El fotoperiodismo recupera el valor de la denuncia social en el evento “Havana 7. Historias que cuentan”

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Personalidades de la cultura y comunicación asistieron durante la jornada de ayer a una cita obligatoria con el fotoperiodismo. Javier Bauluz, Samuel Aranda, Fernando Moleres y Alfons Rodríguez lucieron como ponentes en el primer encuentro del ciclo Havana 7 Historias que cuentan, cuya finalidad es homenajear a los mejores contadores de historias. 

Durante el visionado de una de las fotografías de Fernando Moleres.
De izquierda a derecha, Javier Bauluz, Samuel Aranda, Fernando Moleres, Alberto Granados y Alfons Rodríguez, durante el visionado de una de las fotografías de Moleres.

Alrededor de las 21 horas, el teatro Calderón de Madrid abrió sus puertas para homenajear a los profesionales del fotoperiodismo. Una pequeña muestra de Cien miradas de Enrique Meneses (APM) inauguró la gala bajo un ambiente distendido que moderó un elocuente Alberto Granados. Director de Periodismo humano y único premio Pulitzer español, Javier Bauluz destacó por su sencillez y humildad. Tras el documental, el asturiano rompió el hielo a la pregunta del moderador, que hacía referencia al fotoperiodista fallecido y cuyo homenaje no podía faltar. Todos hicieron mención a la labor de Meneses, y algunos como Moleres destacaron su fotografía con el Ché Guevara: “¿Quién no querría haber vivido ese momento?”, comentó.

El escenario se puso a merced de los profesionales, acomodados en una especie de salón de casa que auguraba una noche de fotografía entre amigos. Alejados de los estereotipos, los ponentes se embarcaron en los entresijos de la profesión mediante el visionado de sus primeras y últimas fotografías, que dieron rienda suelta a una pasión de denuncia social. 

Con la fotografía del último conflicto minero, Bauluz emprendió su recorrido fotográfico. “Casualmente, me encuentro haciendo las mismas fotos de Guardias Civiles persiguiendo a mineros que corren por el monte, pero 28 años después”. Para otros, la inmersión en el fotoperiodismo fue mucho más inesperada; “me di cuenta de que una fotografía puede tener más repercusión que tirar piedras a la policía”, comentó el recién llegado a España, colaborador del New York Times y ganador del World Press Photo 2011, Samuel Aranda. Su vocación se inicia en medio de una represión policial en Santa Coloma (Barcelona) a raíz de varias manifestaciones en contra de los desalojos.

De izquierda a derecha, Javier Bauluz, Samuel Aranda y Fernando Moleres.
De izquierda a derecha, Javier Bauluz, Samuel Aranda y Fernando Moleres.

Reciente Premio Tim Hetherington, Fernando Moleres llegó tarde al fotoperiodismo, como así lo dejó saber. Tras un amor, emprendió sus primeros viajes y se descubrió de lleno en el “mundillo”, más sorpresa para la profesión que para él mismo, que siempre había sentido curiosidad por el mundo. Su trabajo en Sierra Leona le demostró que “la mejor forma de ayudar a estos chavales es creando una ONG”, haciendo alusión a la ONG Free Minor África en la que está totalmente volcado. 

Alfons Rodríguez, Premio Godó 2010 y finalista del Premio Codespa por su trabajo El tercer jinete: un mundo hambriento, siempre tuvo claro que quería contar historias; “para mí, la fotografía sólo era una herramienta”, matiza. Su primer trabajo acerca de la lepra resultó más una lección de vida que su inicio profesional. Brasil o Bombay acentuaron su vocación, donde creció como persona y fotoperiodista. 

Si en algo se parecen las fotografías mostradas es que todas están repletas de carga dramática, cometido de la denuncia social que han emprendido sus autores; y es que más que la foto publicada en un periódico, lo que a ellos les importa es la reacción de la misma. La pregunta de Granados, ¿sólo se venden las fotografías que muestran drama?, no sorprendió a ninguno. Según Moleres, es cierto que en los medios de comunicación abundan las noticias trágicas, lo dramático. “Cuando presentas un trabajo con un impacto positivo y social a veces no tiene repercusión; ya me ocurrió con un trabajo reciente sobre la orquesta de mujeres ciegas y pobres de Egipto, que con esfuerzo llegaban a la Universidad. Esto no se vendió”. 

“Cada día mueren 10.000 niños, uno cada segundo más o menos. Yo no puedo cambiar la realidad, pero sí denunciar lo que pasa” siguió argumentando en una línea similar Rodríguez, quien encuentra en el fotoperiodismo un medio idóneo para mostrar lo que ocurre y por lo que no se hace nada. Para todos ellos, lo que se fotografía es lo que ocurre, no lo que se persigue, como es el problema del hambre al que hizo alusión el finalista Codespa 2012. 

Tras un cálido intercambio de historias, el debate se centró en aspectos concretos como el uso de las nuevas tecnologías, la crisis del periodismo o la situación española. Para el director de Periodismo Humano, la crisis está en los medios, no en la profesión, y España es un país que destaca en el fotoperiodismo. “Bueno, España no, los españoles; los fotoperiodistas del país no han tenido demasiado apoyo, y muchos han tenido que trabajar en un principio para medios extranjeros”, matiza.

Durante el visionado de una de las fotografías de Alfons Rodríguez.
Durante el visionado de una de las fotografías de Alfons Rodríguez.

Para Rodríguez, el fotoperiodismo no ha cambiado, pero sí los métodos. El artista catalán siente que está contando las mismas historias que otros mostraron o narraron mucho antes que él, y pone el ejemplo de una pintura de Goya; “pero el ser humano es así”, comete el mismo error una y otra vez. 

Entre los métodos a los que se hizo referencia destacó el uso del Photoshop, la herramienta que mejora en calidad la foto. “El Photoshop no es malo, es el mal uso de él lo que hace daño”, cercioró Bauluz; al mismo tiempo, todos coincidieron al pensar que la carga dramática que muestra la fotografía no impide que ésta pueda ser dotada de inconmensurable belleza. 

Las diferencias con respecto a España de otros medios de comunicación que se encuentran mejor situados no escapó de la crítica de Samuel Aranda, que recordó que en el New York Times también hay fallos, dirigiendo la mirada a sus compañeros, que durante parte de la gala mencionaron el prestigio del medio que le mantiene en activo. Ubicadas en Yemen, Aranda cuenta la historia de dos fotografías. Por un lado, dos niñas bailan el “Waka waka” de Shakira; en el mismo lugar, tiene lugar una manifestación de “los de siempre, esos barbudos peligrosos que son de Al Qaeda”, comenta con ironía. Al final, el New York Times publicó la segunda. “Hay mucho interés de transmitir miedo a lo desconocido para justificar muchas cosas”, asegura. 

El final de la charla terminó amenizado por las copas de Havana 7, que fueron asiduas para los asistentes desde el comienzo de la gala; los ponentes, finalmente, recibieron un inmenso aplauso antes de dar paso al turno de preguntas, donde no se dejó pasar una interrogante evidente. La ausencia de mujeres fotoperiodistas allí presentes, y la escasa referencia a las mismas avivaron un pequeño debate con una de las personalidades del público, quien preguntó por ellas y a las que finalmente se hizo alusión, pero muy breve.
“Estamos en el mejor momento; hay más ganas que nunca de contar cosas y capacidad para contarlas, también”, comentó Moleres. Con eso nos quedamos. 

Fotografía: Josué Díaz Sánchez

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