El ciclismo, al borde del abismo

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La decisión de la Unión Ciclista Internacional de retirar los siete Tours de Francia a Lance Armstrong, basada en el demoledor informe que la Agencia Americana contra el Dopaje (USADA) había emitido contra el texano, deja al ciclismo huérfano de certidumbres. La sanción a perpetuidad y la retirada de los triunfos de Armstrong son el golpe más duro para la credibilidad de un deporte que se resiente, incapaz de encontrar un relato que explique su tormentoso pasado reciente y que garantice un futuro alejado de sospechas.

El mito construido por Lance Armstrong se ha derrumbado

Final negro para el campeón indiscutible, para el rey del jersey amarillo. Lance Armstrong, el deportista con estela de héroe, el campeón que superaba a sus rivales en la carretera y que había vencido a un cáncer, ha caído. Un hombre sobre el que se construyó una historia de superación épica y a quien se le adjuntaron los mejores valores, ha terminado derrumbado como muchos de sus coetáneos. El dopaje, implacable, se ha convertido en el juez capaz de rescribir la historia. El líder mundial de esta disciplina tras el año 1998, cuando con el Caso Festina se descubrieron que ciertas prácticas ilegales eran habituales, ha sido declarado culpable.

El castigo deportivo se circunscribe a una sanción que le impedirá la práctica de la competición de por vida y le retira aquellos triunfos que obtuvo después de su regreso al ciclismo tras superar un cáncer. El siete veces campeón en París, récord absoluto, será desposeído de este hito. El descrédito para Armstrong va más allá y amenaza incluso su estatus: poderosas firmas que ligaron su imagen a la del deportista y a su fundación están retirando su patrocinio. El ciclista mediático que se rodeó de multinacionales e incluso del entonces presidente americano George W. Bush, empieza a quedarse solo, arrinconado.

La sanción no solo desmonta a Armstrong. También sirve para cuestionar su entorno, donde no faltaban españoles, y para dejar desierta una época. Las nuevas averiguaciones abren otros interrogantes y sospechas. La trama que intenta desenmarañarse indica, como ya antes habían hecho algunos expertos en la lucha contra el dopaje, que Armstrong conocía con antelación que iba a ser sometido a controles. La acusación de la USADA insinúa que estas filtraciones procedían de la UCI, el organismo juzgador.

Conocer ese entorno podrido forma parte de las necesidades para un futuro más limpio. No sirve centrar la responsabilidad exclusivamente en los propios deportistas y sus equipos. La ingeniería del dopaje, los sofisticados métodos ahora conocidos, revelan la connivencia de muchos actores. Urge un ejercicio que desnude las entrañas del ciclismo para que sea posible el conocimiento más completo de la verdad de aquellos tiempos. Faltan demostraciones públicas que pongan luz sobre una época que pone en jaque la viabilidad del ciclismo de competición. Se juzga un tiempo que se ve desde el retrovisor pero cuyos efectos repercuten en el devenir del deporte de la bicicleta.

Sorprende el tiempo tardado en desenmascarar esta historia. En 2005 se supo que Armstrong había corrido en 1999 consumiendo EPO, sustancia en aquel momento no prohibida. No hizo sospechar entonces el uso de farmacia avanzada; tampoco los testimonios aislados de ex compañeros de Armstrong –como Tyler Hamilton o Frankie Andreu– en las temporadas inmediatamente posteriores. Hoy, las pruebas convertidas en certezas contra el de Texas son una suma masiva de declaraciones. No se entiende tanta dilación en el tiempo.

El aficionado reconoce la historia en el repaso del palmarés. Es una labor tradicional de los apasionados del deporte antes del comienzo de cualquier gran campeonato. Los anales históricos hablan del discurrir de cada prueba dando una idea de su trayectoria, de su gloria. El Tour de Francia tiene solo dos paréntesis entre el año 1903, primera edición de la Grande Boucle, y hoy: se corresponden con las guerras mundiales que destrozaron el continente. El hueco que ya queda vacío entre los años 1999 y 2005 no será debido a una circunstancia extradeportiva.

La dirección del Tour ya cambió por dos veces de ganador, tras sendos positivos por dopaje. En 2006, Floyd Landis llegó a París de amarillo, aunque Óscar Pereiro terminó ocupando su lugar. En 2010, Andy Schleck se proclamó vencedor tras la descalificación, este invierno, de Alberto Contador. Sin embargo, el Tour no quiere rearbitrar ahora, no prevé repartir los triunfos de Armstrong entre quienes quedaron en segunda posición. Vuelve a sorprender la disparidad de criterios, la ausencia de una ruta marcada. La competición que cumplirá en 2013 su edición número 100, un orgullo para Francia, afrontará otra crisis. Hasta la fecha, la ronda gala ha podido con todas.

Terminó la temporada hace un par de semanas con el Tour de Pekín, una de esas citas de nuevo cuño que demuestran el interés de la UCI por expandir el ciclismo de competición por el planeta. Paradójicamente son estos territorios ahora colonizados -Asia, Oriente Medio, Norteamérica– donde mejor encaja este vibrante deporte. En sus lugares clásicos, en sus santuarios, los golpes al crédito de esta disciplina mellan la atención de muchos. La temporada ha sido prolífica en buenas noticias deportivas con un gran Giro y una Vuelta excepcional. Pero 2012 empezó con un caso sonado de dopaje, el de Alberto Contador, y ha terminado con la caída del mayor icono del ciclismo contemporáneo.

 Fotografía: Martin Gillet

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