El colmo de René

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Sentado en el sofá, en compañía de la soledad y de una ventana que tengo al frente, contemplo al mundo. Alguien o algo tomó la decisión de hacerme esperar no sé a quién o a qué. Pero eso es algo que tengo asumido. El tiempo ya casi no es problema. Cronos es tan solo para mi un filicida.
En este ahora sólo puedo llegar a conocer que es de noche, y que los vecinos duermen. No es que pueda decir mucho más. Ahí a fuera, al otro lado de lado del cristal de la ventana que me separa de la vida, no hay un paisaje digno de describir. No es otoño, ni las perennes hojas caen acariciadas por la brisa. No forman una danza caprichosa. No pasa nada. Es evidente, esto no es una ñoño
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Me masajeo la cabeza. Eso me relaja. No puedo decir que eso me transporte a un mundo sin límites. No puedo decir que me imagine sin las ataduras del mundo terrenal y que comparta mi vida con hadas y ninfas. Tampoco sería sensato decir que al llenar de aire mi pecho, escuche leves acordes de arpa que me susurren al oído lo maravillosamente feliz que soy. No encuentro ninguna moraleja. No imagino nada. Es evidente, esto no es un cuento infantil.

Sigo en mi sofá, acostado, pese a esa incómoda barra que separa los dos cojines y me hace polvo los riñones. Eso no me sugiere que este sofá es para estar sentado y compartirlo con otra persona. No me dice que tenga que estar triste por mi soledad. Todos la necesitamos de vez en cuando. Y ya he dicho antes que a mí me hace compañía. Pienso, pienso y sigo pensando en cosas que no son. Ello tampoco me sugiere que por pensar exista. No pretendo matar a Descartes. Simplemente esto no es filosofía.

Pero hay algo que sí es cierto. Pienso, luego hilvano palabras. Construyo un discurso. Sé que eso es algo que no puedo dejar de hacer. Los cinco sentidos en este momento están de adorno para mí. Aunque tengo que decir que siento cada vez más intensamente ese dichoso dolor de riñones que me provoca la barra del sofá que presiona mi torso. Es igual, tampoco me importa. Lo que me dice todo esto es que, a parte de la soledad, me acompaña el lenguaje. Siento que puedo adjetivarlo todo. Y por fin puedo construir una oración de la que se desprende algo que sí es: soy un hombre aburrido.

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