Europa ha sufrido estos últimos años numerosos cambios que han llevado a la ciudadanía a cuestionarse su integración dentro de la Unión. También numerosos acontecimientos de fuera del continente pero que afectan a los europeos directa o indirectamente han sido motores de una oleada de antieuropeísmo o euroescepticismo que ha tenido su máximo esplendor en la realización del referéndum que finalmente lleva al Brexit.

Según encuestas de la Eurocámara, El 69% de los europeos considera que para su Estado es positivo pertenecer a la UE. Sin embargo, un 32% no se siente cercano a Europa y un 40% no tiene confianza en las instituciones europeas (La Vanguardia). Mientras muchos países aún están en la cola para poder entrar en esta Unión económica, política y que se dice a sí misma defensora de los derechos humanos, en muchas otras partes del continente se alzan voces de alarma alertando (e incluso amenazando) con una inminente salida de países que son el pilar de nuestras instituciones comunitarias.

Pero antes de nada, veamos cómo llegamos a esta unión y que suponía adherirse a las instituciones de una gran comunidad política.

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Raíz del ascenso de estos partidos

Nos encontramos con una Europa unida burocráticamente pero, de nuevo, completamente fragmentada. Después de unos años noventa y principios del dos mil de gran crecimiento y bonanza, llegó una enorme crisis financiera que cambió la mentalidad de toda la población occidental. El salario bajó, los impuestos subieron, también subió el desempleo, la inversión paró al igual que las prestaciones sociales, los precios se encarecieron, la sanidad y educación empeoraron y cesaron las perspectivas de futuro. Europa pasó de ser una comunidad cooperativa a ser una liga de autistas introvertidos liderada por su primer motor económico, Alemania. Así se labró la estrategia de que el Norte tratase de arrancar de nuevo la maquinaria mientras el Sur hacía (de) combustible a través de créditos. En España llegando en julio de 2012 a asumir una estrecha vigilancia y tutela del sistema financiero por parte del BCE, creando para ello un nuevo organismo fiscal.

  • Esta situación de recesión provocó dos declives que se desarrollaron a la par, el de la clase media y el Estado del Bienestar. Consecuentemente en la mayoría de países se culpó a los partidos políticos en el poder o parte del establishment, en Grecia, cayendo incluso los dos partidos tradicionales. De este modo se crea en la región de Europa una gran nube de malestar y recelo a la que además se le añade una rivalidad entre Norte y Sur, Norte culpando al Sur (recordemos las palabras de Jeroen Dijsselbloem refiriéndose a los países del Sur de la unión: “Uno no puede gastarse todo el dinero en copas y mujeres y luego pedir que se le ayude”), y Sur tildando al Norte de opresor.
  • A su vez, desde los años noventa, siguiendo la teoría de Theodor Adorno y Max Horkheimer, las Industrias Culturales jugaron un enorme papel en la economía de Occidente a través de la globalización. La idea de la globalización se publicitó enormemente en todo el mundo como la esperada unión y cooperación de todos los países del globo. En cambio estas Industrias Culturales no jugaron el papel esperado por la mayoría. Este nuevo sector se dedicó a transmitir una cultura artificial al servicio de la economía que consistiese en fomentar el consumo, así sobre todo EEUU fue el mayor exportador de este bien disfrazado de servicio. En relación a esto, el descontento por los servicios prestados por la televisión han pasado de alrededor de un 25% a más de un 60% en tan solo 10 años, como foco la baja calidad de contenidos y la primacía de contenidos irrelevantes (datos del CNMC). A la entrada de cultura ajena, que además es artificial, o de baja calidad, se produce un rechazo y un obvio refuerzo del sentimiento por el producto nacional. Según el análisis de Slavoj Zizek, la globalización fue dirigida a las clases medias, con la merma de éstas, se produjo un sentimiento en el que estas clases (bajas y antiguas medias afectadas por la crisis) estando completamente sometidas en esta ideología no entendían lo que la sociedad les exigía (consumir, pero sin poder adquisitivo), encontrándonos reacciones como los disturbios en Inglaterra de 2011.
  • En un contexto de crisis internacional, que se extiende de lo económico a lo geoestratégico, continuamos con la crisis en Oriente Medio. Europa, desde la OTAN, aunque también algunos países independientemente en cierta medida, apoyaron la acción de entrada de EEUU y su continuidad en las guerras producidas en este territorio. La llamada “Primavera Árabe” afectó a más de 15 países, pero para Europa las situaciones que más le pusieron en el punto de mira fue la de Libia y Siria. Dejando a un lado que de por sí el apoyo armado provocó un cierto rechazo de la población a estas medidas; la crisis de refugiados que azota a Europa ha sido clave en este proceso de creciente xenofobia, racismo e islamofobia. Los refugiados sirios llegan a la cifra de 2 millones; tan solo en 2016 llegaron a Europa 181.000. Teniendo a la vez presente el terrorismo como respuesta del islamismo radical a la intrusión de Occidente (también aquí pertinente el proceso de globalización) a la par que la entrada de personas del territorio árabe, los convierte en foco de discriminación y rechazo por el enorme colectivo europeo que de por sí viven todavía las dificultades de la pasada crisis financiera. Esto se ve acrecentado por el gasto público del Estado destinado a los refugiados que no es gastado para la población nacional.
  • Con toda esta situación de malestar, engaño de las élites políticas, sometimiento a las directrices de Bruselas, la incompetencia de algunos partidos gobernantes en la resolución de la crisis financiera dentro de sus fronteras… los partidos que tradicionalmente se situaban en el poder han sufrido un desgaste que ha provocado un rechazo de la población, concretándose en el desvío de votos que se filtran fácilmente hacia los partidos de discurso populista.

