El devenir de las relaciones y su despertar (I)

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“Soy incapaz de tener una persona a mi lado porque sueño con tener algo que no tengo, en lugar de apreciar lo que veo cada día”.

Nada más pensarlo se le humedecieron los ojos.

Estefanía era consciente de lo que estaba sintiendo en aquel día cálido de invierno. Todo cuanto ella había creído estable se estaba desmoronando. Sentía por vez primera su vida boca abajo y el corazón tan inestable como sus días, carentes de cualquier sentido.

Dormía lo suficiente para permanecer despierta, se alimentaba de cualquier cosa con tal de mantenerse en pie, pero había dejado de ser ella para convertirse en la mujer más culpable del mundo. Después de haber roto el corazón de Marco pensó que no podría enamorarse nunca. Ella lo tenía deshecho por mucho que él gritara lo contrario, a pesar de esos refranes absurdos que tenía almacenados en su bloc.

– Pero Estefanía, ¿qué quiere decir eso? ¿de qué sintonía me hablas? ¿Me estás comparando con una frecuencia de radio? Y deja de decir que sufres como yo, terminó zanjando la conversación Marco.

“No es lo mismo el que deja que el que es dejado”, decía para culparla. Y tal vez tuviera razón. Se había pasado toda la noche anterior buscando frases para terminar con alguien. Sin duda había elegido la peor.

Pero se había armado de valor, un valor aparente, para acabar con la relación que más daño le había causado de todas. Había cruzado desde hacía ya tiempo la tímida línea divisoria entre la dependencia y el amor sincero; ni si quiera él había logrado en ella lo que todo el mundo predicaba.

Recordó todos esos detalles que él había dejado manchados en sus recuerdos y los cuales la hacían sentir despreciable. Nunca los había recibido con ese entusiasmo o fervor de una mujer enloquecida por su amante.

– ¿Marco? ¿Marco, estás ahí?

– Sí, ya voy, no entres.

– ¿Marco? ¿Eres tú? ¿Cuántas veces tengo que decirte que…?

– Sí, ahora salgo, no entres cariño… – No acabó la frase cuando Estefanía había irrumpido furiosa la habitación, y con ello dejado al descubierto la sorpresa que tanto tiempo le había costado mantener a Marco.

Su rostro no podía creer que aquel cuarto de arte, como le gustaba llamarlo, se hubiera convertido en la habitación del bebé que no podía y se negaba a tener con sólo 22 años.

Sus pensamientos quedaron interrumpidos por el sonido de la tetera. Se acomodó en la silla tratando de olvidar las palabras de Marco, y sin evitar la aguda punzada de soledad en su vientre. Se secó las lágrimas vacías que recorrían su cara en busca de nada. – Nada, ya no me queda nada,- decía para sí misma.

Encendió el ordenador y se dispuso a redactar un nuevo e-mail cuando le asaltaron dos mensajes en la bandeja de entrada. Sohpie, su amiga de la infancia y Jacob. ¿Quién era Jacob? Leyó el mensaje una y otra vez, pero nada de aquello podía tener sentido. Se había equivocado o alguien le estaba gastando una broma. Cuando lo leyó por vigésima vez recordó aquel día en el parque del Retiro el pasado mes de noviembre.

“No me conoces pero mueres por conocerme. Puede que no te suene mi nombre, pero soy el mismo chico que te buscó para devolverte el pendiente azul que dejaste olvidado junto a tu bloc de notas. Me he tomado el atrevimiento de escribirte pensando que no leíste lo que dejé en tu bloc, en la página siguiente de ese mismo día. Tal vez ni te acuerdes de mi cara, pero yo no he dejado de pensar en la chica con los ojos más tristes del mundo, y no pude evitar sustraer allí mismo lo único que podía ponerme en contacto con ella.

Espero que me llames algún día, Jacob.

Se me olvidaba, aquí te dejo mi número: 668574321″.

Estaba sonriendo por aquel chico inesperado del Retiro. Recordó haber pensado en él a primera vista. Tenía la mirada tan llena de vida que era difícil no destacar sobre el paisaje gris. Después había retomado su deriva en busca del árbol más descuidado de todos: el que más se le parecía a ella. Y el que se había acostumbrado a frecuentar por compasión.

La amabilidad de acercarle parte de sus pertenencias olvidadas la alentó finalmente a contactar con él, se había tomado demasiadas molestias, pensó.

De repente se vio sentada frente a él, descubriendo más allá del color de sus ojos. Sintiéndose libre frente a un hombre que no deseaba más de ella que su compañía a corto plazo. El ruido de la cafetería y la locura del centro los envolvió como quinceañeros deseosos de un primer encuentro y en soledad. Dejó las puertas abiertas de su pequeño y solitario hogar. Le invitó a la cama sin preámbulo alguno y quedó desnuda como nunca antes se había visto hacerlo. Sin timidez ni luz a oscuras. Sin las carcajadas de Marco cuando se equivocaba con la hebilla del sujetador. Sin la vergüenza por la torpeza con la que tocaba Pedro, o los breves comentarios que tenía Juan y le parecían ridículos en el momento menos oportuno, hacía ya bastantes años.

Dos semanas de llamadas furtivas y chats durante largas horas hicieron que el chico desconocido cobrara en ella un sentido diferente. Era su pequeño juego de no hacer daño. Pero ahora no querían jugar sino al deseo.

– Mierda, las 06:00, tengo que irme Estefanía. Me ha encantado conocerte, tal vez podamos quedar un día de la próxima semana.

– Tal vez. – Y sonó mejor que nunca. No recordaba lo llena que podía sentirse sin hombres que la amaran y que la hicieran sentir bien, pero no feliz. Tal vez es que nunca lo había sentido. Nunca le enseñaron que podía disfrutar de las relaciones. Su madre había decidido por ella siempre, incluso cuándo tener marido.

– Mamá, no soy feliz con Juan, ¿cómo puedo decírtelo?

– Tonterías. Te hará feliz con el tiempo. Yo con tu padre no lo era, y mírame ahora… Una casa, dos coches, Javier en la Universidad, tú a punto de casarte…

-Mamá, no me voy a casar con él, y no sé si me casaré algún día. No creo en el matrimonio, no creo en las relaciones.

– ¡Cállate! No sabes lo que dices niña. Entérate de que nunca vas a salir adelante sin un hombre hecho y derecho. Y más te vale que lo busques ya si ese Juan no te convence, porque nadie esperará por ti una vida. Y más vale pájaro en mano que cien volando. Recuerda lo que decía tu abuela.

Decidió entrar cada vez más en internet, pensando encontrar en chats hombres hambrientos de un cuerpo femenino; alejándose así de la gente y del contacto directo con la realidad, que tan culpable le hacía sentir por su vida nocturna. Buscando relaciones esporádicas que recobraran en ella el amor propio que nunca había llegado a emerger de sí misma. Carlos, Roberto, David, Armando, Manuel… fueron más nombres que quedaron agolpados en su amarga lista.

Lo que en principio la liberó, estaba convirtiéndose en una rutina sexual. Esta vez no había roto corazones solo saciado de experiencias su antes escasa vida sexual. Su culpabilidad quedaba obsoleta después de que los mismos hombres hicieran a su antojo lo mismo que ella hacía con ellos, en un marco donde amar le quedaba grande.

Fue en ese ambiente de frustración donde cambiaría el rumbo de su vida. Para siempre.

Fuentes de las imágenes:
Josué Díaz Sánchez.
Podrás verlo en Flickr:
http://www.flickr.com/photos/josuediazsanchez/5253245030/

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