“El atlas de ceniza”, postales desde el apocalipsis

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Blake Butler consigue gracias a su prodigiosa prosa tejer una crónica escalofriante sobre el desastre en una de esas pocas novelas que son capaces de crear un antes y un después en la memoria y el corazón del lector.

AtlasEn realidad la mejor reseña que se podría escribir sobre esta novela se resumiría en una sola palabra: “léanla”. Porque cualquier cosa que se quiera añadir tras terminar la última página de El atlas de ceniza (Alpha Decay) se antoja superfluo y vacuo. Blake Butler ya lo ha dicho todo y lo dice de manera tan contundente, poética y desgarradora que deja sin palabras al lector. De hecho la prosa exquisita pero manchada de fango de este joven escritor arrasa emocionalmente a quien se sumerge en sus letras al igual que cualquiera de las catástrofes descritas en sus páginas. No estamos, pese a todo, ante un libro fácil de digerir o para todos los públicos, pero sí que hará las delicias de quien guste de reversos oscuros e historias de malsana índole.

Compuesto como un libro de relatos conceptual, Butler nos muestra una serie de postales del apocalipsis en las que no hay concesión alguna. Escalofriantes crónicas de la devastación natural y, por ende, humana que muestran como la destrucción de nuestro entorno es proporcional a la nuestra propia causándonos estragos físicos y espirituales. Como si se tratase de las escenas que Cormac McCarthy no nos contó (o no quiso contarnos) en su genial La carretera, Butler va mucho más allá en esta sucia oda del juicio final. El autor se apoya en el estilo clásico y críptico de la literatura norteamericana para, desde allí, mostrarnos su propio lenguaje, más poético, más onírico aunque sea en forma de pesadilla. Es como si los famosos y tan antagónicos realismos mágico de García Márquez y sucio de Bukowski se diesen la mano para dar a luz un estilo nuevo, sorprendente y maravilloso. Porque lo mejor de El atlas de ceniza es encontrarnos con un escritor con una voz única y prodigiosa.

Es posible que, pese a la brevedad del libro, algún lector pueda llegar a cansarse debido a la repetición (consciente) de situaciones y sobre todo al desasosiego sin válvula de escape alguna (quizá ciertas sutiles pinceladas de humor negro) en el que Butler nos somete página tras página. Por otro lado y paradójicamente, también es posible que esa brevedad y la presentación en relatos tienten al lector voraz a devorar rápidamente el libro. En ambos casos se cometerá un error de cálculo ya que la mejor manera de disfrutar de este inigualable El atlas de ceniza es reposando y paladeando cada frase, cada imagen sugerida, concediendo segundas lecturas en las que encontraremos la belleza amarga y escondida entre el lodo. En cuanto a la esperanza, también tiene cabida al final del libro aunque sea de forma ambigua, pero principalmente reside en entender El atlas de ceniza como una advertencia vertida con toda la necesaria crudeza por un Blake Butler convertido en improbable viajero en el tiempo.

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