El futuro incierto de Egipto

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El ejército egipcio se niega a dejar el poder. Desde que Hosni Mubarak abandonó su cargo, la Junta Militar controla el país. El pueblo egipcio teme la manipulación de los resultados electorales y reclama posponer el proceso electoral. Sin embargo, a pesar de las protestas de los ciudadanos, el proceso electoral comenzó el 28 de noviembre. El futuro de Egipto está en juego.

La transición política en Egipto está en manos de los militares. El 11 de febrero Hosni Mubarak renunció a su cargo, dejando el poder en manos del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas. Desde ese momento la Junta Militar debía conducir al país hacia la democracia. Sin embargo, los militares se han aferrado al poder; han dictado normas, han disuelto el Parlamento y han designado ministros.

La cúpula militar se comprometió a traspasar el poder pacíficamente a una autoridad civil elegida de manera libre y democrática. Los acontecimientos acaecidos en los últimos días han puesto de manifiesto que las verdaderas intenciones de la Junta Militar distan de este compromiso.  El proceso electoral que se ha diseñado pone en peligro la trasparencia de las futuras elecciones. Se trata de un proceso muy complejo que se alargará durante meses. Las elecciones se celebrarán en varios plazos según las diferentes zonas del país. Este complicado sistema ha despertado una sospecha en el pueblo egipcio: la posible manipulación de los resultados para favorecer a sectores afines a la Junta Militar. Se teme que los militares hayan llegado a un pacto con los Hermanos Musulmanes o que puedan favorecer al partido de Mubarak, que aún no se ha disuelto.

El nombramiento de Kamal al Ganzur como primer ministro por parte de la Junta Militar no ha calmado los temores del pueblo egipcio.  Al Ganzur formó parte del viejo régimen durante 18 años y ejerció como primer ministro de Mubarak durante los años noventa. Ante este escenario los jóvenes de Tahrir se preguntan si su esfuerzo en la revolución ha servido para algo.

En el último informe difundido por Amnistía Internacional, se afirma que el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas “ha fracasado completamente” en su labor por mejorar la situación de los Derechos Humanos en el país. Lejos de mejorar, la situación ha empeorado de manera sustancial. El uso de los tribunales militares, la represión contra las protestas pacíficas y la extensión de la vigencia de la Ley de Emergencia ponen en relieve la continuación del mandato represivo de Mubarak. Las Fuerzas Armadas  han reprimido con mano dura todo intento de manifestación o protesta.

Los jóvenes volvieron a tomar la plaza de Tahrir el pasado viernes, el “viernes de la última oportunidad”, con la idea de aumentar la presión sobre los generales y obligarles a dejar el poder. Los esfuerzos han sido en vano. Los generales han alegado que el pasado 19 de marzo recibieron la confianza de los egipcios en el referéndum para enmendar la Constitución. El poder es demasiado suculento para dejarlo en manos del pueblo.

El jefe de la Junta Militar, Tantaui, ha pedido a los egipcios que confíen en él asegurando que las elecciones serán limpias y que, al término del proceso electoral, en julio del año próximo, cederá el poder ante un Parlamento constituyente y un presidente elegido de manera democrática. Pero a día de hoy los gobernantes militares no han cumplido sus promesas. El pueblo egipcio no confía en la labor de la Junta Militar. El proceso electoral comenzó el 28 de noviembre sin un futuro y sin unas expectativas claras, pero sí con un temor: volver a un pasado de represión y fundamentalismo.

Fotografía: Jonathan Rashad (www.everystockphoto.com)

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