El emperador vuelve a coronarse

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Cristiano Ronaldo es el nuevo rey del balompié mundial. En el Palacio de la Música de Zúrich y delante de lo más granado del planeta fútbol, el atacante luso recuperó un galardón que ya hizo suyo en 2008 cuando conquistó la Champions League con el Manchester United, entonces su club. El hoy jugador del Real Madrid superó en la final a Franck Ribéry y Leo Messi por un ajustado margen. La estrechez que decidió este Balón de Oro -sólo un puñado de votos- refleja con fidelidad la carrera deportiva del portugués, un trayecto de éxito repleto de batallas difíciles.

Cristiano Ronaldo (28), mejor jugador del año 2013. Foto: goatling (flickr)
Cristiano Ronaldo (28), mejor jugador del año 2013. Foto: goatling (flickr)

El magno escenario de Zúrich remedaba la Galería de los Espejos del parisino Palacio de Versalles. En la capital francesa, en la nación enemiga, Otto Von Bismarck se proclamó emperador de Prusia después de derrotar a Francia en la guerra. En la ciudad suiza que roza la frontera alemana, una suerte de feudo para su gran antagonista cuatro veces campeón, Ronaldo se ha investido káiser. Joseph Blatter y Michel Platini, jerarcas del fútbol mundial, Pelé y el director de France Football han ejercido como testigos de la coronación. El portugués tiene el mundo a sus pies.

Ronaldo disfruta un trofeo que le ha esquivado los últimos años. Messi y su Barcelona le birlaron una gloria que merodeó con grandes actuaciones. En 2013 ha cambiado el ciclo. La tiranía del rosarino, alter ego del luso, terminó. El delantero madridista, un prodigio de competitividad y superación, recupera una corona que ya portó cinco años atrás. El Balón de Oro es su nueva reconquista: la preciada distinción individual es la última barrera sorteada por un futbolista que no ha dejado de franquear obstáculos desde su llegada a la capital de España.

El elevado coste de su traspaso, la cifra más alta pagada nunca en una transacción, y su comportamiento menos maduro le reportaron más sinsabores que alegrías durante los primeros meses en Madrid. Tardó en adaptarse, también deportivamente. Los títulos, domésticos e internacionales, seguían siendo patrimonio del Barça. No terminaba de convencer el luso y crecía la sospecha de que no daba la talla en los partidos grandes. Enterró aquel estigma injusto anotando el gol que dio al Madrid la Copa del Rey de 2011, derrotando al omnipotente Barcelona en una inolvidable final en Valencia.

Creció su influencia tras la sucesión de clásicos que le enfrentó al equipo de su némesis. El Madrid de José Mourinho limó la diferencia con su eterno rival de la mano de las actuaciones de su jugador franquicia. Ronaldo emergía como líder de los suyos. El aura angelical del oponente culé chocaba con el permanente vaivén de los de la capital, un bloque que hizo del físico, la defensa y el contragolpe sus discutidas armas. El de Funchal se puso los galones de jefe de la tropa; atrás había dejado el individualismo y apostaba por una vocación colectiva.

Desde el Real Madrid se trabajó para mejorar la imagen pública del futbolista. El siete ganó privilegios merecidos dentro del vestuario y una renovación que lo vincula a la institución casi de por vida. La afición del Bernabéu terminó por rendirse a la garra de su mejor goleador: enmudeció el murmullo de los primeros días y floreció la atracción entre futbolista e hinchada. El club blanco apuesta sin ambages por Ronaldo como símbolo de la época precedente. La Décima, obsesión dominante en Concha Espina, no se imagina con otro protagonista principal.

La desgracia del nuevo mejor jugador del mundo, anotador insaciable y competidor hambriento como pocos, es su coincidencia en el tiempo con Messi. El enfrentamiento entre los dos gigantes contemporáneos capitaliza el fútbol local, continental y mundial. Ronaldo redujo la distancia con el argentino anoche. El disidente tomó el poder; el emperador otea su próxima frontera. El portugués trabaja para revertir un ciclo escaso de triunfos en el Madrid, para instaurar una nueva hegemonía que tenga al grupo que acaudilla como tirano. Será el último muro que habrá de salvar el flamante Balón de Oro.

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