El día que uno descubre lo que realmente es

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No hay mejor día en la semana, que aquel en el que puedes detener el tiempo y mirar por la venta del autobús mientras recorre la ciudad. En realidad el reloj es preciso y severo, y no suele detenerse por nada ni por nadie. Eres tu quien, con música o sin ella, te permites observar y olvidar. Da igual si tras el cristal hay sol o lluvia, lo importante es que durante un rato tu mente no pasea por los mismo problemas del transcurrir cotidiano, sino que se evade., incluso se eleva. Y haces aquello más primitivo en todo ser humano, miras. Y mientras lo revisas todo con la pupila tu mente aprehende cosas, las fija y las clava para no olvidarlas jamás. Cosas como el olor del hogar o de una comida que te fascine.

En ese rato, que puede ser muy largo o muy corto, puedes ver gente que camina, gente que corre, gente que esta sentada. Gente que habla por teléfono, gente trabajando, conduciendo, descansando, riendo, llorando, etc. En resumen puedes ver gente. Y también edificios donde, curiosamente, hay más gente. Y parques, autobuses, carreteras, centros comerciales, aparcamientos, etc. Todo para la gente. Y al mismo tiempo se cruzan por tu mente imágenes de gente que no ves, cosas que no ves, pero que intuyes, imaginas que están ahí, detrás de la ventana del autobús. Si todo ello lo acompañas de una canción que signifique algo para ti, el momento es glorioso, hasta placentero. Uno de esos pocos que la rutina te permite disfrutar.

Hay gente que tras vivir esa sensación vuelve como si nada a sus problemas personales, un móvil que les reclama o que han llegado a su parada. Sin embargo ese instante cinematográfico del autobús suele dejar huella en mi persona. Siempre termino pensando y repasando con mi criterio personal a los hombres (las mujeres van incluidas, por si alguna feminista se me enfada). De cómo podemos ser tan asombrosos y tan ruines al mismo tiempo. En muchos libros de filosofía, de esos que te dan a leer en tus primeros años de escuela, te explican que para saber lo valioso de las cosas buenas tienen que existir las cosas malas. Pero a veces la pregunta es ¿todavía no nos hemos dado cuenta de lo valiosas que son las cosas buenas para que no tengamos que repetir las malas? Sí, utópico, lo sé. Pero me permito esta licencia, porque alguien anormalmente realista y normalmente pesimista como yo, de vez en cuando, necesita soñar con un mundo happy flower difícil de alcanzar. Volviendo al tema, que en seguida me voy por las ramas, es difícil comprender, o al menos a mí me lo resulta, como una especie capaz de crear todas esas cosas, que se ven tras la ventana del autobús, es también la culpable de destruirlas. De autodestruirse.

Y no me refiero al calentamiento global, que también, o a las guerras, que también. Me refiero a nosotros mismos. Todos al ser inocentes somos capaces de cosas que, al conocer la realidad, perdemos. Cosas como creer que en una noche tres señores, llegados de Oriente, se recorren el Mundo dejando regalos a todos los niños del planeta, creer que Superman existe, creer que nuestros juguetes tienen vida, creer sin preguntar en los demás. En Carlitos “que me dijo que si me pongo la camiseta del revés mañana seré más alto”. Por ejemplo. Creer y querer sin pedir mucho a cambio. Fíjense, en cualquier bebé. Al llorar por miedo solo necesitan que papá o mamá le den la mano para calmarse y creer que todo está bien. Inocencia pura.

La realidad nos contamina, hasta el punto de valorar la soledad o la independencia como algo bueno, algo valioso, algo a alcanzar. Parece ser que cuanto más aislados estemos mejor, no necesitar a nadie, no pedir favores, no mostrarnos vulnerables ante los demás. Ya saben, el pez grande se come al chico.

Y toda esa desconfianza que amasamos durante años, toda esa independencia y juntando la avaricia, aquella que siempre rompe el saco, nos lleva a matarnos en guerras por petróleo o, aun peor, en nombre de algún Dios (todos los Dioses humanos se han dedicado a asesinar a otros, que pena). Por un trozo de tierra, por un trozo de pan o por un quítame de ahí esas pajas. Nos ha bastado la mínima excusa para cometer las mayores burradas que se puedan imaginar. Gente que vive en la calle, abandonada, perdida por las drogas (creadas por los hombres) por el alcohol. Gente que no tiene más remedio que vender su cuerpo al mejor postor para poder comer, para tener ese bien tan preciado de hojalata y papel.” Don dinero, contigo hago lo que quiero”.

Y terminas analizándote a ti mismo, pensando que, salvando las distancias con asesinos y demás calaña, tampoco te salvas de la quema. Sí, reciclas, eres pacífica y una persona educada y respetuosa. Correcta, vaya. Pero ¿basta solo con eso?. Una persona sola no cambia el mundo, pero puede ayudar a mejorarlo en minúsculas porciones. Por tanto debería hacer algo más, algo distinto, algo que realmente ayude a que no se pierdan las cosas buenas. Para no descubrir que realmente soy lo que no quiero ser, porque es muy duro aceptar que las cosas no son como debiera o aceptar que esta humanidad se esta perdiendo así misma en ella.

Y es que al mirar por la ventana del autobús, ves la maquinaria más perfecta del universo, el hombre. Todo parece funcionar a la perfección, la gente entra y sale, va y viene, trabaja y descansa, y todo los días, una y otra vez, ocurre lo mismo. La ciudad se pone en marcha y la ponemos en marcha nosotros, hemos sido capaces de crear un mundo que se pone en marcha. ¿Alguien se da cuenta de lo valiosos que es esto? Creo que pocos lo consiguen, abrir realmente los ojos cuando observan tras la ventana del autobús. Personalmente se lo recomiendo, es una experiencia que merece la pena vivir. Solo ustedes, la ventana y el mundo a través de ella. Y no se olviden de mirar con los ojos abiertos.

Fuente de la imagen
www.elboomeran.com

1 Comentario

  1. Felicidades por tu artículo! Muy buena redacción, desde mi más humilde opinión inexperta
    Y lo de mirar a través del cristal del autobús, aunque no haga uso de él nunca, lo practico pero desde el cristal de mi coche, o los ratos que voy de camino a cualquier lado, sea andando, en coche, o bien corriendo… Una buena praxis la que practicamos!!!
    Son las pequeñas cosas, los momentos que pasan casi inadvertidos, los que realmente Mueven el mundo….Totalmente de acuerdo con usted!
    Un abrazo

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