Podemos apreciar que la situación no es nada sencilla, son numerosos los factores que se acumulan y se canalizan en el descontento e individualismo. Pero con este desglose podemos apreciar esquemáticamente los factores que influyen en ese creciente fervor nacionalista y euroescéptico:

  • Un contexto de crisis internacional que se sitúa como sustrato para todos los posteriores malestares pero sobre todo una creciente desconfianza hacia la burocracia europea.
  • Una globalización que introduce una cultura consumista que choca con la cultura nacional de cada país del viejo continente provocando una vuelta a lo nacional.
  • La crisis migratoria y el terrorismo producen un rechazo a esta población cayendo parte de la población en la xenofobia e islamofobia.
  • El desgaste de los partidos tradicionales dirige al cambio de voto hacia partidos emergentes por su lenguaje populista.

El lenguaje y los nacionalismos

Las propuestas nacionalistas de diferentes grupos y partidos en Europa han enfocado el descontento de la población hasta el punto de alzarse con gran apoyo en comicios y referéndums. La fuerza de los grupos nacionalistas y antieuropeos se basa en el discurso, en la palabra. Siguiendo los postulados del filósofo y teólogo alemán F. Schleirmacher, cuando un idioma se implanta en un individuo no importa cuántos aprenda después. Cada idioma es un particular modo de pensamiento, signo visible de las diferencias que distinguen una nación de otra.

Todas estas tendencias, discursos y grupos que a raíz de numerosos acontecimientos y cambios en el mundo se han llevado la atención de la ciudadanía se han considerado populistas. Si bien la Real Academia definía el adjetivo populista en 2015 como “perteneciente o relativo al pueblo”, actualmente se define como una “tendencia política que pretende atraerse a las clases populares”, todo ello acompañado de ‘UMSD’: usado en el sentido más despectivo.

La palabra es el elemento clave para levantar a las masas, y aunque ‘populismo’ es un término que se ha intentado grapar a la izquierda, el lenguaje que “pretende atraer a las clases populares” se da en todas las líneas ideológicas que recorren Europa: desde Marine Le Pen hasta Tsipras.

Los sentimientos y las emociones son esenciales en este discurso, apelando a los problemas que preocupan en general a la población y de los que anteriormente hemos hablado. Imma Aguilar, experta en comunicación política, define la desafección como carecer de afectos. Aguilar sostiene que cuando una propuesta no toma en cuenta los sentimientos colectivos de un momento determinado, fracasa. Por su parte, la también experta y asesora en comunicación política, Verónica Fumanal, habla de que los estudios de neurociencia apuntan de manera taxativa a que “a la hora de tener en cuenta una opción política” siempre pesan más “los sentimientos que las cuestiones racionales. Dentro de esos sentimientos, los que más movilizan el voto son el entusiasmo y el miedo” (CTXT).

Respuesta europea

La respuesta de los organismos europeos ha sido completamente dispar e inconexa. No han sabido reaccionar ante semejante situación.

A partir del éxito del Brexit hemos visto que el sistema europeo no estaba preparado para una desmembración así; no disponía de mecanismos ni legales, ni administrativos ni siquiera de moral. La respuesta fue un brusco corte en las relaciones con Reino Unido por mayor motivo de dar una expresión de fuerza de la UE y evitar un posible aumento del escepticismo en el resto de países. Una actitud radicalmente contraria a la que se llevó hacia Grecia, de sometimiento imperativo.

Pero realmente no ha habido otra actitud. Podemos decir que se ha establecido una actitud de “dejar que la llama se apague” y no avivar el fuego con alusiones. En cambio esta actitud ya se adoptó por parte de Europa ante los indicios de lo que fue la crisis financiera, y los resultados no fueron nada favorables.

Fue tan solo para la pasada y reciente segunda vuelta de las elecciones francesas cuando hubo un posicionamiento claro. Emmanuel Macron pedía la unidad ante la “amenaza de la ultraderecha”, para canalizar todos los votos en su partido. Incluso, abiertamente, Bruselas apoyó al candidato. Resultando ganador una cara renovada del establishment contra el que se dirigen todos estos movimientos (Macron encabezó el Ministerio de Economía en 2014 durante el gobierno de Hollande).

Finalmente, nos encontramos frente a una época de crisis económica, otra cultural (incluyendo aquí la política) y una tercera, bélica, en Oriente Próximo; una transición tecnológica que ha dinamizado enormemente la sociedad desde los medios de comunicación. Respecto al euroescepticismo, el mayor problema ha supuesto el escaso lazo de unión a nivel emocional entre los países comunitarios y la actitud de los administrativos europeos de búsqueda de propio interés y únicamente gozar de una mirada enfocada en la economía.

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