El Cine: ¿Arte o Industria?

0
4664

Tras el nacimiento del cine el 28 de diciembre de 1895, fecha en la que los hermanos Lumière proyectaron públicamente la salida de obreros de una fábrica francesa en Lyon, se fue desarrollando este producto cultural como un arte industrial al servicio mercantil de sus realizadores primitivos.

No obstante, tras los primeros experimentos cinematográficos, esa industria mutó hacia lo que hoy denominamos el ‘séptimo arte’, en el que el imaginar de guionistas, directores, productores, etc.; se perfilaba como un trabajo artístico de calidad que desembocó en la edad de oro del cine en los años 50.

A finales del siglo XX y principios del presente la industria norteamericana, con Hollywood a la cabeza, destronaron ese concepto artístico de la edad dorada. Ahora, el cine se vende, se mercantiliza y se ofrece al mejor postor, quedando en muchos casos vacío de todo contenido. Industrias alternativas como el cine francés, inglés y español quizá vienen a ser una excepción en la regla de este mundo cultural globalizado.

De esta manera, la industria cinematográfica de Hollywood tiene como objetivo construir una infraestructura dedicada por entero a la comercialización cultural, en la que invierte millones de dólares y recauda aún mucho más, pero no debemos olvidar que no deja de ser una producción artística en mayor o menor medida.

El profesor Caparrós, en una entrevista realizada por la agencia de comunicación Presston, en su momento matizó que no todo el cine es arte o es industria. La respuesta a tal duda se obtiene por contrastes. Así como la cinematografía estadounidense se rige casi exclusivamente por criterios capitalistas, la española responde a impulsos sociales muy concretos.

Sería una hipótesis algo tendenciosa pensar que el cine por este simple hecho es únicamente industria. Si tenemos en cuenta que todo el cine mundial tiene el mismo objetivo, esto es, financiar y hacer negocio sobre sus producciones, estaríamos hablando tan sólo de una industrialización pura y dura, pero no, esto no es así. Casos como el cine europeo, el cine indio o el cine japonés vienen a desmentir tal afirmación tan rotunda.

En la misma tesitura, la música, la literatura, la pintura,…, son artes audiovisuales que tienen como objetivo una meta artística que nace de la mente de un genio, pero también persiguen la financiación de su producción y la recaudación de unos beneficios que aporten mayor o menor rentabilidad.

Habría que desmontar la idea generalizada de que lo alternativo, lo minimalista, lo incomprendido, lo minoritario, es arte y lo restante es industria. También nacen talentos artísticos tocados por la varita mágica de la industrialización, o aquellos que se venden a la misma, y no por ello su obra deja de ser una conceptualización artística. Por el contrario, muchos de esos “artistas” que están considerados como tales, o simplemente dicen ser incomprendidos, minoritarios, alternativos o minimalistas, no dejan de ser simples aspirantes que no cuentan con la inspiración artística suprema. Es decir, no por ser minoritaria una obra es por sí misma arte, y no por contar con el apoyo de los canales de comercialización más poderosos una obra es sólo industria.

En el mismo contexto, la mayor o menor calidad de un producto cinematográfico tampoco puede condicionar la idea de arte o industria. Es otra de las creencias vulgares que suele estar entre la opinión pública, cuando muchos genios del séptimo arte han parido auténticas bazofias que no han conseguido empañar su esplendorosa carrera.

El director cinematográfico desea en todos los casos que su obra se conozca, pero el arte necesita de una industria, y sin la misma, el arte no cumple las expectativas de su creador. Principalmente, porque no tiene duración, ni efectos, ni satisface durante mucho tiempo el ego del artista, por no hablar de su “conciencia social”. No es una idea tan desorbitada: Godard dejó de hacer cine para hacer televisión porque sus películas no se comercializaban. Si el creador de una película cuenta con algo de dignidad intentará que su obra salga adelante enviándola a concursos o a productoras, participará en festivales, en definitiva, intentará abrirse camino en la industria. Probablemente no sea una cuestión tan sólo económica, sino también psicológica. Esto es, al artista por norma general no le desagrada a priori trabajar en la gestión cultural, lo que le molesta es que no se le dé publicidad, que no lleguen sus películas al espectador generalista, que no se le aprecie y que su esfuerzo no sirva para algo.

En definitiva, el cine es una industria muy importante, que mueve mucho dinero y da trabajo a miles de personas, y también existe el cine que es arte, de hecho es el movimiento artístico por excelencia del siglo XX. Pero no todo cine es arte, aunque sí todo el cine tiene una identidad cultural. Películas malas, regulares o buenas son una representación simbólica que nace de una interpretación particular del mundo. Por tanto, se trata de hacer cine, y a su vez de llenar salas. En el cine, sólo una de cada diez películas logra el éxito a pesar de que sus autores siempre pretenden que su obra de arte llegue a la mayor audiencia posible. Por tanto, se hacen películas muy comerciales porque hay que entender el cine como una industria cultural que es un negocio.

En esta sociedad prima una imagen espectacular, fugaz y sin contextualización, en la que el arte cinematográfico ha ganado enteros a favor de esas demandas y en manos de la industria capitalista que le han catapultado. Es por ello que el cine actual no es más que un arte industrializado en la era de la globalización, del consumismo más feroz y de la inmediatez en la que vivimos. Pero todavía no ha perdido ese halo exquisito que le protege y le consuma como el séptimo arte que es.

Fotografía: Fernando de Sousa.

Compartir
Artículo anteriorLos 18 crímenes de "La lista negra". La antología con lo mejor del género policial español
Artículo siguienteLa victoria de Penélope en los Oscar

Óliver Yuste es licenciado en Periodismo por la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid.

Su experiencia profesional como periodista se ha desarrollado en diversas publicaciones periódicas como las revistas culturales Experpento o Paisajes Eléctricos Magazine, las revistas universitarias La Huella Digital, Punto de Encuentro Complutense y mÁs UNED, o la colaboración como escritor en la revista literaria chilena Cinosargo, además de mantener sus propios blogs, como la bitácora personal donde se ahogan los gritos de mi mitad. En estas publicaciones en soporte papel y digital se divulgan algunos de sus artículos periodísticos de opinión, críticas y entrevistas musicales, además de artículos literarios como relatos cortos, cuentos y poesías.

También está dedicado a la creación literaria como escritor de novelas y poesía, una faceta en la que cuenta con el libro de cuentos Azoteas, en proceso de edición, y la publicación del cuento “La Libertad de Ser Feliz” en el libro Cuentos Selectos III, publicado en 2002 por la Editorial Jamais. Además de ser galardonado en algunos certámenes literarios: Primer Premio de Poesía Ramiro de Maeztu 1997, Premio Accésit del IV Concurso de Redacción “El Teatro Clásico en Escena 1997” o Finalista en el Concurso de Relatos Cortos “Premios Jamais 1999”.

Dejar respuesta