El Gran Circo de la Información

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Poco queda ya de la manera de hacer de aquellos `partes´ que pudieron apreciar y disfrutar nuestros abuelos y algunos de nuestros padres, aquellos que ahora reposan como el buen vino en las filmotecas, los informativos.

Poco queda ya de una información realizada con un gran espíritu de trabajo, de tesón y con precarios medios técnicos, por grandes profesionales que aún hoy son reconocibles como tótem de la radio, la televisión y la prensa. Una información en blanco y negro que trasnochaba en el alma de los españoles, y que permanece grabada en la retina para el recuerdo.

Por fortuna, aquellos proto-informativos de televisión no dejaron en sucesión la manipulación y la censura más temeraria que se recuerda en España en estos últimos tiempos. No, eso pasó a la historia del periodismo y a los anales de la melancolía sepia de algunos desde que en nuestra nación se instauró la joven democracia que cabalga para bien o para mal desde 1978 en nuestro país.

Si alguien recuerda, aquellos `partes´ de guerra pasaron a ser los telediarios de la dictadura, lastrando de una época a otra ese nombre lapidario. Y no crean, muchos de nuestros mayores aún hoy denominan a los informativos televisivos `parte´. Esos telediarios dictatoriales se emitían en la única y bendita cadena generalista, la Televisión Española. Primero en blanco y negro, más tarde en la gama monocromática del marrón y después en color. Se presentaban con un formato temporal de media hora muy ajustada, y con un solitario busto parlante que escupía las noticias con el arte de los papagayos, sin movimientos de cámara, sin cortinillas, sin corresponsales, sin casi de nada.

Cuando acabó la dictadura de Franco y entró el aire fresco de la democracia por los cuatro costados de una España nueva, parecía que todo iba a cambiar a mejor, y nos quedamos en el “parecía”. Vinieron las cadenas privadas en los noventa y todo bullía en un nuevo formato de informativos para acometer la cierta competencia que se produjo en los instantes iniciales, aunque tras un tiempo prudencial todo se estabilizó, con demasiada prontitud para los espectadores.

Y llegó el nuevo milenio y todo cambió. Para mal. Los informativos de televisión se convirtieron en vallas publicitarias gigantescas en la pequeña pantalla, para lo cual se adaptaron los tempos de duración, mutando los antiguos telediarios en seriales televisivos interminables despedazados en mini-espacios alojados en el maremagnum de un gran cajón desastre. Pongamos por caso: si un informativo lo comenzamos a ver sobre las nueve de la noche y permanecemos ante la caja tonta hasta su finalización definitiva, no se levantará nadie del sillón familiar hasta cincuenta minutos después, cuando el hombre del tiempo nos arrope con la sábana y nos desee buenas noches. Entre medias, los titulares, el bloque central del telediario, la sección de ocio y otras noticias para rellenar huecos y el espacio de deportes. Todo ello aderezado con un sinfín de anuncios, patrocinios y demás formas de hacer caja.

Pero el gran circo de la información no finaliza aquí, no. Hemos pasado de tener un presentador hierático en los telediarios a tener un presentador por sección, autómatas del teleprompter, que disparan con bala las noticias sin pensar apenas qué están diciendo. Un buen ejemplo es el momento de las confusiones, nunca piden perdón por una palabra mal dicha, por un improperio, por una noticia que no era,…; ellos siguen corre que te corre detrás del texto que se desliza efímero por el maravilloso espejito.

Aunque aún no hemos llegado a la cima de la pandemia que acecha a nuestros informativos. Ésta es la mano negra empresarial que todo lo toca, aquella que impone noticias corporativas por doquier en una moda que es generalizada en todas las cadenas, una mano negra que se autocensura cuando le viene en gana o despelleja a libre albedrío. Y ello en post de unos males endémicos: el posicionamiento que se persigue y la audiencia que se consigue a diario noticia a noticia. Ya no interesa informar, importa el cómo hacerlo y a qué precio.

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Óliver Yuste es licenciado en Periodismo por la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid.

Su experiencia profesional como periodista se ha desarrollado en diversas publicaciones periódicas como las revistas culturales Experpento o Paisajes Eléctricos Magazine, las revistas universitarias La Huella Digital, Punto de Encuentro Complutense y mÁs UNED, o la colaboración como escritor en la revista literaria chilena Cinosargo, además de mantener sus propios blogs, como la bitácora personal donde se ahogan los gritos de mi mitad. En estas publicaciones en soporte papel y digital se divulgan algunos de sus artículos periodísticos de opinión, críticas y entrevistas musicales, además de artículos literarios como relatos cortos, cuentos y poesías.

También está dedicado a la creación literaria como escritor de novelas y poesía, una faceta en la que cuenta con el libro de cuentos Azoteas, en proceso de edición, y la publicación del cuento “La Libertad de Ser Feliz” en el libro Cuentos Selectos III, publicado en 2002 por la Editorial Jamais. Además de ser galardonado en algunos certámenes literarios: Primer Premio de Poesía Ramiro de Maeztu 1997, Premio Accésit del IV Concurso de Redacción “El Teatro Clásico en Escena 1997” o Finalista en el Concurso de Relatos Cortos “Premios Jamais 1999”.

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