirigida por Jaume Pérez va muchísimo más allá. De hecho, el montaje es una suerte de intento de montaje, un juego metateatral de principio a fin con tintes de ensayo, con momentos que parecen improvisados aunque no lo sean, y con una relación con el público de lo más particular, ya que a veces le convierten en el centro de atención, derribando la cuarta pared, y otras parecen olvidarse por completo de que está ahí…

Los tres actores en escena, César Tormo, el propio Disla, y Toni Agustí (quien ha sido sustituido en algunas funciones –a la que asistimos, por ejemplo− por el director), se nos presentan en un aparte inicial en el que, tras una actualización del captatio benevolentiae, se disponen a leer un manifiesto sobre el descontento que les provoca la situación del teatro y, por tanto, su propia situación como actores. El público atiende desconcertado, sin saber si la función ha empezado ya o es realmente un prólogo espontáneo de los intérpretes. Sin embargo, la precisión gestual de la escena no deja dudas respecto a que aquello forma parte ya de la obra. Una obra que se prevé, como poco, curiosa: uno de los actores aparece en calzoncillos, el otro perfectamente vestido, y el tercero lleva un uniforme de guardia de seguridad y ha estado sentado en una silla mientras el público iba entrando en la sala.

Pero, como ocurre a lo largo de casi todo el montaje, la propuesta escénica tiene un halo de fresca improvisación, y ni siquiera en el manifiesto inicial parecen ponerse de acuerdo los tres personajes, discutiendo si deben o no leerlo, si están de acuerdo con todo lo que han puesto, si es aquello lo que espera el público… Así, de pronto, implican a los espectadores y les interpelan directamente para saber qué esperan de ellos, de la función, a qué han ido al teatro a verles, qué expectativas traen… El público ríe perplejo, sin saber demasiado bien qué contestar.

De modo que los tres artistas en escena deciden compartir cuál es la idea que tienen en mente para el espectáculo, de qué irá y cómo van a montarlo, escena por escena. Describen la escenografía –inexistente−, explican la película para que el público siga el argumento que ellos pretenden refundir, y van ensayando las escenas, con las quejas y dudas del actor que protagonizará “El hombre menguante” (Toni Agustí / Jaume Pérez) y las duras contestaciones del que adopta el rol de director de escena (Juli Disla) para arrancarle la emoción y dejarle claro cómo trabajan. A un discurso teatral casi existencialista, con una carga nada despreciable de humillación y otra de análisis psicológico hacia el actor que busca en sí propuestas –combinándolas con un trabajo físico considerable− que satisfagan al director mientras reconoce sus limitaciones, el actor que viste de guardia de seguridad (César Tormo) cuenta con todo lujo de detalles al público el resumen de la película de Jack Arnold. Las palabras se sobreponen, las acciones también, y el público sigue perplejo pero risueño lo que ocurre en el escenario, sin ser consciente aún de toda la carga reflexiva que comporta. ¿Quién es en realidad ese hombre menguante? ¿Qué intentan presentar esos actores? ¿Cuál es la metáfora de la función? ¿Son realmente los mequetrefes los reyes de la situación?

Las preguntas obtienen respuestas viendo el montaje, porque, a pesar del humor, disparan dardos llenos de crítica, de ironía, de amarga realidad. Y lo hacen con una escasez de medios que agudiza su ingenio y hace que resalte aún más su talento. Los efectos de luces y sombras que logran con un pequeño foco que usan a modo de linterna son fantásticos; la estructura dramatúrgica de la propuesta y la agilidad con la que avanza hacia ese ¿final?, de modo que parece que hacen lo que les da la gana, pero con la que arrastran al público con ellos, es sorprendente; y, sin duda, la calidad y la genialidad del director y los intérpretes y su capacidad de llegar al espectador incluso cuando le ignoran son, sencillamente, abrumadoras.

Por todo ello, El hombre menguante es de aquellos espectáculos que te desconciertan y a la a vez te seducen y te conquistan. Ojalá sigan exhibiéndolo en numerosas salas (¿para cuándo Barcelona?), porque es digno de ver. Y habrá que seguir de cerca a Pérez&Disla, que, como ya hicieron en La gente, siguen apostando por la buena escena contemporánea.

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